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El mentiroso más grande del mundo y la metáfora hiperbólica

July 10, 2014

Louis de Rougemont

Estamos listos, fieros paladines, defensores feroces de las letras, listos para enfrentar otra batalla de tinta y papel contra los fantásticos gigantes de viento, Metáforo y Retórico.

O, dicho más simplemente, hola, ¿listos para hacer y/o leer otro ejercicio de metáfora de #10alas10? #10alas10 es un taller de creación literaria impartido a través de la red social Twitter, por cierto. En él escribimos cuentos breves a guisa ejercicios prácticos, y los presentamos cada miércoles a las diez de la noche.
Dirán, qué ampulosamente se expresó Yuri (la redactora de este texto) en el primer párrafo. Eso que estaba haciendo una Metáfora Hiperbólica.

Usando referencias a la leyenda de los paladines y a los “gigantes” contra los que se enfrentó el ingenioso hidalgo en aquel “buen suceso que el valeroso Don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento con otros sucesos dignos de felice recordación…”

Reconocerá el título del capítulo octavo del Quijote, libro que es un constante ejemplo de metáfora hiperbólica; todo el tiempo el escritor hace pensar hablar y actuar al personaje, en hipérbole, y como narrador, se encarga de corregir sus exageraciones.

Ya leeremos un fragmento. Ese Cervantes era el verdadero ingenioso.

Habrán notado ya que la Metáfora Hiperbólica consiste en exagerar, exagerar, exagerar. A mí en lo particular me parece muy divertida; la cosa más sencilla suena extraordinaria si elegimos palabrotas para nombrarla.

Y con palabrotas no me refiero a ordinarieces, sino a palabras que resulten la apoteosis de la grandilocuencia, la exacerbación hasta la locura de la retórica, magníficas de tan impresionantes, tan sonoras que canten estentóreas como mármoles (como te recuerdo, Gabo), coloridas como gemas, adornos preciosistas del lenguaje, amantísimas del dramatismo y, y claro, rimbombantes. Oh, oh, exageré, exageré otra vez.

Estoy, queridos amigos, hiperbolizando.

Una hipérbole muy común es utilizar “morir”, para todo. “Me muero de sueño”, “me muero de hambre, de sed, de amor”…

Obviamente nadie se está muriendo de verdad cuando dice estas cosas, pero impresiona más, ¿no?

Digan a alguien “me muero por ti” y le acariciarán tanto el ego (Metáfora Sinestésica, “acariciar el ego”), que sonreirá “de oreja a oreja”.

Otra hipérbole. Nadie tiene boca de Guasón, imposible que, por más amplia la sonrisa, las comisuras de la boca toquen las orejas.

Pero es una metáfora muy expresiva.

Algunos ejemplos clásicos de Metáfora Hiperbólica:

“Érase un hombre a una nariz pegado”

Francisco de Quevedo

“Tanto dolor se agrupa en mi costado que, por doler, me duele hasta el aliento”

Miguel Hernández

Y otros ejemplos más, muy buenos… Como las irónicas frases a continuación:

“…soberbios alcázares de la miseria”, “oníricas construcciones”, “inverosímiles mansiones”, refiriéndose a unas pobres chozas.

Y esta otra, para referirse a sus desafortunados habitantes: “revuelto mar de sufrimiento pudoroso”.

Entendemos así que las casas eran tan, tan miserables, que eran el palacio fortificado de la pobreza, y la imagen de “revuelto mar” nos describe el hacinamiento sin privacidad de sus moradores.

También es muy efectiva está otra frase, hablando de las mismas chozas:

… “fueron construidas con piel humana, y con gotas de sudor y lágrimas humanas congeladas”.

Lógicamente no se usó en su construcción piel, sudor o lágrimas; así se expresa el sacrificio y sufrimiento que costó edificarlas, así sean paupérrimas.

A eso se refiere esta otra Metáfora Hiperbólica muy común, “dejar la piel” en algo. “Dejó la piel en la lucha por progresar”.

Nadie queda literalmente desollado, pero esta hipérbole ilustra que se hizo un gran esfuerzo, que tuvo un alto costo, que fue desgastante.

Ya comprendimos perfectamente lo que es una Metáfora Hiperbólica, imagino.

Aquí está El Quijote en PDF. Un clásico que si no han leído, han de empezar ya. Hiperbólico y divertidísimo, con su dosis de ironía.

http://www.donquijote.org/spanishlanguage/literature/library/quijote/quijote1.pdf

El peculiar caballero que será nuestro protagonista, puesto que #10alas10 se halla en el Ciclo de Personajes Tristemente Célebres, es Louis de Rougemont, naturalmente, en nuestras narraciones utilizaremos Metáforas Hiperbólicas.

Así que les cuento ignotos lectores, que espero sean al menos dos, la historia del que yo considero el Quijote moderno.

O no tan moderno, porque Louis de Rougemont nació bajo el nombre de Louis Grin, en 1847, en Suiza. Y el Quijote fue escrito en 1605.

El joven Louis huyó de casa a los 16 años, dispuesto a correr aventuras, pero al parecer no halló ninguna como apuntador de una actriz, o como asistente de un banquero, ni como mayordomo de un gobernador. Louis anhelaba descubrir cosas nuevas.

Quizá por ello quiso ser inventor, con nulo éxito. También trató de descubrir el amor, y se casó, pero no pudo permanecer atado.

Nuevamente huyó, en busca de horizontes nuevos y experiencias extraordinarias. Lamentablemente no tuvo ninguna.

Pero eso no lo detuvo. Si las aventuras no le sucedían a Louis, él le sucedería a las aventuras.

Se hizo conocido por las crónicas que publicaba en “The Wide World Magazine”, relatos de sus andanzas en Australia. Ahí, decía, trabó amistad con varias tribus indígenas, aprendió sus dialectos, y llegó a ser adorado como dios por una de ellas.
Contó que buscó y halló oro, y también una variedad del marsupial (por supuesto terrestre) llamado wombat, que volaba.

Una de sus hazañas, que llegó a demostrar en público, era montar tortugas…

Pero tantas maravillas provocaron la duda y la desconfianza. Louis de Rougemont fue cuestionado por el Daily Chronicles. Tal periódico y The Wide World Magazine, donde Louis era columnista, se enfrascaron en una batalla de ventas con el escándalo. Se descubrió la verdadera identidad de Rougemont, y el hecho de que buscaba en las bibliotecas los datos de sus aventuras. Pero seguramente con poca aplicación y mala memoria, porque nunca pudo señalar la ruta de sus viajes en un mapa. Alegaba que tenía un contrato de confidencialidad con una empresa minera, que no quería que revelara la ubicación del oro.

Finalmente, Louis de Rougemont, desacreditado, hubo de ganarse la vida viajando como actor de un show de salón. Se presentaba como “El mentiroso más grande del mundo”, pero tan hiperbólico título no le dio, tampoco, la fama anhelada.

Desapareció de la luz pública unos años. Reapareció tratando una vez más, de posicionar un invento suyo, un sustituto de carne que había creado, y que pensaba sería útil durante la Primera Guerra Mundial. No lo fue, era un invento inútil.

Al menos, no podemos decir que Louis de Rougemont no lo intentó…
Intentarlo y fracasar, ¿no vale más que no intentarlo?

Claro, está el problema ético. La mentira más inocente siempre resulta culpable.

Yo le hubiera recomendado a Louis Grin, que se dedicara a ser escritor de libros de aventuras bajo el seudónimo Louis de Rougemont…

¿Acaso no vivimos un poco -o un mucho- las aventuras que vivimos en los libros?

Tanto vivió las fantasías librescas el don Quijote de Cervantes, que abandonó todo para perseguirlas en la vida real.

¿Fue inútil, su búsqueda de sueños y quimeras?

Un extracto de un texto mío:

“Me reservo el derecho de creer, con la fe más tierna, en todo lo que imagine. Mi construcción más segura son mis castillos de aire.”

Y con esto como introducción y prefacio, enseguida uno de mis propios cuentos hiperbólicos  sobre Louis de Rougemont, El mentiroso más grande del mundo. Caballero y cabalgadura, y Más refulgente que el sol.

Caballero y Cabalgadura

-¡Infinita tragedia! No más fantásticas aventuras, ni para mí…
-Dolíase Louis de Rougemont, -ni para ti, Pemulwuy, mi amigo.

-No ahora que yace, desgarrada en mil sangrantes pedazos, mi reputación de explorador, y la hiena social le hinca los dientes. Esos periodicuchos y revistas “serios”, ¿qué ganaron excavando, ratas hambrientas, en mis historias, buscando “verdad” en ellas? ¡Dinero! Tú sabes que yo no fui un estafador; jamás de los jamases mentí por eso. Ni por todo el oro del mundo. Solo quería honor. ¿Qué hacer, si uno se sabe valiente, capaz, osado, inteligente, caballero de brillante armadura , pero sin rocín y sin aventuras? Soñar. Solo compartí con el mundo mis maravillosos sueños. Me acusan del infame, terrible delito de tener demasiada imaginación. Yo coloreé la mente desabrida de los insulsos lectores de noticias, con visiones extáticas, magnificentes. ¡Les regalé perlas! Los hice lamer por las lenguas ardientes del desierto, hallar tesoros. Vieron, con mis ojos, volar a un roedor gordo y dentón.Conté hasta de ti, Pemulwuy, la tortuga que me deja montar su caparazón. Nos han visto, caballero y cabalgadura, y aún dudan.

-¡Déjalos Louis! -Contestó Pemulwuy. -La incredulidad es más segura para sus mentes, tan diminutas como la de un cobarde ratón.

Fin

Decía que Louis de Rougemont fue generoso conmigo y me regaló la inspiración para un segundo cuento sobre su persona, aún.

Más refulgente que el sol

Hoy escribiré, amables lectores, de cuando su servidor, Louis de Rougemont, explorador y aventurero, fue dios.

Sucedió en Australia, ¡cuando hallé minas de oro que harían un pobre mendigo del rico Rey Salomón! Salía de una de ellas cargando, desnudo, algo así como una tonelada de pepitas de oro, como rocas, en envoltorios que había hecho con mi ropa…

-¡Oh, perdón si ruborizo la imaginación de mis púdicas admiradoras, ejem, digo, de las lectoras de mi columna en este diario!-

Decía que salía de la mina, y me detuve a morder una pepita para calar el oro, tan fuerte que la rompí con mis dientes… y noté que toda mi piel refulgía como si fuera yo un incendio vivo. ¡Tal era el abundante polvo de oro suelto en la mina!

Mi brillo opacaba al mismo sol en fuerza y pureza, y así desnudo, parecía yo un hermoso ídolo egipcio o africano, tamaño natural. O tamaño sobrenatural, pues así, mordiendo la pepita, sorprendióme una liliputiense tribu pigmea, ¡que se postró a adorarme!
Me llevaron a su aldea en un carro tirado por canguros. Wombats voladores iban sosteniendo un lienzo sobre mí para darme sombra.

Allí fui su dios mil días. Huí, harto de festines dignos de Midas, ¡pues me ofrendaban, para comer, puras pepitas de oro!

@yuriikko

Y también obsequió inspiración (de la buena) a otro escritor de #10alas10, @Pliniux, cuyo cuento nos comparte aquí:

Una Tortuga tan Grande como una Montaña

Imaginen la mentira más falsa que se puedan imaginar. ¿Ya? Bueno pues no es nada comparada con las mentiras de Henri Louis Grin. Henri se cambió el nombre por uno más glamoroso: Louis de Rougemont. Y, a partir de ahí, se dedicó a decir y publicar mentiras. Durante una eternidad, impresionó al mundo contando las historias más fantásticas habidas y por haber.
Pero esa eternidad se tuvo que acabar: todas sus mentiras –hasta la más microscópica– fueron descubiertas. Eso no detuvo al muy cínico: se fue al más recóndito, apartado y lejano rincón del mundo a dictar sus conferencias. Solo que ahora, en la apartada África del Sur, se presentaba como El Mayor Mentiroso del Mundo. Así, paradójicamente, sus gigantescas mentiras las acompañaba de una verdad más grande que el universo. Un día, dictaba su conferencia al aire libre bajo el agobiante y seco calor de la sabana africana: “Sin ningún miedo me trepé en esa enorme tortuga de unos 270 kg de peso y cabalgué sobre ella cerca de mil kilómetros”, decía. En eso, apareció una enorme tortuga, tan grande como una montaña, levantó una de sus patas y lo aplastó como a una pulga.

@pliniux

Buena historia, y perfecto ejemplo de la hipérbole como recurso retórico. Nos divertimos estudiando esta particular metáfora.

 

@yuriikko

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