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Dos cuentos: Caballero y Cabalgadura, y Más refulgente que el sol

July 10, 2014

Louis de Rougemont

Caballero y Cabalgadura

-¡Infinita tragedia! No más fantásticas aventuras, ni para mí…
-Dolíase Louis de Rougemont, -ni para ti, Pemulwuy,
m
i amigo.

-No ahora que yace, desgarrada en mil sangrantes pedazos, mi reputación de explorador, y la hiena social le hinca los dientes. Esos periodicuchos y revistas “serios”, ¿qué ganaron excavando, ratas hambrientas, en mis historias, buscando “verdad” en ellas? ¡Dinero! Tú sabes que yo no fui un estafador; jamás de los jamases mentí por eso. Ni por todo el oro del mundo. Solo quería honor. ¿Qué hacer, si uno se sabe valiente, capaz, osado, inteligente, caballero de brillante armadura , pero sin rocín y sin aventuras? Soñar. Solo compartí con el mundo mis maravillosos sueños. Me acusan del infame, terrible delito de tener demasiada imaginación. Yo coloreé la mente desabrida de los insulsos lectores de noticias, con visiones extáticas, magnificentes. ¡Les regalé perlas! Los hice lamer por las lenguas ardientes del desierto, hallar tesoros. Vieron, con mis ojos, volar a un roedor gordo y dentón.Conté hasta de ti, Pemulwuy, la tortuga que me deja montar su caparazón. Nos han visto, caballero y cabalgadura, y aún dudan.

-¡Déjalos Louis! -Contestó Pemulwuy. -La incredulidad es más segura para sus mentes, tan diminutas como la de un cobarde ratón.

Más refulgente que el sol

Hoy escribiré, amables lectores, de cuando su servidor, Louis de Rougemont, explorador y aventurero, fue dios.

Sucedió en Australia, ¡cuando hallé minas de oro que harían un pobre mendigo del rico Rey Salomón! Salía de una de ellas cargando, desnudo, algo así como una tonelada de pepitas de oro, como rocas, en envoltorios que había hecho con mi ropa…

-¡Oh, perdón si ruborizo la imaginación de mis púdicas admiradoras, ejem, digo, de las lectoras de mi columna en este diario!-

Decía que salía de la mina, y me detuve a morder una pepita para calar el oro, tan fuerte que la rompí con mis dientes… y noté que toda mi piel refulgía como si fuera yo un incendio vivo. ¡Tal era el abundante polvo de oro suelto en la mina!

Mi brillo opacaba al mismo sol en fuerza y pureza, y así desnudo, parecía yo un hermoso ídolo egipcio o africano, tamaño natural. O tamaño sobrenatural, pues así, mordiendo la pepita, sorprendióme una liliputiense tribu pigmea, ¡que se postró a adorarme!
Me llevaron a su aldea en un carro tirado por canguros. Wombats voladores iban sosteniendo un lienzo sobre mí para darme sombra.
Allí fui su dios mil días. Huí, harto de festines dignos de Midas, ¡pues me ofrendaban, para comer, puras pepitas de oro!

@yuriikko

 

Inspirados en Louis de Rougemont. Si deseas conocer a este personaje  y saber cómo fueron creados estos cuentos, visita “El mentiroso más grande del mundo y la metáfora hiperbólica” en este mismo blog. El mentiroso más grande del mundo y la metáfora hiperbólica http://wp.me/p2CJMw-kK

From → Puros cuentos

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