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Imagen visionaria

July 1, 2014

Prosiguiendo con el recuento de actividades del taller literario #10alas10, que se imparte a través de la red social Twitter, y que actualmente se dedica al estudio de las metáforas, corresponde ejercitar una de ellas llamada imagen visionaria. Tal como su nombre lo dice, nos crea una visión, a menudo inquietante, atemorizante. Como en una pesadilla. Es otro legado del surrealismo, tal como la metáfora continuada. Con la particularidad de que esta es muy subjetiva, el escritor usa en ella los símbolos de su propio subconsciente y no los del subconsciente colectivo, de modo que puede ser difícil comprenderla, pero si lo logramos, conoceremos íntimamente al autor.

Por ejemplo, yo (perdón por ponerme de ejemplo, pero es un ejercicio que precisa de ser subjetivo) analogo a los gritos con piedras, y cuando tengo miedo, visualizo carne molida, y el miedo para mí es una parvada enloquecida. Esas son imágenes visionarias muy mías. Les voy a contar porqué… tuve un abuelo de carácter muy violento; la temporada que fue, cuando yo era niña (tenía ocho años) a vivir a la casa familiar, me marcó para siempre… tenía sus cosas buenas, pero cuando se enojaba era muy malo con todos, nos ofendía y gritaba, y además trajo consigo un perro vicioso y agresivo, aunque de nombre inofensivo, “Sugui”, que un día, sin provocación, mientras estaba ensayando en el patio mi número de bastonera principal para el desfile de primavera del cole, me mordió un brazo hasta el punto de casi arrancarme el pedazo. Me tuvieron que llevar, desangrándome, al hospital, a que me cosieran los músculos desgarrados. Llegué a ver mi hueso, imaginen. Uy. Conservo tamañas, gordas, e imborrables cicatrices en mi brazo derecho, porque lo usé de último momento, como escudo para protegerme la cara y el cuello, zona a la que se dirigían las fauces del perro, que me había derribado. Pese a este episodio, no le temo a los perros, pero para mí la imagen de mi abuelo quedó indefectiblemente unida a la de aquel animal, y cuando más tarde oí el mito del nahual de labios de mi nana Cande, que era indígena nahua de la zona de Zongolica, yo me lo imaginaba con la pinta de mi abuelo. También se me quedó grabada la visión de mis músculos del brazo masticados, revueltos con la grasa como carne molida. Ese es el momento de mi vida que más pánico recuerdo haber sentido, junto con otro en el que estuve a punto de ahogarme. Así que ahora, cada vez que el pánico me amenaza, viene a mi una visión de carne molida. Pero no es tan malo, puesto que también es un recordatorio de que a todo se puede sobrevivir y sanar, recoser, por así decirlo, y volver a ser feliz. Ese año no pude ser bastonera, me pasé con el brazo derecho vendado hasta muchos meses después, pero aprendí a escribir y dibujar y todo con la mano izquierda, y al año siguiente las misses volvieron a montar la coreografía de las bastoneras para el desfile y pude participar, como era mi ilusión en aquel momento. Así que aprendí que de todo se puede sacar ventaja y que sí hay segundas oportunidades.

Y también aprendí que (con lo del ataque del perro y el casi ahogamiento) si se desea vivir, más vale tranquilizarse y razonar, aquietar a esos pájaros confundidos y aterrorizados que vuelan en desorden chillando y chocando con las paredes del cerebro, que es el pánico. Desde entonces también tengo esa imagen mental. Pájaros chocando en el cerebro.

A causa de mi abuelo, ahora cada que alguien me grita airadamente, siento como si me golpeara una lluvia de piedras. Es una lapidación psicológica para mí. Al contarles este íntimo secreto de mi persona, al visualizar esta imagen (la lapidación con palabras) estoy segura que me conocerán mejor, pero sin duda no es una imagen agradable, es angustiosa. Sin embargo, al ponerla en una construcción literaria, sirve a la perfección como ejemplo de imagen visionaria. Aquí mi construcción:

“Mis palabras piedras fueron salvajemente arrojadas; ni sus ojos tristes pudieron hacerlas polvo en el aire. Le grité hasta sangrarla.”

Veamos, ocuparé la misma idea con un desenlace menos cruel…

“Ya mis palabras piedras habían sido arrojadas; pero tus ojos tristes me las hicieron polvo en el aire.”

Bueno, eso es un poco más esperanzador y sigue siendo una imagen visionaria.

Pero mejor recurramos a García Lorca para que nos ponga el ejemplo. Estas dos imágenes visionarias suyas son las que aparecen en todos los libros.

“El niño que enterramos esta mañana lloraba tanto que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.”

“La luz es sepultada por cadenas y ruidos en impúdico reto de ciencia sin raíces.”

Es lamentable, creo yo, en mi humilde opinión, que los autores reciclen una cita una y otra vez sin buscar nuevas referencias, jeje. Así que para no caer en esa comodidad, me propuse leer cuidadosamente a escritores surrealistas, y encontré buenos ejemplos imágenes visionarias en un cuento de Leonora Carrington, “Monsieur Cyril de Guindre”.

Tal vez sea difícil encontrarlo completo en español porque este cuento, Monsieur Cyril de Guindre, fue escrito por Leonora en Saint Martin d’ Ardeche, Francia, cuando vivía con el pintor surrealista Max Ernst; en él se inspiró para crear a M. Cyril, literaria y pictóricamente, pues existe un retrato de Marx Ernst realizado por Leonora, en el que se halla vestido tal como lo describe en el cuento: un “traje de angora” y “medias rayadas, modelo pontificio”.

cyril

 

En fin, cuando Ernst fue capturado por los nazis en 1939, y Leonora Carrington huyó de Francia, este cuento y otros se dieron por perdidos hasta que en los años ochenta, Jacqueline Chénieux-Gedron los tradujo al francés y los editó en una colección llamada Pigeon volé, Contes Retrouvés. Ya luego aparecieron algunos publicados en español, En la colección “El séptimo caballo y otros cuentos”, pero creo que ya no han hecho reediciones, o al menos, yo no las he encontrado por más que merodeo e importuno en las librerías.

Así que estas metáforas, estas imágenes visionarias Carrigtonianas que ahora les ofrezco, son una joya cada una, parte de un surrealista tesoro casi perdido. Me aplicaré para transcribir todo el cuento. Espero no infligir derechos de autor o a algo así pero es una pena que no sea más leído en su idioma materno, el español, que en francés.

Aquí van:

1
“Thibaut, que era más joven que Cyril de Guindre, tenía la piel dorada, igual que un cadáver de infante que se hubiese puesto a conservar en un licor añejo.”

2
“-Después, -dijo Cyril mojándose los labios en champaña- Imaginaba que tenía relaciones con una sirena que me acariciaba constantemente con su pesada cola viscosa, empapando la bata de terciopelo rosa, que era mi preferida en aquella época.”

3
“Panthilde sacó de su bolso un pequeño pomo. Mojó sus labios con su contenido -negro y viscoso- y acercó su rostro al suyo. Sus labios eran negros y brillantes como el lomo de un escarabajo. Se sintió obligado, contra su voluntad, a degustar el sabor de esos labios. Abriendo la boca, hizo ademán de acercarse a ella, pero ella, riendo burlonamente, echó la cabeza hacia atrás. Cyril se estremeció de horror y de deseo.
-Papá quiere besar a la primavera -decía Panthilde en tono malicioso-, Papá quiere besar a la primavera…”

4
“Cuando se acercó a la luz de las velas, su piel brilló como la superficie del mar bajo la luna; Cyril percibió que este reflejo provenía de una multitud de pequeñas costras, secas y argentinas, que cubrían su piel, y se sintió agobiado hasta las náuseas cuando el Abad le tendió una mano, que no le fue posible rehusar. Esta mano larga y fina, tenía la consistencia húmeda y escamosa de una piel de serpiente.”

Ahora analicemos un poco. Las cuatro imágenes visionarias describen la piel, Leonora nos la hace imaginar con distintas texturas repulsivas: cadáver infantil añejo (también en el cuento hace referencia al aspecto de “momia bonita” de Cyril), pesada y viscosa cola de sirena, tan viscosa como los labios negros de Panthilde y seguramente tan escamosa como la piel argentina con tacto de serpiente, del Abad. En esa y otras imágenes del cuento, por ejemplo, la de color  “martín pescador agonizante”, Leonora nos está revelando una de sus fobias/fantasías más íntimas y terribles con la piel viscosa de los peces y reptiles, y con la lepra, uno de cuyos primeros nombres conocidos, Kilasa, significaba simplemente “mancha blanca”, y que en diversas culturas y religiones se menciona como castigo al pecado y o maldición divina por los actos impíos; colegimos que Leonora temía ser castigada por lo que ella -solo ella sabrá cuáles- consideraba sus propios actos impíos, por los que, sin embargo, sentía fascinación y deleite, y a los que no estaba dispuesta a renunciar. Ella fue criada en una familia conservadora y aunque se liberó, sin duda le perseguía su condicionamiento.

La transfiguración del leproso en un repulsivo pero no exento de “belleza extrañanamente sombría” ser, aparece de nuevo en, por ejemplo, su cuento “Los conejos blancos”. Aquí un par de fragmentos de tal historia, en el que describe el aspecto de la piel leprosa de un modo tan bello, que solo vuelve la imagen más terrorífica y perturbadora.

“−¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? −murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.”

“La mujer acercó tanto su cara a la mía que creí que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.
−¿No quiere quedarse, y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan solo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!
Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.”

Es totalmente simbólico. El surrealismo es eso. Crear arte con símbolos. Otro de estos símbolos lo hallamos en el personaje de Panthilde, proyección de la propia Leonora; ella solía autorretratarse en sus pinturas y en sus cuentos, por ejemplo, en “La debutante”, donde aparece el símbolo de la hiena, animal que aparece también en autorretratos suyos; en este caso, Panthilde/Leonora se identifica no con una hiena, sino con un caballo, otro de los símbolos recurrentes en su obra, y existe un retrato de Leonora, pintado por Marx Ernst, en el que ella aparece con el atuendo con  el que describe a Panthilde en el cuento, de tela negra y “cabellos larguísimos y negros”, incluyendo los labios negros y viscosos, asomando en un jardín de horrores fantásticos. El cuento “Monsieur Cyril de Guindre” se desarrolla precisamente, en un voluptuoso y amenazador jardín.

panthilde

 

Aquí lo que se está proyectando era el complejo de Elektra que Leonora sentía hacia Marx Ernst; en el año en que ella escribió el cuento y cada uno pintó el mencionado retrato del otro, representando él a Cyril de Guindre y ella a Panthilde, fue en 1939. Ernst tenía 48 años, pero aparentaba veinte más, con su cabello totalmente blanco que ya había recedido a medio cráneo, y una piel extraña, llena de arrugas pero radiante… no en balde Carrington comentó de Cyril de Guindre en su cuento, muy al principio, acaso como una justificación, esto: “A pesar de su edad, Monsieur Cyril de Guindre era muy bello.” En ese momento Leonora tenía veintidós años, 26 menos que Ernst, y sentía en su fuero interno, que practicaba el incesto con una figura paterna. Sí, de todo esto nos enteramos leyendo cuentos. Se necesita ser buen entendedor para hacer una lectura tan profunda de un cuento, pero sin duda que el escritor, al revelar todo de sí en su obra, hasta las cosas más íntimas, así sean disfrazadas bajo símbolos, lo hace porque quiere contárselo a alguien, porque necesita exteriorizarlo. El arte es sumamente personal y subjetivo, a pesar de todos los subterfugios tan metódicos y ordenados de los que se vale, y que se llaman técnica.

Así pues, la imagen visionaria es un ejercicio personal. Un secreto que se puede comunicar, compartir, mediante este recurso retórico. Así se conoce y se reconoce a un autor. Por ejemplo, a Gabriel García Márquez. Él no es surrealista, todos saben que es realista mágico, pero lo menciono porque es uno de los escritores con un lenguaje literario único e inconfundible, reconocible aquí y en China, y lo logró siendo subjetivo. Qué digo subjetivo, subjetivísimo. Es identificado por construcciones de palabras muy peculiares, que antes solo él usaba de esa manera, que significaban algo particular para él y solo para él, y sin embargo, logró que todos entendiéramos a la perfección lo que quiso decir. Les pongo unos ejemplos deliciosos del lenguaje Garciamarquezco:

“Carcajada de granizo”

“Sueño cenagoso”

“Talante perdulario*”

*Este ejemplo me hace reír ruborizada porque yo tengo un talante muy perdulario, jaja. Palabreja que significa “el que todo lo pierde”. Así soy yo. Pierdo cosas constantemente por andar con la cabeza (y los pies) en las nubes. No piso tierra, señores, y parece ser un vicio incorregible.

“Después de la cena, larga y bien conversada, hacían de memoria un amor sedentario que les dejaba a ambos un sedimento de desastre”

“Mármoles estentóreos**”

** Esto también me encanta. En referencia al personaje mitológico Estentor (aparece en la Ilíada), se dice de la voz o del acento: Muy fuerte, ruidoso o retumbante. ¿Es o no una gran cosa imaginarse un mármol estentóreo? Yo lo hallo formidable.

“… la alcoba estaba rebozada por el esplendor del verano.***”

*** Vaya. Rebozar es revolcar un alimento en huevo y harina o pan molido, para freírlo, método culinario también conocido como “capear”. Pero aquí lo que la palabra comunica es un color: amarillo dorado. Perfecto para describir un día de verano. ¿No es genial, don Gabo?

Bien, ahora nos toca a los talleristas de #10alas10 ejercitar la Imagen Visionaria, usando un símbolo propio en una historia de ficción.

Por ser tan particular el ejercicio, en esta ocasión los personajes no son de la vida real, sino creados expresamente. Yo nombré a mi personaje Nahualli, y @VerosRuiz no dio nombre al suyo, pero es una “ella”. Aquí nuestras aportaciones. “Nahualli”, y “La Escalera”.

Nahualli

Desde que me mordió, sueño con ese terrible perro parecido a un coyote.
En mis pesadillas, me habla; me regaña, me da consejos.

Y no bienintencionados. Quiere que sea mala. Me acusa de ser débil, de ser demasiado buena. Dice que mi abuelo se avergonzaría.

Él era fuerte, sí, pero violento, agresivo, también. Fue él quien llevó al perro-coyote a casa, “para que cuidara”. Ambos eran feroces.
De día, el abuelo encerraba con llave al perro que dormía en fría penumbra bajo su cama. De noche lo soltaba, y se encerraba él.
Despertábanme alaridos de muerte: gatos de los vecinos, siendo despedazados por el perro. Y una vez, un ladrón, mordido.

Una tarde el abuelo se quedó dormido en el patio mientras yo jugaba. Al instante apareció el perro de la nada, y me mordió a mí. Me desgarró el brazo derecho, que usé para proteger mi cuello. Casi morí desangrada. Pero me llevaron al hospital aún a tiempo.

Sané, crecí, me fui de casa, estudié. Especialista en mitología mesoamericana, escribo libros sobre El Nahual y la teriantropía. Curioso, que el vocablo “nahualli” signifique “sabio”, “investigador”. Soy investigadora, y mi nombre es justo ese, Nahualli.

Qué raro soñar con aquel perro una y otra vez, oírlo pronunciar mi nombre con la voz del abuelo. “Nahualli, es hora”, me dice.

Twitter de la autora: @yuriikko

 

 

La escalera

Al fondo del paisaje siempre cuelga una escalera como si quisiera rescatar a la niña que corre temerosa por el camino.

Llena de miedo va explorando los vericuetos. A veces se detiene y se pregunta paralizada ¿dónde se hallan los peligros?
El llanto cubre sus ojos y borra la visón de su camino. No puede avanzar cuando el miedo la lleva a la ceguera.

Busca un lazarillo y es el canto de las aves el que la guía con osadía,  camina como si volara junto a ellas.

No faltan piedras en el camino. Ingenua la mente fantasiosa, crea un gran castillo para descansar antes del destino.
Un camino recto sigue aquella niña, pero quiere jugar con la rigidez. Sería más divertido si fuera una espiral que ascendiera.
Toma un gis, ya no es una niña y desdibuja su camino. Antes de llegar a su destino, el tiempo traicionero la alcanzó.
Ella quiso dibujar una escalera para subir al cielo, pero esta la bajó hasta tocar piso. No pudo despegar los pies desde ese día. 
Tantos significados surgen de una escalera según la posición en la que estás. Subidas y bajadas, bajadas y subidas.

Escalera- tobogán, han sido ya muy fuertes los descensos. Entre más alto la quiera, el miedo hace más estrepitosa la bajada.

Twitter de la autora @Veros_Ruiz

Comentario de la escritora, sobre su cuento:

“Mi cuento se llama “La escalera”, en él trato de contar cómo el miedo ha estado presente desde mi niñez, muchas veces me ha paralizado, otras veces lo he enfrentado y otras he seguido caminando sin ver, como por inercia.”

Verónica Ruiz

Gracias por leer estos relatos.

@yuriikko

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