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Antropología del amor, parte I, las tres etapas del amor

February 23, 2014

Para entender el amor romántico (o erótico, diría Erich Fromm), hay analizar objetivamente el enamoramiento.

El amor tiene tres etapas, una, atracción, dos, enamoramiento, que, si consigue crear lazos afectivos firmes, da lugar a la tercera, la etapa de la convivencia útil, misma en la que, si se procura mantener los lazos afectivos firmes, puede perdurar largo tiempo.

Diseccionemos la atracción. Hay dos tipos de esta:
Uno, atracción visual, perteneciente al ámbito corpóreo.

“Visio est quaedam causa amoris”, en latín. La vista es como una causa del amor.

Dicho sencillamente, es cuando la belleza física de alguien, le procura placer visual al otro. Y nace el deseo de aproximación.

Esta atracción “a primera vista” desestima la integridad del individuo físicamente bello, el “atraedor”. En ese momento, “el atraído” desestima si tal persona posee o no cualidades compatibles u objetivos en común con él.

Si a su vez, “el atraído” atrae a su “atractor”, inicia una relación perteneciente al ámbito de la concupiscencia, de la sensualidad.

El peligro de iniciar una relación basada en la atracción visual, es la idealización de la otra persona, sin fundamentos.

De enamorarse no de una persona, sino de un ideal (asociar belleza con bondad), y del placer que su presencia proporciona.

El segundo tipo de atracción es por el trato. Puede suceder que no existiera atracción física a primera vista, pero que a partir del trato frecuente, se perciba no la belleza física, sino la belleza del carácter de la otra persona.

Entonces, la figura que antes pasó inadvertida, suele tornarse atractiva. Si se inicia una relación, estará bajo el ámbito de la afectividad.
Para este tipo de relación, el enamoramiento afectivo llega antes que el enamoramiento pasional. Hay menos probabilidad de idealización.

Y yo me atrevo a agregar, conforme a lo que he observado, un tercer tipo de acercamiento. Ni visual, ni por el trato. Por necesidad.

Suena duro llamarle así, pero es un hecho que la soledad impulsa a personas que ni se atraen, ni se llevan bien, a una relación. Es normal, el hombre es un ser gregario por naturaleza y todos necesitamos de compañía, solos no funcionamos, vivimos en sociedad.

Y aunque últimamente se cuestione en paradigma de que la familia es la base de la sociedad, y de que para fundar una, se necesite forzosamente de una pareja aunque sea para la reproducción, y así haya adopciones por parejas del mismo sexo y también por personas solteras, que yo sepa, no se ha podido erradicar la necesidad humana de amor y compañía.

Mucha gente solo tiene cierta convivencia con compañeros en horas de trabajo o escuela, y al llegar a casa, está solo.
A pesar de que viva con su familia, pues, naturalmente, la familia no satisface la necesidad de amor romántico.

Así pues, la soledad impulsa al necesitado, a “enamorarse” del primero que esté dispuesto a servir de compañía/pareja.
Así no se hayan tratado, tengan pocas probabilidades de llevarse bien, y ni siquiera se gusten mucho físicamente. Este tipo de relación está en el ámbito de la utilidad. Claro, puede evolucionar al ámbito concupiscente y al afectivo.

Pero las bases son tan engañosas como las del primer tipo de atracción, la visual. Se idealiza al compañero.

Este es el principal factor por la que estos dos tipos de relaciones no prosperan. No se enamoran de una persona, se enamoran del amor.

Esto me lleva a la segunda etapa del amor romántico. El enamoramiento, una reacción química con efectos psicológicos y somáticos.

No voy a analizar los aspectos químicos en esta ocasión, pasaré directamente a sus efectos.

Quiero poner énfasis en el papel que desempeña la voluntad en el enamoramiento, que casi todos afirman que es algo pasivo. No hay que defender la idea de que enamorarse no depende de la voluntad, de que no es posible elegir de quién.
Error. Autoengaño. Para enamorarse, hay que querer hacerlo. Si no se deseara, simplemente no se permitiría la aproximación.
Sobre todo en la primera etapa, la de la atracción. Y más aún, en la atracción visual.

Muchas personas pueden “gustar” por ser físicamente bellas. ¿Pero es inevitable enamorarse de todas? Claro que no.

Para ilustrar este punto, un fragmento de El ingenioso Hidalgo, Don Quijote de la Mancha, en el que la hermosa Marcela se defiende cuando es acusada del suicidio de Grisóstomo, por no haber correspondido a que se enamoró de ella por su belleza.

“Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura; y por el amor que me mostráis decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros.

Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable más no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama.

Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir: «Quiérote por hermosa: hazme de amar aunque sea feo».

Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos que no todas hermosuras enamoran: que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas,sin saber en cuál habían de parar, porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos. ”

Qué importante es esto último. Siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos, y entonces, las voluntades andarían confusas.
La voluntad del “atraído” decide si dar el primer paso o no, y la voluntad del “atractor” decide si aceptar o no el avance.

Una vez realizada la aproximación, la voluntad va cediendo y perdiendo fuerza, es cierto. Pero uno mismo es quien lo permite.

Ya enamorado, el ser humano experimenta placer, deleite, en la compañía de la persona objeto de su enamoramiento. Este deleite le impulsa a ser “generoso”, a darle mucho de sí a la otra persona. Mucho tiempo, y mucha atención.

Movido por el interés de procurarse este bienestar, el enamorado desea estar todo el tiempo con el otro. Parece que no es egoísta, pero en el fondo sí lo es, porque procurando atenciones a la otra persona, asegura su placer.

Y cuando no está con ella, fantasea con que lo está, y es capaz de hacer esfuerzos extraordinarios para volver a verle.

Este encuentro le produce gran alegría, y naturalmente, cree haber hallado la felicidad en la otra persona. El enamorado se hace adicto a esta intoxicante alegría.

Pero, cuidado, pueda ser que lo que realmente ame la sensación exhilarante de estar enamorado, no a la otra persona, en sí.
Pero sin darse cuenta de la ilusión, surge en el enamorado el deseo de perpetuar esta felicidad, de asegurarla para siempre.

Por ello se pronuncian con tanta ligereza (aunque probablemente sin mala intención) los: “te amaré por siempre”, “nunca te dejaré”, “nunca te seré infiel”, etc. Y el muy efectista “eres el amor de mi vida”, cosa que ya se le ha dicho, tal vez, a otras personas en otro momento.

Pero como el enamorado parece vivir en una distorsión del tiempo en el que en el presente vislumbra la eternidad, porque es feliz, pronto busca un compromiso exclusivo a largo plazo. Una convivencia estable. A veces ahí inicia el declive. Si no es que antes.

Antes, porque el enamoramiento “ciego”, termina con el trato. La idealización tiende a notar solo lo “bueno y bonito”. El trato, en cambio, descubre a la persona integral, con defectos y virtudes. Se empieza a conocer al flamante desconocido.

Este conocimiento puede derivar en un afianzamiento de los lazos afectivos, claro. Pero en un distanciamiento, también, si resulta que aquel ya conocido no es tan flamante, es decir, no corresponde al ideal que de él se había forjado.

Entonces, surgen las desavenencias, las discusiones, los desacuerdos, que se llevan consigo la alegría. La felicidad. Y con la felicidad se va la disposición de dedicar tanto tiempo y tantas atenciones a la otra persona puesto que su compañía ya no deleita tanto, debido a la tensión, ya no “nacen” los detalles, las expresiones de cariño constantes, las conversaciones se acortan, las muestras de ternura disminuyen, en fin, la relación se enfría. Cuesta mantenerla.

Si el “enamorado” solo era un adicto a la sensación del enamoramiento, aquí acaba todo, porque su “droga” se termina.

La desesperación que le produce ver que la felicidad que anhelaba sólida y eterna, era solo un espejismo pasajero. Esta desesperación provoca ira. El depositario de esta ira es la pareja, por haber dejado de procurar aquella constante atención.
Ya bajo el influjo de la ira, se hacen reproches, en el peor de los casos, se pronuncian ofensas que hieren profundamente.

Muchas ofensas no se pueden reparar. El amor puede convertirse en odio y rencor. Pero, si por el contrario, con el trato se aprendió a amar a la otra persona y encontraron el equilibrio entre defectos y virtudes, entre debilidades y fortalezas, la relación puede continuar.

Este equilibrio se da en las relaciones de “beneficencia”, en las que alguien tiene una debilidad que la fortaleza del otro le compensa.

Al tratar a la otra persona, es preciso descubrir en ella valores y cualidades que apreciemos para que la relación avance a la convivencia. Y, si hay defectos -que los habrá siempre- hay que aprender a verlos con objetividad, e incluso, ayudar a superarlos.

De todos modos, aunque no haya desencantamiento, desilusión o decepción de la otra persona, el “amor florido” tiende a decaer.

El amor florido se atenúa, no siempre abruptamente, ni a causa de peleas, sino paulatina, lentamente. Y esto es una realidad que todos “los adictos al enamoramiento” deben aceptar. Aceptar, pero no pasivamente.

Cuando la exaltación amorosa inicial empieza a disminuir, es preciso que haga su aparición de nuevo, la voluntad. La voluntad consciente de seguir haciendo todo aquello que antes se hacía sin pensar, por la otra persona.

Dedicarle tiempo y atención. Sobre todo, al empezar la etapa de la convivencia, cuando los factores útiles aparecen.

Cuando dos personas planean vivir juntas, es indispensable que primero haya lazos profundos y firmes.

Si alguno de los dos tiene reservas, es porque está consciente de que su compromiso no es profundo. Presionarlo es un error. El que llegara a casarse, presionado, no será buen cónyuge; asimismo, el que llegara a ser padre o madre, presionado, no será buen progenitor.

Un lazo firme y profundo es necesario porque una vez establecida la vivienda común, sobrevienen muchas pruebas.

Hay que encargarse del sostenimiento y mantenimiento del hogar, hay que realizar múltiples tareas nada románticas. La pareja, además de ser un bien deleitable, precisa entonces de ser también un bien útil para las cuestiones prácticas de la vida. Este es otro peligro, porque, para decirlo con una alegoría, si el amor florido es poético, el amor práctico se vuelve prosaico.

Pero también hay belleza en la prosa. Los vínculos objetivos aparecen, y estos son los más duraderos. El verdadero “amor de la vida” está basado en trabajo en común. Y esto está bajo el ámbito de la concurrencia.

Y aún puede haber poesía. El secreto es la voluntad, y la constancia para, insisto, procurar tiempo, atención y detalles. Incluso aún más tiempo y atención que en los inicios de la relación.

Porque si no, “los enamorados del amor” buscan la poesía en otra parte, con otra persona.

Y en el entendido de que vivimos en una sociedad monógamica, supongo que eso no es algo deseable para la mayoría…
En la vida en común hay un aumento significativo del tiempo que se pasa juntos, claro, pero ya no es igual de exultante. Y esto pasa no solo con las personas que ya viven juntas o ya se han casado, también con los noviazgos.

El acostumbrarse a pasar mucho tiempo con la otra persona, tiene ese efecto. Procurar cierta distancia es saludable. Provocar el deseo de la presencia con la ausencia, no es tan mala idea. Pero no una ausencia que signifique abandono… Una ausencia, insisto, saludable, espacios de tiempo en que cada individuo sea un individuo, como originalmente lo era.

Un espacio en el que cada quien conserve sus actividades y ocupaciones independientes. Pero sin ser egoístas. Siempre habrá así, algo nuevo e interesante que contar. La comunicación es vital. Hay que compartir con el otro. Pues el otro extremo es abstraerse tanto en las actividades propias, trabajo, estudio, etc., que la pareja quede al último.

¿Cuántas relaciones no se desgastan porque “exceso de trabajo” o por “falta de tiempo”?

En el enamoramiento, se es inconscientemente egoísta, se procura la atención a la otra persona porque causa placer. En el amor de concurrencia, se debe de ser conscientemente generoso, procurar la atención a la otra persona, por hacerle un bien. Y, si a su vez esa otra persona pone la misma generosa atención, procurando el bien de su pareja, están del otro lado.

Porque cada uno necesita saberse valorado, apreciado. Correspondido. El amor sin correspondencia, tarde o temprano decae.

Ahora, al decir correspondencia, no me refiero a que las dos partes tengan que aportar exactamente lo mismo. Para empezar, todos somos únicos, y nuestra forma de actuar es única también. No hay que esperar que el otro ame igual. No porque una persona demuestre amor, digamos, regalando flores, deba esperar que su pareja también.

Es un ejemplo tonto, pero sirva para ilustrar sencillamente, situaciones más complejas. Para empezar, siempre hay uno que ama más; es un hecho que no porque no le guste o no parezca romántico, deja de ser verdad.

Pero esto no es malo. Es normal, y ahí es donde hacen su aparición las relaciones de beneficencia de las que hablaba. El benefactor aporta generosa y desinteresadamente un bien a su beneficiario, hallando satisfacción en el dar.

El beneficiario, a su vez, recibe con gratitud el bien (con sus excepciones, los hay ingratos) y lo recompensa de otro modo. Puede ser que este modo de recompensar el bien recibido, sea con otro bien del que la pareja carezca. Hay correspondencia.

Así, las fortalezas y debilidades, defectos y virtudes de uno, hayan su contrapeso en el otro. Trabajo en equipo. Ahí está la solución. Consciencia, voluntad, atención, tiempo, generosidad desinteresada, comunicación, equilibrio.

Para cuidar el amor tiene que intervenir la inteligencia, la razón.

Otra idea contraria al sentir de los románticos empedernidos, que creen que el amor es solo emoción.

Pero siendo solo emocionales y sensuales, solo atendiendo a los sentimientos y sensaciones, no se llega muy lejos. Todas las atracciones, sean visuales, de trato, o por soledad, pueden evolucionar a una relación estable, si se les cuida inteligentemente.

Pero esto depende de los dos, una relación es insostenible cuando solo uno se esfuerza en estos cuidados.
No todas las relaciones funcionan, aunque al menos uno de los involucrados las cuide. El factor humano es variabilísimo.

También hay que saber dejar ir aquellas relaciones no-funcionales, pero ese es tema para otro post.

La segunda parte de este tema, corresponde a la llegada de los hijos a la pareja ya establecida, que publicaré en este mismo blog, a la brevedad.

@yuriikko

 

 

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