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Las moscas

January 10, 2014

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Paco miraba sus uñas sucias con expresión más bovina y muerta que la pelada cabeza de vaca que servía de anuncio y adorno a la vez, de su carnicería; su fealdad sobresalía de la pared tapizada de calendarios viejos cubiertos de miles de diminutas manchas negras, herencia de generaciones de moscas que así dejaban registro de su efímera vida.
En ese momento, las moscas actuales gozaban, glotonas, de la carne cruda colgada en sus herrumbrosos ganchos. Paco no las espantaba más que cuando venía un cliente, y como ahora no había ninguno, las dejaba solazarse. Mientras se ocupaban en sorber los pegajosos jugos, no revoloteaban a su alrededor, zumbando pesadamente en el bochorno.
Su zumbido y el calor volvían soporífero el local poco ventilado; extrañamente, entonces él podía pensar mejor que nunca. Dejaba a las moscas libar a placer hasta que, hinchadas, torpes, incapaces de volar, se posaban en los ganchos.
Allí se ponían a frotar sus patas y Paco las imitaba de modo inconsciente, frotando sus manos desasosegadamente.
En el tedio de sus horas vacías a la espera de amas de casa y sirvientas que llegaban cada vez más espaciadamente conforme transcurría el día, Paco se dedicaba a observar el comportamiento de aquellos insectos. Le parecía que ellas también lo observaban, haciendo juicios sobre él, susurrándose unas a otras con sorda voz grupal.
Más de una vez alguien llegó y se marchó, asustado, durante su reconcentrada contemplación, creyéndolo ebrio, o loco. Eran los momentos en que él casi entendía los pensamientos de los pequeños seres negros; eran pensamientos voraces.
Ellos soñaban con la satisfacción del apetito, con el sabor saladoterroso de la sangre, con ensuciar todo lo que tocaban. Y eran felices.

Las moscas hacían lo que querían, y eran felices.

Un anhelo amorfo le empuñaba el corazón; la insatisfacción de un algo que no podía precisar, se le clavaba en la nuca.
El dolor le hacía desenfocar, ver múltiple cada vulgaridad que le rodeaba. Hubiera querido ser una mosca.
Como la que ahora caminaba sobre el mugriento piso de losetas, rojas y negras, cuyo anticuado diseño geométrico hacía parecer que el animalejo se adentraba en un laberinto, seguro de su dirección; daba vuelta en cada ángulo y seguía las líneas tan ordenadamente, que era imposible que fuera casualidad. El maldito bicho era inteligente.
De pronto, la mosca cambió de rumbo, voló un poco, a dos escasos centímetros del suelo, y se asentó majestuosa, en una pequeña superficie roja y brillante, fascinante, parte de algo hermoso que no podía obligarse a reconocer; era…
Era…
-¡Qué feo!
La voz, con un sobreactuado acento, no lograba parecer tan desdeñosa como asustada.
Era una voz de mujer, pero muy joven, casi de niña, y fue el estímulo para que su mente embotada se percatara al fin de que la mosca había hecho su trono sobre una uña, una uña pintada de bonito esmalte rojo. Tan bonito como el pie que adornaba: suave, del color de la crema, en una sandalia de tiras blancas anudadas al tobillo.
-¡Nena!
La reprobatoria otra voz, inconfundiblemente de mujer madura, lo hizo alzar la vista a su realidad.

-A sus órdenes, señora… -recitó Paco la repetida fórmula, ya insignificante; pero esta vez, su voz se elevó, casi amable.
La mujer, que ya le había comprado antes, titubeó, sorprendida por la mutación de su áspero mugido monocorde.
-Gracias… Y por primera vez, añadió: -… joven.
Fue una revelación para él mismo. Sí, él era joven, tenía algunos años más que la mujerniña de las uñas rojas. Acaso…
Pero la madre interrumpió la naciente idea.
-Mire, joven, voy a hacerle un pedido especial para el sábado, tengo una fiesta y quiero que me consiga buenos cortes, no de lo que vende aquí, sino que me los traiga de calidad, ya ve que hoy es jueves, le aviso con anticipación…
La mujer continuó hablando y de algún modo Paco siguió oyendo, pero las palabras fueron bajando de tono para él, fundiéndose en un arrullo distante, con el vuelo de las moscas, furiosas porque él se había puesto a agitar un trapo.
Paró de pronto, avergonzado, consciente de que espantar moscas a trapazos era una costumbre de carnicero.
Desvió la mirada furtivamente a la hija, temiendo que lo estuviera mirando con desprecio, pero no era así.
Uñas Rojas se había quedado viendo perpleja, y un poco asqueada, la grotesca cabeza de vaca, que parecía hacerle una mueca burlona, la malicia bailando en sus ojos de vidrio.
Era mejor. Que no lo viera, que no lo viera a los ojos tan rotos como los de la vaca, sanguinolentos siempre.

-Joven, ¿sí me entendió? En este papel anoté el pedido y la dirección, aquí cerca, espero su entrego el sábado temprano. Aquí está el anticipo.
-A sus órdenes, señora… Esta vez sí fue el murmullo de siempre, pero no por desgana, sino por fingir indiferencia.
Tal vez así la mujer no notara que miraba la blancura cremosa de Uñas Rojas, que ahora descifraba un desteñido calendario.
Imaginaba que ponía la mano sobre su brazo resplandeciente, y se le quedaba pegada como a papel matamoscas.
Aunque el pegajoso sería él, no ella, y cuando la retirara con fuerza, le succionaría la piel un poco, dejando una marca.
Hizo un esfuerzo tan violento por arrancar la vista de la niña, que casi la sintió sangrar. Le dolió la cabeza.
-Demelpapel elsábado lellevo suencargo esedíamepaga -Dijo mordiendo las palabras. Ya no podía soportarlas ahí.
Que se fueran, o iba a dar una zancada y a sujetar ese fresco brazo, y lo que pasaría después sería crudo y rápido.
Tan rápido que no podía distinguir las imágenes, pero con presentirlas, ya le hacían volar, liviano.
Pero la necia mujer demoró un poco aún.
-Mire, al lado del jardín hay una puertecita que le dejaré abierta, luego luego está la cocina, lo espero a las ocho.
-Asusordeneseñora -Repitió. Al salir, la madre tomó la mano de la hija y él notó que tenía un gran lunar negro al dorso.
Se sintió perversamente feliz de descubrir una mancha en su pureza, evidente como… pues, como mosca en leche.
Vió además que, con la inexperta coquetería de la adolescencia, también se había pintado las uñas de las manos de rojo.
Pero las orillas no se delineaban precisas, como las de los pies; el esmalte desbordado parecía escurrir.
Como si hubiera sumergido la punta de los dedos en la cubeta que ponen debajo de las reses al degollarlas.

Únicamente la sangre fresca luce un rojo tan brillante; al secarse se opaca, se avejenta, se ensucia.
No como el color de las uñas de ella, relucientes como gotas de sangre perennemente fluyente, líquida.
Tuvo una visión de sí mismo ahogándose de calor tras el percudido mostrador, deslumbrado por el sol seco del mediodía.
Dirigiéndose a la bodega en penumbras para calmar su sed bramante, abriendo la puerta del refrigerador.
Dentro, estaba Uñas Rojas tendiéndole una mano con un lunar de la forma, tamaño y color de una mosca.
Se vió tomándola, agradecido, para succionar con avidez la limpia, fría sangre que brotaba de su dedo índice.
Y era fuente eterna que lo liberaba del puño que le apretaba el corazón y del imperio negro, insectario, del dolor.
Entonces, empezaba a flotar, ingrávido.

Sacudió la cabeza y sintió la punzada en la nuca de nuevo. Decían que había una pistola de clavos para matar vacas.
Tal vez así se sintieran, como él. Era mejor el método antiguo, una cuchillada limpia en la garganta.
Suspiró, y su propio aliento caliente le quemó los pulmones. El sábado.

El sábado la vería.

El sábado, la mujer salió a abrir la puertecita al lado del jardín que daba a la cocina, puntualmente a las ocho.
Pronta a iniciar los preparativos de la fiesta, abrió el refrigerador. Halló dentro los paquetes de carne fresca.

Su primer pensamiento fue que el joven carnicero -quién hubiera creído que fuera tan amable- había llegado antes, y sin haber querido molestar, había dejado la carne y se había ido, sin siquiera cobrar. Su segundo pensamiento fue que… ella recién había quitado la llave a la puerta. ¿Se había saltado la barda? ¡Qué abuso! Su tercer pensamiento fue un recuerdo: el de su hija mirando con sus negros ojos, los negros ojos de la cabeza de vaca.

No pensó ya. Fue al dormitorio de la hija, con la (des)esperanza de encontrarla todavía tibia, tibia y dormida, soñando.
No estaba. Sin pensar aún volvió, atravesó la cocina, el jardín y la puertecita al lado, desandando su camino del jueves. La carnicería estaba abierta.

Lo primero que vio fue los negros ojos de la cabeza colgada en la pared. Ojos rotos, opacos, deslucidos ya, pero con cierta malicia muerta bailando en ellos y en la mueca de su boca semiabierta.
Lo segundo que vio fue un rastro pululante de sangre negra. Gritó. Las moscas volaron y el riachuelo recobró su rojo. Siguió el camino rojo, que absurdamente parecía doblar según el patrón de las losetas de anticuado diseño geométrico hasta la bodega y el pungente olor a carne que salía del gran refrigerador industrial abierto.
El cuerpo estaba bocabajo en el mugriento piso, con un gancho para colgar reses sobresaliendo por encima del cuello.

Del abismo en aquella nuca, la mujer vio salir una diminuta larva. Luego otra y otra. Conforme reptaban por el gancho iban desarrollando alas y patitas. En pulcra fila, las moscas descendían por el hilo escarlata que fluía, inagotable. Paco se liberaba lentamente del sórdido enjambre de sus pensamientos, exhalando, agradecido, la última vaharada de un aliento frío, al fin. Sus ya limpios ojos, fijos en los pies de Uñas Rojas, agazapada en una esquina, con sus manos color de la crema, sucias de herrumbre y sangre. El lunar del dorso, de la forma, tamaño y color de una mosca, había (volado) desaparecido; ya no manchaba su piel de leche, pero de su garganta emergía un sollozo (zumbido) sordo y sostenido.

Lloraba no por ella, sino por el hombreniño algunos años mayor que ella, cuya muerte le había ordenado La Cabeza de Vaca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Apéndice

El sábado, Paco había dispuesto los cortes del pedido cuidadosamente, envolviéndolos con esmero. Se había bañado, peinado, afeitado, y limpiado las uñas. Excepto por los ojos inyectados, se sentía bien.

En su impaciencia por ver a Uñas Rojas, llegó a la dirección mucho antes de la hora convenida. Viendo la puerta al lado del jardín abierta, entró. La cocina también estaba abierta, aunque solitaria. Dejó los paquetes en la mesa y esperó, nervioso, sin atreverse a llamar, empapado de ansiedad.

Una gota de sudor le picó en la nuca, y presta acudió una mosca a sorberla, confianzuda. Maldito insecto. Hasta allí le había seguido, para recordarle quién era y a donde pertenecía.

Tuvo la certeza de que no vería a Uñas Rojas. Una niña como ella dormiría hasta tarde los sábados. Y nada tendría que hacer en la cocina, esperando a un carnicero, por más que se hubiera bañado.

Arrastrando, derrotado, su miseria, salió de allí rumbo a su único hogar; a su única familia. La vaca y las moscas.

Uñas Rojas, que había estado espiándolo, dejó su escondite y guardó la carne en el refrigerador, cerró con llave la cocina y la puerta del jardín, y desandó su camino del jueves hasta llegar a la carnicería.

Estaba abierta. Cabeza de Vaca le dio la bienvenida con su mueca burlona y un guiño de uno de sus ojos yertos.

La mujerniña descolgó sigilosamente un herrumbroso gancho del tubo tras el percudido mostrador.

Paco, reviviendo su fantasía de hallar dentro a Uñas Rojas ofreciéndole su fresca mano con el índice sangrante, estaba en la bodega, frente al gran refrigerador industrial abierto de par en par, aspirando el frío olor de la muerte.

@yuriikko

From → Puros cuentos

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