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De la tierra al cielo

June 29, 2013

28 de junio, 50 aniversario de Rayuela de Julio Cortázar. ¡A festejar releyéndola! E invitando a leerla por primera vez a quienes no lo han hecho.

Es uno de mis libros favoritos de todos los tiempos, simplemente tengo que hablar de ello.

Sí, para muchos es anticuado, pero todos los clásicos que fueron la esencia de una época, ya lo son. Pero también tienen algo intemporal.

¿Quién dice que no se aprende en cabeza ajena? Suelo decir. Sí se aprende y sobre todo de la cabeza de los escritores.

Creo que al fin comprendí gran parte de la vida y de las naturalezas masculina y femenina después de leer Rayuela y La insoportable levedad del ser, de Kundera.

Rayuela es dos libros en uno, se puede leer de principio a fin o en capítulos “salteados”, siguiendo los números como en un tablero.
Más bien, tres libros en uno, porque Cortázar sugería también leer Rayuela en el orden que a uno se le antojara.

La estructura hace honor al juego infantil “rayuela”, como metáfora de la vida. El recorrido del nacimiento a la muerte hasta alcanzar el cielo. En la vida no es fácil ir saltando en un solo pie sin caer. A veces, caemos en casillas que son infiernos…

El existencialista personaje Oliveira está en busca el “cielo”. Esa trascendencia que se supone que debe alcanzarse. Ese “algo” que dé sentido a la vida.

Y cuando le teme al futuro se pone una trampa para volver al pasado, tras desdeñar la felicidad de las pequeñas cosas del presente.

Ya de vuelta al lugar de su pasado, no puede olvidar a la fiel compañera de esas pequeñas felicidades, que dejó, la Maga.

Rayuela transcurre en dos locaciones “Del lado de allá”, en París, donde viven Oliveira y la Maga.

Y “Del lado de aquí”, en Argentina, donde regresa Oliveira con su aburrida novia Grekepten, y viven sus amigos Traveler y Talita.

Les contaré un poco de mi parte favorita, “Del lado de allá”, para ver si causo curiosidad en quienes no la han leído.

Rayuela es el retrato íntimo de Oliveira y la Maga, y otros varios personajes , más llenos de vida cuanto más desesperados; es el juego de la absurda vida y sus sempiternas soledades, barridas bajo la cama con alegrías cotidianas.

Estas líneas lo ilustran perfectamente: “Una alegría absurda nos tomaba de la cintura, y vos cantabas arrastrándome al cruzar la calle, a entrar en el mundo de los peces colgados del aire.

Pero todo polvo escondido bajo la cama se hace pelotitas como de telaraña, y rodando sale a tomar posesión del cuarto, de la vida.

Parece que Oliveira y la Maga nunca hacen nada útil pero siempre hacen algo hermoso, como el amor, soñar o escuchar música y hablar y hablar, y hablar… ¿Hablar de qué? De la vida, por supuesto, del arte y del amor y de la muerte, que qué son y qué no son, pero nunca de quién.

Nadie sabe quién es, estando huérfano voluntario de familia, amor y patria, ni cuando regresa a ellos, convertido ya en extraño.
Añoran sin admitirlo al pobre país dejado; pero hasta ser hambriento ratoncito de buhardilla en una Ciudad de Luz es más bello.

Regresar al viejo hogar y al antiguo “amor” es insípido. Se anhela la loca libertad, fiera, intensa.

Al fin Oliveira y Maga estando juntos nunca comprobaron que nada fuera cierto, más que estar ahí; la física sobre la metafísica en la que él no cesa de pensar.

Oliveira no está enamorado de la Maga, pero al menos tienen cada uno el cuerpo del otro; un rostro que mirar mientras escurre el tiempo.

“Abrazado a la Maga, esa concreción de nebulosa, pienso en que tanto sentido tiene hacer un muñequito con miga de pan como escribir la novela que nunca escribiré o defender con la vida las ideas que redimen a los pueblos.”

“Lo religioso, lo ético, lo estético. El muñequito, la novela. La muerte, el muñequito. La lengua de la Maga me hace cosquillas”.

Cosquillas para ahuyentar los recuerdos que duelen, la vieja y eficaz forma de autoaniquilación descrita en el capítulo 7.

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

“Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.”

¿Qué recuerdos qué duelen? A la Maga, su hijo, el bebé Rocamadour. Escapó de sus padres, que querían que abortara, para tenerlo.

Pero una vez nacido, sabe que en realidad no puede tenerlo con ella, que necesita ser ella, mujer, y seguir a un hombre. La Maga sí amaba, y mucho, a Oliveira. ¿Cómo más se aniquilaría por a un hombre en pos de la quimera del sentido de la vida?

Pero ama también a su hijo. La carta de la Maga a Rocamadour es la más entrañable y honesta confesión de una madre.

Fragmento de la carta de la Maga a Rocamadour, uno de los más logrados y bellos pasajes de la literatura:

“Rocamadour, madame Irène no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo. Cuando se lo dije a Horacio, se reía mucho, pero no se da cuenta de que yo lo siento, y que aunque no haya ningún animal maligno que esconde las manos, yo siento, no sé lo que siento, no lo puedo explicar. Rocamadour, si en tus ojitos pudiera leer lo que te ha pasado en esos quince días, momento por momento. Me parece que voy a buscar otra nourrice aunque Horacio se ponga furioso y diga, pero a ti no te interesa lo que él dice de mí. Otra nourrice que hable menos, no importa si dice que eres malo o que lloras de noche o que no quieres comer, no importa si cuando me lo dice yo siento que no es maligna, que me está diciendo algo que no puede dañarte. Todo es tan raro, Rocamadour, por ejemplo me gusta decir tu nombre y escribirlo, cada vez me parece que te toco la punta de la nariz y que te reís, en cambio madame Irène no te llama nunca por tu nombre, dice l’enfant, fíjate, ni siquiera dice le gosse, dice l’enfant, es como si se pusiera guantes de goma para hablar, a lo mejor los tiene puestos y por eso mete las manos en los bolsillos y dice que sos tan bueno y tan bonito. Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico, pero quiero decir que Horacio llegará en seguida. ¿ Le dejo leer mi carta para que él también te diga alguna cosa ? No, yo tampoco querría que nadie leyera una carta que es solamente para mí. Un gran secreto entre los dos, Rocamadour. Ya no lloro más, estoy contenta, pero es tan difícil entender las cosas, necesito tanto tiempo para entender un poco eso que Horacio y los otros entienden en seguida, pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que no te puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto.”

Ella sigue a Oliveira, lo ayuda a buscar. Pero al “desconcertado y arisco” Oliveira le agobia el amor de la maga, “temeroso de pasiones sin razón de aguas hondas”.

Se dirige a la mujer que le da su amor incondicional, así: “Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdoname”. Y finalmente, le hace mucho daño.

La declaración de no-amor de Horacio Oliveira en el capítulo 93.

“Pero el amor, esa palabra… Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas, desconcertado y arisco en la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos o los recuerdos. Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños. Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme un poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura. Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdoname. Me estás alcanzando una manzana y yo he dejado los dientes en la mesa de luz. Stop, ya está bien así. También puedo ser grosero, fijate. Pero fijate bien, porque no es gratuito.”

Esto, que fue escrito con mucho oficio, se siente tanta verdad… Aquí en voz de “Cortazarina”.

Consciente e inconscientemente cruel, Horacio huyó. Huir antes que pronunciar la palabra amor. Él siempre fue razón. Ella pasión.

Pero aún así la Maga lo amaba, porque ella sabía que la soledad no se cura ni con la profesión, ni la maternidad… Que la soledad no se cura ni con el amor, pero que tampoco el amor se cura con nada; ella no busca, porque tiene todo.

Tiene libertad donde él se siente preso; goza de su locura y abraza el absurdo; él se aferra a la lucidez; ella se tiene a sí misma, y él la pierde.

Espero que les haya antojado leerla, es una de las mejores novelas jamás escritas. Tanto, que la acusaron de no ser novela, jaja.

No puedo arruinarles Rayuela porque solo leyéndola se encuentra el fin. Un fin o dos, por lo menos.

Y a los amantes de todas las bellas artes les encantará hallar referencias a otros artistas dichas como cualquier cosa en Rayuela.

Hacen sus respectivos “cameos” las obras de Octavio Paz, Baudelaire, Louis Amstrong, Paul Klee, Goethe, Faulkner… No, qué delicia.

Y el personaje que no viene a cuento, el escritor Morelli, es el alter ego del propio Cortázar ofreciendo interesantísimas reflexiones.

Y me voy dejando por aquí el video de Gotan Project en honor a Rayuela, qué más podía ser, ¡un tango! Me encanta la letra.

“Un, dos, tres, cuatro
¡Tierra, Cielo!
Cinco, seis
¡Paraíso, Infierno!
Siete, ocho, nueve, diez
Hay que saber mover los pies

En la rayuela
O en la vida
Vos podés elegir un día
¿Por qué costado,
de qué lado saltarás?

Otros accesos a lo no cotidiano
simplemente, para
embellecer lo cotidiano,
para iluminarlo bruscamente de otra manera”

@yuriikko

One Comment
  1. Plinio Sosa permalink

    Para mí parte de la genialidad es que el protagonista (Oliveira) es egoísta, infantil, falto de compromiso. Muy inquietante.

    Aparte, la característica principal de Oliveira es la inacción. El nudo de la novela es “lo q no hace” sobretodo con Rocamadour.

    Especialmente lo que no hace, lo que calla en el caso de Rocamadour q representa el nudo de la novela.

    Eso es realmente espantoso. Cuesta trabajo creer cómo guarda silencio conscientemente. Un antihéroe. Pero así es la vida.

    Cortázar no indica la edad pero se entiende q Oliveira hace mucho q ya no es un adolescente. Pero vive aferrado a esa edad.

    Aunque, en efecto Morelli es el alter ego del Cortázar Escritor, uno no deja de pensar que Oliveira es el alter ego del otro Cortázar, el real, el común y corriente.

    A Cortázar, me lo imagino así, en París, en plena bohemia, oyendo jazz, tomando y componiendo el mundo con sus amigos en un departamento minúsculo, como Oliveira.

    Oliveira hace una apología de la inacción. No lo critico. Al contrario. Me identifico mucho con eso de la inacción.

    Al final de la novela, Oliveira hace otra cosa que asusta mucho: se vuelve indigente que es el colmo de la inacción y de dejar que la vida pase sobre uno.

    Todo esto inmerso en todo lo que tú señalaste y que describes mejor que lo que yo pudiera hacer.

    Y es que no importa en qué orden se lea. De todos modos, uno lo arma en forma cronológica en su propia mente. Otra genialidad.

    Por último, señalar que, aquí en México, el juego no se llama Rayuela sino Avión. Sí, el de papel mojado, casillas con forma de avión que hay que recorrer de “cojito”.

    De hecho, existe otro juego que sí se llama Rayuela: se pinta una raya y cada quién avienta una moneda desde cierta distancia. Aquél, cuya moneda, quede más cerca de la raya, gana el juego.

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