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No me arrepiento

March 14, 2013

Je ne regriette rien

Por más que atajo la llama con la mano, la noche ventosa la mata. Me esquino en una puerta cualquiera, y logro del cerillo un fogonazo breve como la vida.
Encendido el cigarro, aspiro la grisura acre que ya no noto más que a la primera calada, porque de esa acritud llevo manchadas las manos y las palabras. Debería comprar un encendedor, pero soy fiel al áspero cliché de la caja de cerillos de tantas escenas de películas viejas, de las blanco y negro. La entrada a una casa ajena y anónima es un buen hueco para que una sombra fumadora se anide, engañándose con esconderse del frío, y mirando, para entretenerse, desenmarañarse las volutas antes de desaparecer tras las rendijas de la puerta malcuadrada. Hay luz tras la madera vieja comida de polilla… y, ¿acaso eco de mi imaginación? Música. Descanso el oído derecho sobre la puerta; quiero saber si de verdad la escucho. Sí, una voz de mujer canta ininteligiblemente, acaso en otro idioma, siguiendo en volumen bajísimo una melodía rasgueante, que sin duda es de amor. Entonces, -pienso- si hace eso es porque está sola. Porque a estas horas ninguna muchacha cantaría canciones amorosas, ni siquiera quedito; es demasiado el riesgo de la amonestación de los padres; tampoco una casada correría el peligro de sacar al marido (que nunca es el que inspira las canciones) de su roncante sopor o de despertar a los niños y tener que dormirlos de nuevo. Seguro que está sola, e implorante, llama con su cantante voz de gata, a alguien para que arrime su soledad a la suya. Pongo la mano en la puerta y acaricio la idea de tocar, lenta, paciente e implacablemente hasta oír apagarse la música y el barrido casi imperceptible de unos pies descalzos de mujer llegar a la puerta, y escuchar la voz susurrante y plañidera y gatuna que seguía la música decir ¿quién es? más como invitación que como pregunta, y entonces soltarle mi nombre vacío por la grieta entre la pared y la puerta para que llenara su oído con mi necesidad de no ser más una sombra gris, con mi urgencia de desanudarme por fin del rencor amargo que me palpita en la garganta. Y esperar que su oído, comprendiendo, llevara a su mano a quitar el seguro, descorrer el cerrojo, dar vuelta a la llave, o lo que sea que se necesite para que una mujer le abra a uno la puerta y el corazón.
Por un instante casi lo hago, pero me arrepiento, como me arrepiento de todo incluso antes de hacerlo; aunque tocara, y ella preguntara quién soy, mi nombre no le diría nada, porque nada soy. Menos para una mujer que todavía puede cantar, aunque sea de tristeza abandonada. Terminado el cigarro, lo apago en el quicio de la puerta con el zapato. Y me voy.

…non, je ne regrette rien, canto, primero a susurros, luego a murmullos y luego a palabras bien formadas que se dejan llevar por el sonido rasposo de la música vieja que suena a blanco y negro y que me gusta tanto como el cine de esos dos colores, y alzo la voz, aunque no mucho, porque siempre ha sido queda, como hecha para hablar sin interrumpir el silencio, como se reza ante un recién nacido que duerme, o ante un muerto reciente que… bueno, también duerme, si se piensa bien. Mi voz baja y llorosa, adolorida desde la infancia (maullidito de gato, me decía papá) con que arrastro mi pobre francés y el “no, je ne regrette rien”, no, no me arrepiento de nada, ni del bien que me han hecho, ni el mal, todo eso me da igual… No, nada de nada… No, no echo de menos nada…

Hasta ahí me gusta. Es una buena canción, aunque en voz mía suene a lágrimas. El final sí que cuesta.. cantar “no me arrepiento de nada porque mi vida, mis alegrías, empiezan hoy contigo”, sin tener con quien empezar después de tanto terminar, es triste.

Alguien con quien empezar la vida y vivirla por fin. Suspiro. Empezar las alegrías… ¿A qué saben, cuál es su color, su aroma? Como si diera respuesta, el aire del suspiro me sabe a cigarro. Su amargor es inconfundible. Un olor que siempre he asociado con los hombres hechos de tonos de gris de las películas antiguas, que fuman mientras esperan al destino en las noches ventosas. Acaso allá afuera esté uno.
Procuro no hacer ni el sonidito de fuelle que me sigue cuando, sin zapatos, camino con solo las medias sobre el piso irregular, y cuando llego a la puerta, descanso el corazón y el oído izquierdo sobre su madera vieja comida de polillas, al tiempo que desoigo la música con el oído derecho, pero no dejo de cantar bajito, imaginando que mi hombre sin nombre -¿qué importaría quién es, o cómo se llama?- me escucha decirle en mi pobre francés que mi vida empieza hoy con él. Y aspiro, aspiro el humo que seguramente solo me estoy imaginando porque no me hace toser. Mejor, porque toser despertaría al sueño, que se iría. Antes de que se vaya, regreso de puntitas a sacar la llave de su cajón, quiero abrir la puerta aunque no entre mi ilusión. No quiero arrepentirme de nada.

Abro, en el quicio no hay nadie; solo un cabo de cigarro aplastado, blanco sobre la negra sombra.

@yuriikko

La canción de Edith Piaf:

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