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Música que ha inspirado literatura

March 2, 2013

El poder de la música

Las artes (y las ciencias) son hermanas, o al menos, primas, porque si todas son hijas de las musas, que en un principio eran consideradas las diosas de la música, y posteriormente, de la poesía y terminaron por serlo de todas las artes (¡y las ciencias! perdón que insista pero siempre je creído que arte y ciencia son tan parecidas que es un absurdo que se las tenga distanciadas. La esencia de ambas son las matemáticas. Sí, las matemáticas son belleza).

Especialmente quiero nombrar a la musa Calíope, la de la bella voz, la de los cantos épicos, en los que narraba historias. Calíope es la musa de las canciones, que, como los cuentos, desarrollan una historia. Mi propuesta es escribir un cuento-canción como antes hicimos un cuento-carta. Y hasta pueden invitar, si lo desean a Erato, también musa de la canción, pero lírica y amorosa.

No se trata de inventar una canción, ni de ponerle música, aunque si alguno tiene el talento de hacerlo, vaya que sería un placer conocerlo también, aparte del de la escritura.

De lo que se trata es de elegir una canción ya existente, e inventarle un cuento… No pocos autores han citado alguna canción como prefacio a una obra de ficción, o mezclado sus estrofas con la trama, o muy resueltamente, han hecho cantar a un personaje alguna canción muy significativa en la historia.

Un ejemplo de esta mezcla música-literatura que yo disfruto mucho, pues es una lectura amena y divertida a la par que profunda, es el libro La Ley del Amor, de Laura Esquivel. Alguna vez ya comenté de él, viene con un CD interactivo que permite escuchar varias piezas de música en el momento preciso de la lectura en que lo indica la autora. Trae, por ejemplo, instrucciones de hacer una pausa para bailar (oh, sí, lo dice en el libro) o de escuchar famosas arias de ópera mientras se miran las ilustraciones de un cómic que también complementa la novela. La música, claro está, fue cuidadosamente elegida para ir ad hoc con lo que se lee.

¿Porqué hacer esto? Cito a la propia Laura Esquivel:

“En esta novela la música forma parte importante de la trama porque yo estoy convencida de que la música, aparte de provocar estados alterados de conciencia, tiene el poder de sacudirnos el alma favoreciendo con ello la re­membranza.”

Claro que la música provoca estados alterados de conciencia; nos puede poner tristes, nostálgicos, alegres, anhelantes, exaltados, eufóricos, o relajarnos y darnos paz. Sigue en estudio el llamado efecto Mozart, del que sin duda habrán escuchado. Se han conducido estudios en los que pacientes epilépticos han experimentado una disminución en intensidad y duración de sus ataques, escuchando a Mozart, ya que aparentemente las ondas cerebrales se “calman” oyéndola, mismo motivo por el que es muy popular el uso de la música mozartiana para hacer dormir a los bebés en llanto, e incluso se encuentra en los programas de las escuelas grado maternal y kindergarten para -afirman- estimular la inteligencia del infante y mejorar su razonamiento espacial. Es en el efecto de la sonata K448 de este autor en la que se hace más enfásis.

Por si desean comprobar qué efecto produce en ustedes, aquí dejo el enlace al primer movimiento, para que puedan escucharla.

Por otra parte, ambién hay música que, dicen los especialistas en la materia, nos hace enojar y ser violentos, o deprimirnos, incluso llegar a las conductas suicidas. Son muy conocidos los experimentos del japonés Masaru Emoto, de la Universidad de Yokohama, en los que el agua sometida a música armoniosa producía cristales estéticamente agradables al congelarse, y el agua sometida a música discordante o palabras agresivas producía cristales estéticamente repulsivos. La teoría del Sr. Emoto indicaría que los mismos efectos se replican en el ser humano, puesto que está compuesto por 70% de agua.

Por supuesto, tales experimentos han sido debatidos y puestos en duda. Lamento no poder ofrecer una conclusión categóricamente afirmante o negativa. Solo puedo decir que a mí si me cambia el estado de ánimo de acuerdo a la música que escucho…

Hay otro experimento, este sí llevado a cabo con humanos, que se puede comentar aquí. La doctora Katrina Mc Ferran, de la Universidad de Melbourne, realizó un estudio en 50 adolescentes entre los 13 y 18 años que escuchaban Heavy Metal, y halló que esta música empeoraba el estado de ánimo de aquellos que eran proclives a la depresión, llegando los peores casos, a las tendencias suicidas. Las letras agresivas y los sonidos discordantes y ásperos parecían alterar sus ondas cerebrales.

Insisto. No les puedo afirmar nada, porque yo no conduje los experimentos, pero puedo decirles que efectivamente, a mí la música de Mozart me relaja al mismo tiempo que me hace sentir animada y alegre, escuchar la sonata K448 me garantiza una explosión de creatividad.

Pero por otro lado, también me gusta el metal, no tanto el Heavy Metal, sino el Metal Rock; lo escucho cuando voy a entrenar fuerte y pesado, y me resulta energizante. No favorezco algunas letras, pero disfruto de la guitarra bastante. Nunca me ha deprimido, aunque es cierto que no padezco de una tendencia previa a este problema.

Bien, cuento todo esto porque les propongo que fusionemos alguna de estas emociones de la música con un cuento. Elijan una canción o pieza instrumental e imaginen una historia alrededor de ella. No traduzcan literalmente la historia de la canción a cuento, solo relacionénla de algún modo con los sentimientos del protagonista, o hagan a la propia canción protagonista de algún suceso, reproduzcan tal vez algunos versos en un diálogo o soliloquio. Añadan como prefacio o como epílogo a su cuento, el enlace a la letra de la canción y si es posible, a su audio y video, para que los lectores puedan escucharla.

Como siempre, voy a poner unos ejemplos muy disfrutables. Un extracto del libro del que les hablaba, La Ley del Amor de Laura Esquivel. La canción “Mala”, de la autoría de Liliana Felipe, se propone como “intermedio para bailar”, pero su ingeniosa letra nos describe anticipadamente al personaje Isabel, del que se habla a continuación, e ilustra de forma muy divertida su recalcitrante maldad, como introducción a una reflexión filosófica sobre el bien y el mal por un demonio.

Aquí letra de la canción, extracto del libro y video con la irreverente Susana Zabaleta interpretando.

Mala

Mala porque no me quieres
mala porque no me tocas
mala porque tienes boca
mala cuando te conviene

mala como la mentira
el mal aliento y el estreñimiento
mala como la censura
como rata pelona en la basura
mala como la miseria
como foto de licencia
mala como firma de Santa Anna
como pegarle a la nana

mala como la triquina
mala mala y argentina
mala como las arañas
mala y con todas las mañas

mala como el orden, la decencia, como la buena conciencia
mala por donde la mires
mala como una endodoncia
mala como clavo chato
mala como película checa
mala como caldo frío
mala como fin de siglo

mala por naturaleza de los pies a la cabeza
mala, mala, mala
mala, pero ¡qué bonita, chingaos!

http://m.youtube.com/#/watch?v=y42bMVXWaWg&desktop_uri=%2Fwatch%3Fv%3Dy42bMVXWaWg

La ley del amor (fragmento)

Ser demonio es una enorme responsabilidad, pero ser demonio de Isabel, es realmente una bendición. Isabel González es la mejor alumna que he tenido en millones de años. Es una bella flor de mansedumbre que han dado los campos de poder y la ambición. Su alma se ha entregado a mis consejos sin recelos, con profunda inocencia. Toma mis sugerencias como órdenes ineludibles y las lleva a cabo al instante. No se detiene ante nada ni ante nadie. Elimina al que tiene que eliminar sin el menor remordimiento. Pone tanto empeño en alcanzar sus pretensiones que pronto va a pasar a formar parte de nuestro cuerpo colegiado y ese día voy a ser el demonio más orgulloso de los infiernos.

Considero una fortuna haber sido elegido como su maestro. Podían haber escogido a cualquier otro de los ángeles caídos que habitamos las tinieblas, muchos de ellos con mejores antecedentes en la enseñanza. Pero ¡bendito sea Dios!, el favorecido fui yo. Gracias a la aplicación de Isabel me voy a hacer merecedor del ascenso que por tantos siglos he esperado. Por fin voy a recibir el reconocimiento merezco, pues hasta ahora no he recibido más que ingratitudes. ¡Mi labor es tan mal pagada! Los que siempre se han llevado los aplausos, las condecoraciones, son los Ángeles de la Guarda. Y me pregunto, ¿qué harían ellos sin nosotros, los demonios? Nada. Un espíritu en evolución necesita atravesar por todos los horrores imaginables de las tinieblas antes de llegar a la iluminación. No hay otro camino para llegar a la luz que la oscuridad. La única manera de templar un alma es a través del sufrimiento y el dolor. No hay forma de evitarle este padecimiento al ser humano. Tampoco es posible darle las lecciones por escrito. El alma humana es muy necia y no entiende hasta que vive las experiencias en carne propia. Solo cuando procesa los conocimientos adentro del cuerpo los puede adquirir. No hay conocimiento que haya llegado al cerebro sin cruzar por los órganos de los sentidos. Antes de saber que era malo comer el fruto prohibido, el hombre tuvo que percibir el poder de su aroma, sufrir el antojo, gozar del placer de la mordida, estremecerse con el sonido de la piel desgarrada, recibir el bocado dentro de la boca, saber de sus redondeces, de sus jugos, de la suave textura que le acariciaba el esófago, el intestino. Hasta que Adán comió la manzana, su mente se abrió a nuevos conocimientos. Hasta que sus intestinos la digirieron, su cerebro llegó a la compresión de que caminaba desnudo por el Paraíso. Y hasta que sufrió las consecuencias de haber adquirido la sabiduría de los dioses que la habían creado, supo de su equivocación. Nunca habría bastado que se le dijera que no podía comer del árbol del bien y el mal. No hay manera de que acepten un razonamiento a priori. Lo tienen que vivir en plenitud. ¿Y quién les proporciona estas experiencias? ¿Los Ángeles de la Guarda? No, señor, nosotros, los demonios.

Laura Esquivel.

Otro ejemplo, La ultima música del Titanic, cuento de José de la Colina, premiado cuentista español-mexicano, cuya obra recomiendo leer, especialmente la que puede interesar a ustedes, amigos cuentistas: Traer a cuento. Narrativa, una compilación de sus relatos de 1959 al 2003. Y su libro de prosemas, tuiteramente conocidos como microcuentos, jaja, Portarrelatos.
En el cuento que nos ocupa y que transcribo, la música es la intangible protagonista imaginada, nada más, pero qué fuerte, que intensa es su presencia fantasmal. No sabemos cual fue, pero estamos seguros de que existió y de que fue sublime.

Tradicionalmente se cree que el canto religioso Más cerca de ti, Dios, fue la última pieza tocada por los músicos del Titanic, sin embargo, no es posible comprobarlo puesto que por lógica, nadie que haya escuchado la última pieza pudo sobrevivir.

José de la Colina imagina otra música, la marcha No. 5 de Pomp and Circumstance (la última que terminó Sir Edward Elgar, hay otra considerada la última de las marchas, la sexta, compuesta a partir de sus apuntes en 2006, pero lógicamente no pudo haber sido esa) tan majestuosa pero más intrépida, decidida, que sin muchos preámbulos va a su punto álgido. Una música que tiene prisa. Adecuada para tocarla cuando la muerte es inminente, ¿no?

Aquí les dejo el cuento y el enlace a Pomp and Circumstance No. 5.

La última música del Titanic.

A Juan Almela.

La musique souvent me prend comme une mer!

……

Je sens vibrer en moi toutes les passions
D’un vaisseau qui souffre

Baudelaire

Poco antes de la media noche, entre el 14 y el 15 de abril de 1912, en su primer viaje y en el quinto día de navegar por el Atlántico desde Southampton Inglaterra a Nueva York Estados Unidos de Norteamérica, el HMS Titanic, el mayor y más lujoso de los buques de pasajeros, un babilónico gran hotel sobre agua, inundible según los expertos, cargado de dos mil doscientas personas (aristócratas, multimillonarios, gente de clase media, obreros emigrantes, marinos, personal de servicio, fogoneros) recibió un lateral y deslizado impacto de un iceberg súbitamente aparecido que antes de alejarse le desgarró las plan has metálicas del costado de estribor con un ruido que los tripulantes y pasajeros describirían como un débil rechinar o el rodar de un millar de canicas o el rasgarse de una pieza de seda o el roce de un dedo gigantesco por el recubrimiento metálico del barco, pero que los maquinistas y fogoneros sintieron como la explosión de una inmensa arma de fuego, como el rugido de un trueno o el zumbido de un chorro de agua helada, y tras una sacudida que despertó a unos pocos pasajeros, el barco se detuvo en el que sería el último punto de su trayecto horizontal y sobreacuático, 41o 46N, 50o 14’0, e inmediatamente el capitán Edward J. Smith, que había gozado esa misma noche de una fiesta dada en su honor por algunos de los más distinguidos viajeros, en la cual bailó tal vez un vals con la bellísima y parlanchina condesa de Rothes, el blanquibarbado y digno capitán Smith, icuyo imponente porte respondía a la trivialidad de su apellido y que llegado a los 62 años de edad tenía ya decidido coronar su larga y eficiente carrera en la compañía marítima White Star retirándose tras ese afamado viaje en el suntuoso barco que consideraba tan invulnerable como para haber desdeñado a lo largo del día por lo menos siete mensajes telegráficos de otros barcos acerca de la abundancia de icebergs en la zona, comprendió que el Titanic no tardaría en hundirse sino dos horas cuando mucho,de modo que había que mantenerlo a flote el mayor tiempo posible, disponer la evacuación ordenada de los pasajeros en botes salvavidas que en conjunto, solo eran capaces para un poco más de la mitad de los que iban a bordo, y resignarse a perecer con su embarcación según las tradiciones de la marina, y no de cualquier marina sino la marina de los mares, la del cantado lema Rule Britannia, Britannia Rule the Seas, oigan ustedes esta canción dentro del cráneo del capitán Smith ordenar a telegrafistas y coheteros la emisión de mensajes en petición de socorro, aconsejar a la tripulación: “Comportaros como súbditos de su Majestad Británica”, y entre otras medidas rápidamente tomadas para evitar el pánico de los pasajeros que empezaban a salir a cubierta, la mayoría arrancados del sueño, muchos son poder creer o entender lo que sucedía, algunos todavía con la copa en la mano porque habían alargado los toasts en el salón parisién, otros más jugando a arrojarse los trozos de hielo que dejó el taimado iceberg antes de seguir su ígnoto destino en la noche, unos cuantos temblando ya ante el silbar y rugir del vapor desde la sección de calderas, y ante la palautina de la proa, el capitán Smith hizo llamar a los miembros de la banda del Titanic que esa misma noche habían tocado valses, polkas, romanzas, tangos, cakewalks, ragtimes en la fiesta del capitán y que, conocedores ahora de la situación recomenzaron la música quince minutos después de la medianoche, en el mismo salón de primera clase y luego pasaron a la entrada de la cubierta de botes y cerca de la escalera principal, así que mientras los pasajeros corrían, se amontonaban, tropezaban, se abrazaban, se ponían los chalecos salvavidas en aquella cubierta, e intentaban meterse a los insuficientes botes de salvamento, allí estaban aquellos siete músicos, de los que, lo siento, solo puedo dar el nombre de su director, Wallace Hartley, porque el único documento gráfico que de ellos he visto es un conjunto de ovales fotos que un libro reproduce en tamaño an mezquino que si bien los rostros pueden distinguirse dos con bigotes, dos con sombrero (de copa uno de ellos), ninguno viejo e incluso uno con aspecto de muchacho, en cambio quedan minúsculos e ilegibles sus nombres y la especificación de los instrumentos que tocaban, y únicamente en una de las imágenes la mano del retratado descansa sobre el mango y las cuerdas de un violonchelo por lo que resta suponer, hasta nuevos datos, que la orquesta estaba formada como cualquiera de su tipo y época, digamos con un pequeño piano trasladable, un saxofón, o flauta o clarinete, un violín y un cello, más acaso un banjo o ukulele para el ragtime, no sé si una batería de percusión, no sé, lo único que habría sobrevivido a la disolución y corrosión en el fondo del mar sería algún instrumento metálico y cuando los esparcidos restos del Titanic y el barco mismo fueron hallazgos por el equipo de Robert D. Ballard en 1985, setenta y tres años después, no se halló nada parecido un instrumento musical, aunque sí se encontraron botellas de vino y champagne milagrosamente intactas, y aún con corcho, y una cabeza de muñeca y hasta zapatos y botas, y tampoco sé ni nadie sabe, porque los testimonios de los sobrevivientes no concuerdan, qué género de pieza tocaban los siete músicos, se habla solo de melodías “animadas”, “miscelánea musical alegre”, “ritmos vivaces y muy sincopados”, “ragtime”, en fin, yo solo me atrevo a suponer que hacia el final, que llegó hacia las dos horas y quince minutos de la madrugada del lunes 15 de abril, ya sumergida la proa, el puente barrido y hundido por el agua, apretujados en la popa la mayor parte de los 1500 pasajeros que no tuvieron lugar en los botes, y cuando el capitán Smith habría dicho que desde ese momento cada quien debía valerse por sí mismo, y cuando el sacerdote Thomas Byles estaba apresuradamente oyendo confesiones y dando absoluciones, tal vez los siete valientes músicos tocaron alguna pieza religiosa o el God save the King o alguna de las solemnes cuatro marchas militares escritas entre 1901 o 1907 por Edward Elgar bajo el título Pomp and Circumstance, a decir verdad, lo que imaginariamente oigo cuando imaginariamente veo los últimos minutos de vida en el Titanic es la más conocida de esas marchas del brahmsiano Elgar, siento su altivo y robusto tempo, veo a los siete hombres vestidos de pie vestidos de etiqueta, muy juntos, en estrecho círculo, tratando de diluir su miedo aplicándose concentrada, lenta, amorosa, profesionalmente, a emitir su música, casi se diría aislados del caos, el torbellino, el griterío de la gente que pasa corriendo, empujándose, atropellándose, llorando, en torno a ellos, esos siete aparentemente impasibles anglosajones que, sabiendo ya inútil cualquier esfuerzo por salvar el barco, por intentar salvarse ellos mismos, ponen su pundonor técnico, su orgullo de artistas, cualquiera que haya sido su categoría musical, en dar un sonido perfecto, llevar bien el tempo, no soltar notas falsas, en lograr en fin lo que seguramente, aunque nadie sino ellos lo advierta, es la mejor performance de sus vidas, quizá cada uno permitiéndose partes de solo entre partes de tutti, mientras el agua ya les moja los pies y es difícil mantener el equilibrio pues la cubierta ya tiene una inclinación de casi cuarentaicinco grados, y de pronto los interrumpe y silencia el gran estruendo de calderas que estallan y luego el parpadeo y súbito apagarse de todas las luces, y la sacudida de la popa al partirse, y desprenderse del resto del buque, y finalmente sueltan los instrumentos o se aferran a ellos, todo se abalanza verticalmente, todo se sumerge en las ávidas, oscuras, feroces aguas, y nuestros siete (in)mortales músicos se ahogan y son arrastrados al fondo del oceáno, allá abajo a cuatro kilómetros de profundidad, de silencio, de no música, donde yacieron desde entonces convirtiéndose en algo rich y strange como diría Shakespeare antes de que el mar corrompiese y disolviera sus esqueletos y sus cráneos, ay, pobres Yoricks.

José de la Colina.

Y el enlace a la que popularmente es conocida como la última música del Titanic. Más resignada y pacífica. ¿Habría ido bien con el cuento de José de la Colina? Creo que no…

Por último, un cuento ganador del premio Juan Rulfo de París de 1998, del galardonado autor peruano Jorge Ninapayta de la Rosa, publicado en una colección que lleva el nombre del cuento, Muñequita Linda, que está tomado de la canción homónima, un bolero clásico que tiene un sabor a nostalgia por los tiempos pasados, un dejo de tristeza, de esos que no sabemos porqué nos da si las palabras que escuchamos están tan llenas de ternura. Ah, el poder de la música. Lean pacientes este cuento, y escuchen el bolero al final, verán qué ámbito de lágrima a punto de llover. Yo creo que cuando uno añora el pasado, lo que en realidad se extraña es a uno mismo como era en aquel entonces. Anhelo desgarrador por imposible. Aunque es cierto que para los pobres que cada vez se hacen más pobres en ciertas partes del mundo, el presente nunca es más brillante que el ayer, por opaco y deslucido que aquel fuera.

Buscando una versión que ofrecerles, descubrí que recientemente Thalía y Robbie Williams grabaron este tema, Muñequita Linda, juntos. Lo escuché y me dejó indiferente. A pesar de que me gusta la música de él, siento que en este caso le falta pasión… no me gustó, o más bien me disgustó un poco, algo irritado mi oído por la voz de ella; mejor, elegí a Nat King Cole para que lo escuchen ustedes, entre muchos intérpretes entre los que están Libertad Lamarque y Javier Solís. Lo que buscaba era una voz masculina, madura. Ya leeréis porqué.

Muñequita Linda

Te quiero, dijiste,
tomando mis manos
entre tus manitas
de blanco marfil,
y sentí en mi pecho
un fuerte latido;
después un suspiro
y luego el chasquido
de un beso febril.

Muñequita linda
de cabellos de oro
de dientes de perlas,
labios de rubí.

Dime si me quieres
como yo te quiero;
si de mí te acuerdas
como yo de ti.

Y a veces escucho
un eco divino
que, envuelto en la brisa
parece decir:
Sí te quiero mucho,
mucho, mucho, mucho;
tanto como entonces,
siempre hasta morir.

Muñequita Linda

“Cuando Muñeca murió -por completo y de la noche a la mañana-, el barrio pareció recobrar para siempre su estatura miserable, y la gente que empezó a salir por las noches a fumarse un cigarrillo solía tener siempre la cabeza abandonada al desconsuelo. Así pues, los vecinos de la tercera cuadra de la calle Virú se detenían en la puerta de sus casas, se saludaban con movimientos de cabeza, mientras miraban indiferentes como el olor espeso de las frituras pasaba flotando en jirones, estirándose desde los negocios de las vivanderas cerca del Parque Botánico. Luego volvían a dejar sus miradas colgadas de la ventana de la habitación del viejo Marcos, en los altos de la imprenta, donde oficiaba de guardián, y desde donde volvía a derramarse la música del tocadiscos: “Muñequita linda… de cabellos de oro… de dientes de perlas… labios de rubí…” Pero la vida ya no era igual, no, no tenía la consistencia flexible de los días capaces de ser vividos, pues una porción intrusa como de leche agria había terminado por estropearlos. La tarde anterior, los cuatro viejos jubilados, con Marcos a la cabeza, habían ido a enterrar a Muñeca. “Muñeca, Muñeca” (su nombre aún rebotaba con insistencia en cualquier conversación de los vecinos). El amor que ella les había repartido en partes iguales a los cuatro hubiera alcanzado para un regimiento de solitarios; pero ellos tenían su orgullo y nunca quisieron compartirla con nadie más.
Los días que a Muñeca le tocaba vivir con Marcos, los vecinos de Virú oían brotar incansable, ya de día o de noche, el mismo bolero afinado por la aguja del tocadiscos Nordmende. Y no necesitaban entrar a la imprenta, doblar a la derecha por el pasadizo, subir los ochenta y dos escalones de mármol gastado y llegar a la habitación de él para saber que estaba bailando con Muñeca, “chic tu chic”, su cara perdida entre los cabellos rubios, apretando la cintura -¡ay! ya no tan estrecha como cuando era más joven- e insistiendo con la rodilla pecaminosa entre las piernas siempre núbiles de ella. Hasta que en algún momento, si era de noche, la luz de la bombilla se desmayaba en sombras púdicas (Muñeca nunca gustó de los escarceos amorosos a plena luz). La siguiente semana, ella la pasaba con uno de los cuatro viejos.
Hasta los vecinos de otras calles, como los de Espalderos y Mariquitas, aseguraban oír la música, que se esparcía por sobre los techos poblados de trastos, como si alguien sacudiera la mugre de sus frazadas, y al final todos quedaban con el alma despeinada por una vaga desazón.

Los cuatro viejos habían ido a enterrar a Muñeca en el cementerio Baquíjano y Carrillo, del Callao. Antes, la habían velado en esa habitación de los altos de la imprenta. Definitivamente, resultaron días difíciles para ellos, y para todo el vecindario que aún recordaba la histórica contribución de Muñeca al encumbramiento de Barrio Bajo como un barrio realmente popular; pues ya no solo quedó como distrito de antigua prosapia, de criollos jaraneros, de bardos y poetas, sino que pudo sumar a esos blasones el de barrio de bellas féminas. El título de Señorita Hermosura Nacional, celebrado trece años antes, se lo había traído ella prendido de sus caderas, su busto y su rostro angelical (¡eran tantas sus gracias!). Uno de los bardos locales había cincelado la proeza de Muñeca en versos de rancia estirpe musical que cantaban orgullosos los vecinos: “Fémina de gracia sin par, que a Barrio Bajo supiste dar, blasón de galanura…” (aquí rumor de voces, choque de vasos y estruendosos “¡salud!”).
El certamen de belleza se había realizado en el tradicional auditorio de Radio Central. Fue la única vez que una representante de Barrio Bajo obtuvo ese título. Muñeca había salido triunfadora en una justa entre muchas bellas, entre las que sobresalía Nanette, de Barrio Acero, un barrio que -abusivamente- se autonombraba tradicional; también Juanita Regalado, cuya cintura de avispa podía ser encerrada entre el índice y pulgar de una mano, quien terminaría como esposa del gobernador de la ciudad; además, Cuchita del Solar, bella y letrada, estudiante de periodismo, carrera que luego seguiría como narradora de noticias en televisión y muchas otras.

Ni bien Muñeca dejó este mundo, los cuatro viejos se dedicaron a buscar un ataúd adecuado. Visitaron las diversas funerarias que recorren la avenida Mayorazgo, frente a la morgue central. Pero no hallaron un ataúd barato y decente donde poner límite a las Ilimitadas formas de Muñeca. ¡La que hacía varios años atrás había honrado al barrio ahora no conseguía un ataúd decoroso ahora que había muerto definitivamente, de principio a fin! Estaba visto que a veces la pobreza no permitía devolver los favores recibidos. Por eso, muchos criollos hacían avanzar sus penas al paso de tres por cuatro, en ritmo de vals: ” la pobreza mancilla honores, pero en medio del fango brilla la gema del amor” (rumor de alguien que en el fondo del bar se aclara la voz, que amenaza con romperse en un llanto de pena).
Nadie había podido presentarles in ataúd decente a cambio del puñado de monedas y billetes arrugados que los viejos lograron reunir luego de esculcar bajo sus colchones de paja, vender trastos y finalmente pedir prestado con promesas fementidas. Al final, andando y andando, recalaron en la funeraria del Vampiro. ¿Sería cierto lo que se contaba de él?; la gente aseguraba que la historia había saturado las crónicas rojas de la época, veinte años atrás.
Marcos avanzó en la penumbra cerrada de la funeraria del Vampiro, siempre a oscuras y olorosa a madera podrida, seguido por Rómulo, Cleto y Lucio. Avanzaron tanteando en la oscuridad, calculando el lugar de la puerta de la oficina, donde Marco golpeó con los nudillos. Finalmente, cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, comprobó que estaba golpeando la frente marmórea del Vampiro. ¿Sería cierto que les hacía el amor alos cadáveres de las mujeres hermosas que traían para maquillarlas antes del velorio? Por si las dudas, no había que dejarla ni un momento a solas con este degenerado.
Para eterna vergüenza de los otros funerarios, el Vampiro fue el único que pudo ofrecer un ataúd al previo que podían pagar. Aunque es justo indicar que se trataba de un ataúd de madera endeble (Muñeca era frágil e ingrávida) con una capa de barniz diluido (Cleto podía robarse un poco de barniz para darle otra pasada).
Toda la noche, los cuatro permanecieron en el velorio. Primero tuvieron que esperar que por la tarde el dueño de la imprenta, el chino Lam, anunciara con profunda pena a sus empleados que se había acabado la jornada, que se fueran todos, para que entonces los viejos, subrepticiamente, trajeran cargando el ataúd con muñeca. Lo hicieron pasar por las resmas de papel bond del primer piso, por sobre la máquina cortadora malograda y, finalmente, lo subieron por la escalera de mármol de ochenta y dos escalones, cuya estructura crujió con desesperación.

En algún momento, Marcos volvió a dejar brotar la canción. Movió el brazo entablillado con gutapercha del viejo tocadiscos, llevó la aguja hasta el acantilado del disco y desde ahí lo dejó caer rebotando: “Muñequita linda… de cabellos de oro… de dientes de perlas… labios de rubí…” La bombilla de la habitación se descolgaba desde el alto techo, tan algo que se había quedado cansada a medio camino, por lo que su fulgor mortecino no llegaba del todo a esas figuras que de rato en rato se movían, caminaban, trastabillaban y se iban corriendo por las paredes.
Muñeca, Muñeca. Marcos miraba a sus amigos: Lucio lloraba sentado cerca de la ventana, Cleto volvía a pasar una franela al barniz que parecía algo húmedo, Rómulo volvía a encender las velas que se apagaban. Afuera, en las calles cercanas, la noche se había quedado detenida a las nueve en punto y ya no quería avanzar por nada del mundo. “Las penas hondas duran más en el alma del menesteroso” (una tos trabajosa se estira por sobre las mesas con vasos llenos de ron, mientras la guitarra teje bordones extraviados).

La noche del concurso de belleza, el centro de la ciudad estuvo mas iluminado que de costumbre porque el gobernador iba a presidir el certamen. El amplio auditorio de Radio Central terminó por repletarse de invitados, políticos y periodistas a eso de las nueve. La gente -sobre todo la que no asistió- contaría después que hasta los vecinos de otros barrios siguieron aplaudiendo y dando vivas, el carro alegórico donde al final se retiró la triunfadora muñeca, flanqueada por sus damas de honor. La noche de ese día -desconcertada por el alcohol efusivo y la música incansable- perdió el paso y duró casi lo que tres noches de Barrio bajo, en medio de fiestas en la municipalidad y en las calles.

Pero ni esa prueba de jerarquía habia servido para algunos o algunas. sobre todo para los de Barrio Acero, quienes encumbraban a la Nanette, supuestamente traída de Francia. Por ese motivo se registraron escaramuzas entte los vecinos de los dos barrios, especialmente en las celebraciones de las fiestas patrias. Marcos y los otros varias veces habían debido de hacer frente a punta de escobazos a varios viejos de Barrio Acero, quienes ayudados por una sarta de maleantes, sifilíticos, tuberculosos, lúmpenes y sidosos pretendían dejar establecido que la Nanette era superior cuando se trataba de dar amor a los desvalidos. ¡Habráse visto!
¿Pero cómo se iba a comparar esa meretriz de plástica bajeza con la Muñeca de ellos? La Nanette, que en la actualidad ya solo era un despojo pintarrajeado que arrastraba sus años otoñales entre viejos alcohólicos y drogadictos. No era como Muñeca. Aunque es de hidalgos reconocer que la Nanette era de buena factura, traída de Minnessota y no de Francia (como se especulaba equivocadamente debido a su nombre de combate y a su pasión por los perfumes de ese país); pero su naturaleza ramplona dejaba notarse en que había formado parte de un lote ya acabado, de los que alguna vez se envió a a Vietnam para apaciguar los ánimos venéreos de los soldados. por ello mostraba sin pudor numerosas mordidas en el cuello y los muslos, que felizmente no habian llegado a desgarrar toda la piel.

Muñeca habia llegado al paós dentro del maletín de piel de cocodrilo de un contrabandista panameño que venía de Miami. En una kermés a favor de los enfermos de la asociación de Ex Combatientes del Cuarenta. Marcos había oído el comentario: el contrabandista ofrecía “una hembra de primera, de las fácilmente inflables”, traída de Estados Unidos -nada menos- ese gran país. Solo despues de unos tragos, se animó a pedir la direccción.
Al otro día, luego de su turno de ayudante de almacén en un ministerio -todavía no se había registrado la ola de despidos en las instituciones públicas-, fue a visitar al contrabandista. Este le dijo que muñeca era de un material que ya no se usaba, porque justo después de ella se prohibió su libre comercialización, para usarlo solo en la fabricación de trajes para astronautas de la NASA. Habló maravillas de Muñeca, pero lo que más convenció a Marcos fue el rostro perfecto y las formas finas de ella. Se enamoró sin remedio.
No quería dejar pasar la oportunidad, y trató de conseguir dinero a como diera lugar. Si vendía lo poco que había juntado en toda una vida de 67 años -lo cual, bien apretado, cabía en un costal de avena Tres Chanchitos-, con las justas llegaba a la cuarta parte del precio. Al final se le ocurrió: si puede darme amor a mí, también podría dárselo a otros. Claro que a conocidos, a gente respetable como él, y no a zarrapastrosos como los de Barrio Acero. Y fue a buscarlos.
Dos días después se pareció donde el contrabandista, con los otros tres viejos, quienes deseaban ver con sus propios ojos a Muñeca. Solo bastó unos minutos para que todos estuvieran de acuerdo. El contrabandista volvió a soltar su speech sobre la piel y los astronautas. Y añadió que, debido a la mezcla usada en ese material tenía un calorcito bien rico: “Toquen, toquen”. Los viejos tocaron con dedos trémulos y -“sí, sí, claro”- sintieron que adentro latía un corazón amoroso, mientras que afuera resplandecía ese rostro, esos ojos y esa boca siempre a punto de hablar.
La trajeron en una caja de cartón plastificado de 30 x 30 cm. Y fueron al cuartito donde dormía Marcos y alli, desesperados por verla crecer, soplaron y soplaron hasta casi dejar la vida en el esfuerzo. Luego, al apreciar todo ese continente erguido frente a ellos, concluyeron que era más bella de lo que había parecido al inicio. Acordaron que se la rotarían, cada uno de ellos la tendría una semana.
El único problema que advirtieron más adelante fue que en los instantes de pasión, cuando después de perder la cara entre sus cabellos rubios alguno de los viejos acezaba empujado por la fuerza que tanto había demorado en reunir, de pronto esta parecía acusar recibo de un poco de agua fría cuando veía, justo detrás de la oreja izquierda, la etiqueta que algún diseñador inconsciente había decidido colocar precisamente allí: Made in USA. Pero con el tiempo llegaron a acostumbrarse a ello, como a tantos caprichos de Muñeca.

Durante esos años, Muñeca también había ido envejeciendo, aunque -claro- en ella era menos ostensible que en ellos. Sus ojos adquirieron un relente de vaga pesadumbre, porque la vida se había tornado más dura en el país. Algunas veces Marcos la dejaba sentada mirando la calle a través del tul de la ventana, y a ella se le humedecían los ojos al advertir tanta pobreza, al ver pasar alguna manifestación de despedidos, uno que otro asalto, y al comprobar como el barrrio se había venido cuesta abajo. En sus pestañas temblaban algunas lágrimas. No era la garúa de la ciudad, sino lágrimas, que ella trataba de disimular. Es que todo se iba deteriorando y la gente debía de hacer lo indecible para sobrevivir; trabajar en más de un lugar, escatimar gastos y algunos hasta armar negocios de venta de comida, adonde nadie acudía. Y últimamente los cuatro viejos habían sentido que, cuando Muñeca hacía el amor con ellos, se quejaba de la espalda, específicamente de dolor a las costillas. Siempre había padecido de dolores a la espalda. El contrabandista mismo les había confesado que ella, antes, había vivido -brevemente, es cierto- con un coronel americano alcohólico mutilado en Corea, que la golpeaba. “La belleza no condice su existencia con el hedor del fango” (ruido de una botella de licor que cae rota al suelo, y su contenido se derrama por entre el aserrín).

Entre los cuatro viejos, Lucio era el más temperamental, y bebía mucho. Desde joven había sido así. Marcos podía dar fe de ello, porque lo conocía desde los años cincuenta, época en la que Lucio entró a trabajar en el mismo ministerio. Luego, cuando se divorció y sus hijos ya no querían saber nada de él, lucio se había hecho más amigo de Marcos. Ahora se dedicaba a lavar platos en la trastienda de un restaurante chino. “La ingratitud te aplasta, pero no te puede matar” (alguien llora, y otro lo calma dándole palmadas en el hombro).
Por su parte, Cleto era el que menos requería a Muñeca. Debido a sus problemas de la próstata, que se le inflamaba con solo orinar. Culpa de las caminatas, seguramente, porque Cleto se dedicaba, junto con Rómulo, a comprar y vender trastos y fierros en un triciclo. A lo que conseguían le daban una lijada y una mano de pintura y lo revendían a los comerciantes en los mercadillos. Varias veces, cuando Marcos había ido a ver a Cleto en su semana de suerte, lo había hallado mirando por la ventana de su cuartucho, con Muñeca vestida y sentada en una silla, solo dialogando con ella, sobre el tiempo, las inundaciones al norte del país, el alza del dólar, tantas cosas.

Hasta que hace dos días por la tarde, justo después de que Marcos acababa de frotarse con ungüento la rodilla derecha que solía dolerle con el frío, llegó Rómulo corriendo a la imprenta: “¡Se nos muere Muñeca… se nos muere!”
Ambos fueron corriendo hacia el cuarto de Lucio, ubicado en una miserable quinta de casas detrás de un mercado. Y mientras corrían, acezando, deteniéndose a ratos para tomar aire, palmeándose el pecho, Cleto le había informado a Lucio, que por esa semana tenía a Muñeca, había llegado borracho a su habitación y se había puesto a bailar y a beber ron con ella, profiriendo lisuras contra el gobierno y pretendiendo tratarla como a una simple pelandusca: “Ya sabes cómo es él cuando está ebrio”. Cansado y triste, -se le daba por llorar y hablar de su familia ingrata cuando bebía-, Lucio se había puesto a bailar con ella. Había olvidado que cuando a Muñeca la trataban mal, se enfadaba y decidía no hablar. Además ella nunca bebía -el licor le producía gases- y aborrecía el lenguaje procaz de los borrachos. Lucio, irritado y luego sollozando, le había pedido que le dijera que lo querría, pero que lo quería como a un verdadero hombre y no como a un viejo solitario que habla consigo mismo. Mas como ella se mantuviera en silencio, ciego de ira y de alcohol, le había propinado una feroz dentellada en el cuello.
“Se nos muere…” Entraron al cuartucho y Marcos advirtió la dimensión de lo sucedido. Desde el primer vistazo, supo que ya no había nada qué hacer. Ella se moría, sin remedio. El aire se le escapaba, entreverado con la vida y el ánima de Muñeca.
Estaba echada sobre un viejo sofá destartalado, con las ojeras acentuadas y más pálida que nunca. A su lado, arrodillado, sin camisa y solo en bivirí, que dejaba ver el torso raquítico y con pecas de senilidad, permanecía Lucio, implorando: “Por favor, perdóname, Muñeca”.
Muñeca lo miraba, y sin decir nada -no era necesario, sus ojos lo decían todo-, lo perdonaba. También miró a los recién llegados y pareció querer hablar. “Calla, no hagas ningún esfuerzo”, le dijo Marcos, y se dedicó a revisar la herida. En un vano intento, le pusieron un retazo de gasa, cola gel, un poco de alcohol y hasta vendas reforzadas, pero nada. Se les moría.
Más tarde llegó Rómulo. Cuando abrieron la puerta para dejarlo entrar, vieron que fuera se arracimaba mucha gente, muchos vecinos solidarios con el dolor, con expresión contrita; algunas mujeres rezaban murmurando bajito. “El dolor de los de abajo se comparte cual si fuera oro (la guitarra derrama sus notas mientras que se oye que alguien abre otra botella de ron).

Al día siguiente por la tarde, poco antes de llevar a Muñeca al camposanto, Marcos echó la última mirada a través de la ventanita del ataúd. Ella estaba vestida con su traje rosado de domingo, ese de falda hasta las rodillas y saco corto, y tenía los ojos ¡ay! definitivamente cerrados. Le parecía extraño verla así, porque ella, cuando había cerrado los ojos? Siempre los había mantenido abiertos, ya fuera de noche o de día, a solas o en compañía; sus ojos siempre habían envuelto con la luz de su mirada lo que la rodeaba: cuartuchos malolientes, trastos miserables, gatos derrengados y viejos solitarios. A eso de las cinco de la tarde, un poco retrasados porque Cleto demoró en conseguir corbatas negras para él y Rómulo, los cuatro salieron con el cortejo. Abandonaron la imprenta por el portón de fierro y se encaminaron a la avenida Grau.
Marcos y Cleto iban adelante, Rómulo y el inconsolable Lucio, quien no cesaba de llorar, seguían atrás. Iban con el ataúd en hombros, muy lentamente debido a la exigencia de las circunstancias y sobre todo a la incertidumbre de sus piernas. A su paso, habían salido los vecinos a las puertas de sus casas, a las azoteas, mientras un grupo numeroso de niños y perros seguía detrás en silencio. La masa inundó la cuadra cinco de la avenida, donde un desconcertado policía de tránsito demoró más de la cuenta en hacer sonar su silbato para que los vehículos dejaran pasar el cortejo. La gente que los observaba desde las veredas permaneció un buen rato viéndolo alejarse calle abajo, entre los edificios sucios de hollín, hasta que se convirtió en una mancha a lo lejos, un poco de humo en el aire y finalmente hizo ¡plop! Y desapareció del todo.

Ahora que todo había pasado, los vecinos del barrio volvían a salir por las noches a las puertas de sus casas, con la excusa de tomar el fresco, y se quedaban oyendo la música que puntualmente se derramaba desde la ventana del viejo Marcos: “Muñequita linda… de cabellos de oro… de dientes de perlas…” La música se desperdigaba con la misma lentitud de siempre, pero ahora con mayor peso, como agua de lluvia que bajara por las paredes sucias arrastrando tierra y hollín. Adivinaban al viejo volviendo a poner el disco, bailando solo en un rincón oscuro, pero creyendo que volvía a bailar en el centro del cuarto, que apretaba una cintura estrecha y perdía su rostro entre unos cabellos largos y rubios, besando, mordiendo y creyendo también que volvía a sentir eso que había sentido no hacía mucho y que la gente llamaba felicidad y que ya no sentiría jamás porque el amor, el verdadero amor, se gozaba solo una vez en la vida. (¡Salud!)

Jorge Ninapayta de la Rosa.

Los que hayan llegado hasta aquí probablemente tengan como yo, la tristeza atravesada en la garganta. Cuanta soledad en la vejez y cuanto dolor en la pobreza y aún así el alma humana siente la necesidad -que no es exclusivamente juvenil- del amor y belleza, ah, búsqueda eterna. Si nadie nos lo dice, al menos la imaginación halla consuelo en proyectar una voz que nos acaricie con un “sí, te quiero mucho, mucho, mucho, mucho; tanto como entonces, siempre hasta morir”, como Lucio quiso oír decir a Muñeca. ¡Alas! Con tanto amor para dar y nadie que lo reciba, ¿quien no amaría a un animal, una cosa, una idea, una ilusión?

Bien, hasta aquí de lecturas y reflexiones. Piensen en una canción que les guste, alguna con la que tengan historia (todos tenemos una) o simplemente alguna que nos haga imaginar o sentir algo, y escriban un cuento alrededor de ella.

La fecha propuesta para presentar sus historias a través de Twitter es el miércoles 13 de marzo dentro de #10alas10, por supuesto. Dividida en diez párrafos numerados que utilicen este hashtag.

Perdonen la demora, no habiendo hallado en la red ninguno de los textos que seleccioné, me di a la tarea de copiarlos yo misma a retacitos de tiempo robado, cosa que no pensé que tardara tanto, pero que no me arrepiento de haber hecho porque así pude saborear cada palabra al transcribirla. Vaya bocados deliciosos de metáforas y lenguaje literario.

Ah, una sorpresa, en esta ocasión #10alas10 será concurso. Al cuento más votado por todos los participantes le obsequiaré con gusto un ejemplar del libro La Ley del Amor de Laura Esquivel.

Y, si tengo suerte en las librerías, añadiré la compilación de cuentos Muñequita Linda de Jorge Ninapayta de la Rosa y/o Portarelatos de José de la Colina. Estos últimos un poco más difíciles de conseguir (La Ley del Amor ya lo adquirí, eso sí).

Atentamente

@yuriikko

2 Comments
  1. Que trabajo tan exhaustivo e interesante. Enhorabuena, saludos

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