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Cuento Corre más rápido que mi bala, de Bernardo Monroy

November 17, 2012

1
En momentos como estos, mientras más me acerco a los treinta años, pienso en lo patética que es mi vida: mi mejor amigo y roomie es un hipster fanático de Foster The People. Me enamoré de un muchacho de veinte años pero que tiene el desequilibrio mental de un asesino serial sesentón y el físico de un niño de trece. Un fantasma vive en mi casa. A mi edad, me comporto como un adolescente.

-Creo que deberías redefinir tu vida, Jonathan. No puedes seguir escribiendo guiones para series televisivas de adolescentes toda tu vida. Debes madurar, ¿sabes?

-¿Y tú quien eres para decírmelo, Koji? ¡Eres el alma en pena de un niño que un sacerdote asesinó! ¡No tienes ojos con qué verme!

Y era verdad: Koji tenía dos cuencas vacías donde deberían estar sus ojos… como todo fantasma de película de terror japonesa que se dé a respetar. No he realizado un exorcismo para expulsarlo, ya que él estaba aquí cuando compré la casa. Hace cinco años el párroco del templo de El Carcaj de San Sebastián, que está a dos calles, mató a Koji en una borrachera con vino de consagrar y dejó su cadáver enterrado en mi jardín. El primer mes yo estaba orinándome de miedo, pero con el tiempo Koji y yo hemos llevado una relación digna de sitcom.

-Por cierto… ¿A qué hora llega tu amigo el hipster de mierda?

-No le llames así, Koji. Eric tiene nombre, es mi mejor amigo y vive aquí. La casa es de los tres.

Como si lo hubieran llamado, Eric llegó a casa. Llevaba una playera raída, comprada en un mercado sobre ruedas, un sombrero fedora, un blazer marca Pull & Bear, unos pantalones grises de Zara, unos tennis Converse y unos lentes con armazón gigantesco robados de una sala de cine 3D, que parecían el andamiaje de un edificio. En cuanto llegó bebió agua.

-Oye, Hipster de Mierda –dijo Koji-. Yo pensaba que tomar agua era algo muy mainstream para ti.

Como de costumbre, ignoramos las ofensas de Koji. Así son los poltergeists, después de todo. La diferencia es que el que habita en mi casa golpea con palabras, no lanzando objetos. Era una ironía, como todo en mi vida.

Mi amigo y yo compartíamos la casa, al grado que llegaban a confundirnos de una forma que perjudicaba nuestras relaciones afectivas:

-Eric… ¿Jonathan no es tu pareja? –le preguntaban.

-Jonathan… ¡Qué bien! ¡Dos solterones compartiendo casa! Deben hacer orgías con nenas cada fin de semana –me decían.

Eric era como todo hipster: tan atípico que resultada típico él y yo éramos amigos desde las universidad, yo me dediqué a escribir guiones televisivos y él se convirtió en vendedor de seguros, aunque en sus ratos libres olvidaba su soporífero trabajo y se convertía en un hipster. Los tres convivíamos muy a gusto en aquella casa ubicada en la delegación Coyoacán, en la Ciudad de México, aunque siempre había conflictos, como las constantes provocaciones del fantasma. Eric solía cambiar de novia cada semana… tener una relación seria no es algo “alternativo”, “indie” ni mucho menos “underground”. Mientras que yo, fracasaba en todos mis noviazgos. Koji decía que yo buscaba relaciones conflictivas, mientras que Eric buscaba consolarme. Durante nuestra charla, antes de salir de parranda sabatina, tocamos el tema, y les dije que estaba obsesionado con un muchacho de veinte años. Para confirmar mi información, hicimos lo que cualquier ser humano posmoderno habría hecho: ¡Encendimos la computadora y checamos su perfil en Facebook! En cuanto lo vieron, tanto fantasma como mortal me comieron vivo con ofensas.

-No jodas, pinche Jonathan, tiene trece años. Y aparte está horrible, con ese peinado de vocalista de boyband de finales de los noventa. Y su cara parece un boceto de un imitador de Picasso realizado a la carrera. Y lee lo que escribe en su muro de Facebook, de seguro ni él se entiende: “soy nada que busca serlo todo, soy la comida podrida del bufete llamado vida”.

Les mostré su información en la foto de perfil: Goyo tenía veinte años, lo que sucedía es que no los aparentaba. Les conté que conocí a Goyo Baladro cuando me agregó como amigo a Facebook, ya que él es fanático de “No hay que temer” la serie televisiva con tres temporadas que yo escribía. Trataba sobre dos fantasmas que espantaban en un internado de varones, y en realidad era una versión entre teen drama y sitcom de “Pedro Páramo” de Juan Rulfo. Los productores del canal de televisión me han sugerido escribir una serie policiaca, al estilo “La Ley y el Orden”, “CSI” o “Sherlock”, pero sinceramente no me siento capaz. ¿Ya he dicho que mi vida es una sitcom? Goyo dijo admirarme, respetarme… y en cuanto lo conocí, supe que era gay reprimido. Poco a poco me fui obsesionando al grado de enamorarme. Pero no era algo sano de parte de ninguno de los dos: nos ofendíamos, nos decíamos indirectas en nuestros estados de Facebook y nos gritábamos cuando nos hacíamos llamadas al teléfono móvil. Goyo era muy inestable, y yo me estaba volviendo igual que él. No nos dejábamos de hablar porque hasta cierto mutuo nos estimulaba ofendernos… era adictivo. La situación esa estresante, pero nos gustaba: como sucede con toda relación destructiva, independientemente si es homosexual o heterosexual.

-¡Sólo estás obsesionado! ¡Nadie puede enamorarse de esa cosa! ¡Por Mark Foster, tan sólo míralo! Además el amor es una emoción sana, no es estar de acosador ni de stalker en Facebook. Yo no soy un stalker… hasta que supe que era muy mainstream cuando mi ex novia subió una fotografía con su novio el 22 de mayo de 2011 a las 12:41 de la mañana.

Cállate, Eric. El muchacho estaba más obsesionado, eso sí, que yo con los asesinos seriales, el cine de horror, las novelas de Stephen King y los cuentos de Lovecraft. Por eso hicimos química. Entre las personas que admiraba, se encontraba un tal Albert Fish. En todas sus fotos aparecía con mirada esquiva, como de psicópata… bueno, psicópata que se toma fotografías en el baño de su casa y frente al espejo mientras su papá le toca la puerta porque le urge cagar. Goyo aseguraba ser heterosexual, pero su admiración hacia mí y sus ademanes afeminados sugerían lo opuesto. Además que todas sus relaciones con mujeres, según me contaba, eran un fracaso. “Creo que las mujeres no son lo mío”, decía… y de hecho, no.

-Bueno, al menos legalmente no tienes ningún problema, Vladimir Nabokov gay de los guionistas –comentó Koji.

Ignoramos al niño fantasma y salimos de casa en el Volkswagen de Eric, rumbo a la Colonia Condesa, donde había una fiesta hipster. Para ser sinceros, desde que mi amigo se convirtió en parte de esa subcultura urbana no tenía idea de lo que era un hipster… me sonaba como a tener hipo. Eric me explicó que se trataba de una tribu urbana. En pocas palabras, se trata de veinteañeros seudo intelectuales, amantes de todo lo “indie”, “alternativo”, y alejados de todo lo “mainstream”. Aunque surgen desde la década de los 40’s, han cobrado fama actualmente. Digamos que un hipster es un bohemio con dinero de su papi. Robert Lanham en su libro “The Hipster Handbook” afirmó que los hipsters son gente joven con “… cortes de pelo mop-top, meciendo viejos libros de bolsillo, hablando por teléfono celular, fumando cigarrillos europeos, … pavoneándose en zapatos de plataforma con una biografía del Che Guevara asomándose por sus bolsas”… su look se mueve entre el de un yuppie ochentero y un nerd de los 50’s. Odian todo lo masivo, lo comercial, lo “mainstream”, le dicen. Aman todo lo alternativo, lo “subterráneo” lo de poca difusión… y aunque un hipster nunca aceptará ser hipster, se dejan llevar por las modas. Si algún día les dicen que desollarse es “alternativo”, lo harán. Oh, sí.

Llegamos a la fiesta, donde nos recibió Eurídice, la amiga con derechos de Eric. Hasta hace poco le empecé a caer bien cuando supo que era homosexual… ya sabes: los hipsters aceptan a todas las minorías, porque son muy cultos. Y no hay nada más mainstream que la homofobia. El problema fue cuando ella y Eric hablaban de Foster the people y yo les pregunté si se referían al escritor David Foster Wallace. No saber eso entre hipsters es como ir a una sinagoga a vender carne de cerdo. La mujer me miró con asco, y Eric se llevó las manos a la cara, susurrando: “trágame tierra con este pinche nerd”. Afortunadamente, las cosas se tranquilizaron entre nosotros.

Entramos a la fiesta y se escuchaba: Yeah, Yeah I said don’t stop, don’t stop, don’t stop Talking to me Stop don’t stop don’t stop…, Estábamos rodeados de tipos con look entre adinerado y andrajoso. Me señalaron como “el amigo gay que escribe sitcoms”. Cuando comprendí mi error e estar en ese maldito lugar, corrí a servirme una cerveza en vasito rojo. Necesitaba alcohol para hacer las cosas más llevaderas. En cuanto bebí tres cervezas y escuchaba “Houdini”, recibí una llamada a mi teléfono celular. Era Goyo, que hablaba con un tono tranquilo, pero, irónicamente, también se escuchaba furioso:

-Buenas noches. Te he venido siguiendo. Los voy a matar. Y luego a ti. Me gustan las mujeres y trataré que siempre sea así. Me escribiste ese mensaje erótico a mi inbox de Facebook –después, colgó.

Le conté a Eric sobre mi caso y me dijo que seguramente, el tipo quería llamar la atención. Que era poco probable, sino imposible, que nos fuera a matar. Además, yo no le había mandado ningún mensaje. ¡NADA, CARAJO! No había motivo para que se enfureciera así. Después me dio el mejor consejo para esas fiestas: “¡Sigue bebiendo!” Terminé borracho mientras cantaba, creo, “Waste”. Subí al coche de Eric y vomité en sus asientos. Le dije que lo limpiaría.

-No te preocupes, el hedor a vómito le da un aire muy bohemio.

-Si tú lo dices –dije, y juré haber visto a Goyo acercarse a la casa de Eurídice. El mocoso llevaba un cuchillo del tamaño de su baja autoestima, osea gigantesco. No le hice caso porque seguramente estaba ebrio. Llegamos a la casa que Eric y yo compartíamos como “room mates” y cada quien subió a su cuarto. Yo caí en mi cama, sin quitarme siquiera los zapatos. Todo daba vueltas y tenía nauseas. Entre la oscuridad, vi el resplandor azul neón que acompañaba a Koji. Flotó hacia mí y me dijo:

-Olvidaste cerrar sesión y le mandé un mensaje cachondo a tu prospecto –dijo, con una sonrisa.

Y yo dejé escapar un alarido más fantasmagórico que él.

Poco a poco fui conciliando el sueño, percatándome que en efecto mi vida era una “sitcom” o “comedia de situaciones”. Todo se desarrolla en mi casa o en casa de mis amigos, como los sets. Hay un personaje que nunca sale de mi casa y nos hace la vida imposible, como Alf… o Koji. Hay un mejor amigo que comete puras estupideces, como Eric. A veces, el mejor amigo de ese mejor amigo es quien las comete, como yo. Hay una pista musical de alguna banda de moda, personajes estrafalarios; el protagonista anhela un romance imposible, y el antagonista es malvado, malvado, malvado. Mi vida es “Friends”, “Will & Grace”, “The Big Bang Theory”, “Malcolm in the Middle”…, con razón jamás he podido escribir un thriller de misterio o una serie policiaca. Simplemente, como no lo he vivido, no está en mí. Mi vida es una sitcom.

Y en este momento nos vamos a corte comercial.

2
Eric bajó las escaleras para desayunar mientras silbaba “Call it What you want”. Llevaba una playera de “Where the Wild Things Are” y unos bóxers de nylon rojos. En cuanto me notó visiblemente aterrado me preguntó qué rayos me sucedía.

Primero, le expliqué lo que había hecho Koji. Luego, mientras repetía el típico mantra del fiestero borracho (nomamespinchepedotanovuelvoabeber nuncamásnosoportolaresaca) le mostré, con mano temblorosa, la edición del periódico “El Universal”. Encontraron el cadáver de una muchacha que vivía en la colonia Condesa. Habían llevado el cadáver hasta Ecatepec. El sospechoso asesinó a un hombre para llevarse su auto. Habían desollado toda la espalda de la muchacha, que respondía al nombre de Eurídice Guzmán. Nos quedamos viendo el uno al otro. El silencio fue roto por tres tazas de café que llegaron flotando hasta la mesa de la sala, donde nos encontrábamos.

-Les traje café, a ti y a Hipster de Mierda… sin leche, porque sólo los maricas lo toman con leche. ¡Oh, siento si ofendí a alguien! Por cierto: hablé con Eurídice antes de que pasara al Más Allá… y efectivamente, la mató él. Y no tienes idea de cuantas almas en pena hay por culpa de tu psychoboyfriend. Sí… es un asesino serial.

-Yo creo –dijo Eric-. Que no está bien que yo lo diga, pero tienes un gusto de la chingada para los hombres. ¿Has pensado volverte heterosexual?

-Bien dicho –intervino Koji-. Te mereces una porra: ¡Hip, hip! ¡HIPSTER! ¡Hip, hip! ¡HIPSTER! ¡Hip, hip, HIPSTER!

En ese preciso instante sonó mi teléfono celular. Quien me hacía la llamada era “GOYO BALADRO”. Sostuve el teléfono móvil y se lo arrojé a Eric, quien lo atrapó entre sus manos.

-Contéstale tú y dile que no estoy.

-¿Estás idiota? ¡Pero si tú quieres follártelo! –y me lo arrojó a mí, de nuevo.

-¡Ya no quiero nada con él! –exclamé, y se lo volví a arrojar.

-¡Él mata hipsters! –y me lo devolvió, de nuevo.

-¡Un hipster nunca acepta que es un hipster! –se lo arrojé una vez más.

Koji fue quien tuvo el valor de tomar la llamada:

-¿Sí, diga? Oh, claro. Sí, sí. Soy Koji Sánchez, su secretario particular. Ajá. Bueno, soy mexicano pero mi papá era otaku, de allí el nombre. Y además soy un fantasma de cine japonés. Ajá. De momento Jonathan Maldonado está ocupado. Escribe el guión del nuevo capítulo de “No hay que temer”. No, él no escribe thrillers de policías y ladrones. No tiene la capacidad. ¿Gusta dejarle algún recado? De acuerdo, yo le aviso. Que pase lindo día. Hasta luego. –colgó el teléfono y me dijo-. El Señorito Reina del Closet y Enfermedad Mental 2012 quiere verte. Dice que te mandó la dirección de su casa por inbox de Facebook. Según él, quiere hacer las paces. Ah, y pidió también que te acompañe Eric, creo que se refiere a Hipster de Mierda.

De nuevo nos quedamos viendo el uno al otro. Lo natural hubiera sido ignorar la invitación, alejarnos para siempre de su presencia. Pero yo estaba enamorado… u obsesionado, como aclaró Eric, aquella tarde íbamos rumbo a la Colonia Portales para hablar con Goyo. Escuchando “Warrant”.

-No sé por qué te hago caso. No sé por qué te apoyo en todo –dijo Eric.

-¡Porque eres mi mejor amigo! –le respondí en todo de libro de superación personal.

-Debiste haberte quedado adentro del armario. Por mi bien.

Llegamos a un edificio aparentemente abandonado. Una puerta de metal, pintada de un rojo descarapelado parecía advertirnos que había inminente peligro. Pero las relaciones enfermizas así son: aunque el peligro sea evidente, aunque tu mejor amigo te golpeé en la cara con la verdad, tú los ignoras. Tocamos cinco veces y esperamos diez minutos. Nos abrió Goyo, llevaba una bufanda pese a que nos encontrábamos en pleno mayo y estaba sosteniendo una aguja de coser en una mano y un machete en la otra. Nos saludó como “el pinche hipster y el marica muerdealmohadas”.

-¡Creo que se refiere a nosotros! –dije, en tono animoso y con sonrisa de enamorado.

-Jonathan, dale “delete” a tu pinche vida.

Entramos a una vieja casa sin más muebles que dos banquitos, un sillón verde oscuro y una mesita de noche donde descansaba una lap top encendida, con Facebook. La sala estaba repleta de cuadros de ilustres personalidades de la filosofía humanista: Ted Bundy, John Wayne Gracy, Jeffrey Dahmer, Charles Manson, y frente a nosotros, un anciano de casi sesenta años con mirada malvada. Goyo tomó un plato desechable que estaba en el suelo y tenía embutidos. Nos ofreció salchichas con jugo Maggi y de paso, nos dijo que tenía la receta de la familia de “La Matanza de Texas”. Lo rechazamos cortésmente y nos sentamos cada uno en un banquito.

-Bonita bufanda –dijo Eric, con el fin de romper el hielo.

-Gracias –respondió Goyo-. Está hecha con piel de hipster.

Y entonces, nos quedó claro por qué le arrancaron la piel a Eurídice. Temblamos. Eric me dio una discreta patada en la espinilla.

-Tenemos que irnos, dejamos la casa hecha un asco. Ya sabes… vivimos juntos. Sólo que yo soy heterosexual.

-¿Y Jonathan nunca se ha sobrepasado contigo? ¿Nunca ha querido hacerte nada?

-Oh, no. Para nada. Él sólo seduce a quienes tiene la certeza que son abiertamente gays o maricas reprimidos… como tú.

Esta vez, yo le devolví la patada.

-No soy homosexual –dijo, en un tono visiblemente afeminado. Goyo era de esos que todos saben que es gay menos él-. Tan sólo me han dicho que no soy varonil. Me encantan las mujeres… aunque nunca he tenido una erección al verlas.

En cualquier situación estaríamos muertos de risa… pero en estos momentos lo estábamos de miedo. Sobre todo por las moscas que revoloteaban a nuestro alrededor. Casi siempre, en estas situaciones donde hay moscas hay cadáveres. La tensión hizo que Eric preguntara:

-Oye, Goyo, te ves muy chiquito. Escribes cosas muy lindas en Facebook, sobre el fatalismo, la muerte y el sufrimiento… creo que si Cioran o Nietzsche hubieran sido emos, serían como tú. ¿Sí eres mayor de edad? ¿Y tus papis?

-Tengo veinte años. Y maté a mis padres. Y me veo joven porque me baño en sangre humana, como Erzsébet Bathory. Y con fluidos humanos proceso un elixir para que los homosexuales se enamoren desesperadamente de mi.

-Ya decía yo que no tenías ningún encanto y no podía enamorarme de semejante cretino –comenté.

-Es bueno saber que no eres un pedófilo. Los sacerdotes te siguen llevando la delantera –me dijo Eric y ambos chocamos nuestros puños, como solíamos hacer en la universidad.

(Silencio incómodo)

Goyo nos pidió que lo acompañáramos a una habitación al fondo de la casona. Al principio nos negamos, pero Eric me dio un empujón. “¿Tú quieres con él, no? ¡Acompáñalo!” Y así lo hice. El camino se me hizo interminable. Para amenizar, Goyo me preguntó si reconocía al anciano del cuadro en la sala. No, no era su abuelo, sino una de las personas que más admiraba, que incluso había señalado, en su perfil de Facebook, que era quien lo inspiraba. Se trataba de Albert Fish. Y no, no era un personaje de “Buscando a Nemo”. Goyo me ilustró:

-Albert Fish fue uno de los asesinos seriales más notables de la historia. Nació en 1870. Desde niño reprimió que le gustaban los hombres, por eso, para sobre llevarlo, asesinó a más de cien personas, la mayoría niños. Le daba placer ser azotado en el orfanato donde pasó toda su infancia, y es que su madre lo dejó encerrado allí, ya que los Fish tenían antecedentes en cuanto a enfermedades mentales. Fish ejerció la prostitución masculina, y como sabía que ser homosexual era pecado, ya que además era un hombre muy religioso, se autocastigaba enterrándose alfileres en el escroto y el ano. Le gustaba asesinar a niños con deficiencia mental o a muchachos negros, pero antes abusaba sexualmente de ellos… en aquel entonces, por allí de 1890, eran un sector vulnerable. Hasta ese entonces, ninguna víctima de Fish había causado ruido… pero llegó 1928 cuando asesinó a la pequeña Grace Budd… no sería sino hasta siete años que le envió una carta a su madre. ¿Sabes qué decía, Jonathan?

-Me muero de ganas de saberlo –dije, mientras nos acercábamos al final del pasillo.

-¡YO NO! –Gritó Eric, desde la sala, que estaba buscando la forma de huir por la ventana. Sólo alcancé a ver su plano trasero aún más plano por sus pantalones de mezclilla entubados y sus piernas sueltas.

-La carta decía: “La estrangulé y entonces la corté en pequeños pedazos para poder llevarme la carne a mis habitaciones. La cociné y comí. Cuan dulce y tierno fue su trasero asado en el horno. Me llevó nueve días comer su cuerpo entero. No la violé como hubiera deseado. Murió virgen”. Cuando lo capturaron, Fish confesó que mató por lo menos a cien niños y también contó con detalle como a un niño de tan solo 4 años le flageló hasta que su sangre corrió por sus piernas, le cortó las orejas, nariz y ojos, le destripó y cogió su sangre para bebérsela, lo desmembró y se preparó un estofado con la parte más tierna. Murió en la silla eléctrica en 1936. ¿Sabes que él es una inspiración para mí? Me enseña que es mejor asesinar gente a aceptarme como tú.

-Uta sí, no mames. Qué inspiración –dijo Eric en tono sarcástico, quien se encontraba entre nosotros al darse cuenta que no cabía en la ventana.

Llegamos al final del pasillo, nos detuvimos frente a una puerta. Goyo esperó frente a ella. Me comentó sobre aquella vez que me utilizó para que filmaran un guión que había escrito. Yo moví todas mis influencias para ayudar a que se convirtiera en un guionista renombrado, quise ahorrarle diez años de trabajo que a mí me habían costado a su edad… y él lo único que hizo fue, una vez que su guión fue convertido en un cortometraje y trasmitido en cadena nacional, subir el video a su muro de Facebook y escribir: “Gracias a mi público por verme, al canal por transmitirlo y a ti Jonathan por subirlo a youtube”. Si me hubieran violado sin condón en un callejón y luego escupido a la cara me habría sentido menos utilizado. En cuanto Eric lo escuchó, se empezó a reír, rompiendo la tensión:

-No puedo creer que seas tan pendejo, Jonathan. Un mocoso psicópata te trata como su títere… ¡El pirujo no te dio ni las gracias completamente! ¡Da todo tipo de puñaladas, hasta las traperas! No cabe duda que invertir en un marica de closet es lo peor que puede hacer un gay… como nosotros, los heterosexuales, con las putas. ya, güey. No pongas esa cara, hombre. Sí, somos amigos, pero me burlo de ti porque eres mi amigo… Vaya. Ese gesto demuestra que estás furioso. Okay, allí muere.

-¿Sabes? –le dijo Goyo a Eric-. A mí también me gusta Foster The people. Sobre todo Pumped up kicks. Toda la gente estúpida piensa que se trata de una canción muy linda, pero en realidad trata de un asesino joven que mata a la gente. Por eso dice Es mejor que corras, que corras, más rápido que mi bala. La gente las baila sin tener ni puta idea de lo que dicen. Me identifico mucho con esa canción, a los diez años ya asesinaba gente con la pistola de mi padre. Luego lo maté a él.

-Ya estuvo: a partir de mañana me hago fan de Justin Bieber.

Entonces, Goyo abrió la puerta.

El espectáculo parecía sacado de una versión de La Divina Comedia dirigida por Peter Jackson. Estábamos frente a un cuarto repleto de cadáveres, y tapizado con recortes de la nota roja en las cuatro paredes y el techo. En el suelo había una montaña de cadáveres, todos de sexo masculino. Algunos de ellos estaban completamente desnudos. Otros estaban desollados, otros tenían el cuerpo repleto de cicatrices. Conté al menos treinta cuerpos. De inmediato, cerró la puerta. Goyo dijo que lo esperáramos en la sala, porque iba a preparar un filete de costilla… humana. Antes de irse, nos aclaró que no se es homosexual si se viola a un cadáver. “Soy necrófilo, dijo, pero nunca gay”. Temblando, regresamos a la sala, sentándonos obedientemente en los banquitos

-Vaya –Eric rompió el silencio-. Viola cadáveres. Es activo. Hará mancuerna contigo.

-Yo no soy pasivo, Eric –respondí, algo molesto por el comentario, pese a la situación.

-Eso dicen todos los gays de tu tipo. El que tengas voz grave y no seas afeminado no te hace activo. Y Koji me cuenta muchas cosas.

En ese momento llegó Goyo, con un plato de carne humana bañado en sangre; y los dos nos quedamos callados y nos abrazamos, como un Hansel gay y una Grettel hipster ante una bruja asesina serial.

-Todos los asesinos seriales seguimos un parámetro de víctimas. Hay quienes matan niños, quienes matan prostitutas. Quienes matan vagabundos…

-¿Y tú? –pregunté, pese a que ya sabía lo que iba a decir.

-Gays y hipsters –dijo, y le dio un mordisco a un trozo de carne.

Se me cortó la respiración, y Eric dejó escapar un quejido más marica que yo.

-Por esta vez –dijo Goyo, dando un mordisco a la carne-. Los dejaré ir. Pero vamos a volver a encontrarnos. A los asesinos seriales nos encanta jugar al gato y al ratón. Siempre sucede eso. William King fue el encargado de seguir la pista a Fish, mientras que Frederick Abberline fue tras de Jack el Destripador. Quizá esto es el inicio de la Primera Temporada, o el final del episodio piloto. No sé si yo he convertido mi vida en una película de asesinos seriales porque no tengo identidad… eso decía la psicóloga que mis padres pagaban… pero a los tres los maté.

Y un asesino serial siempre quiere que lo capturen, siempre deja pistas. Agregué en mi cabeza.

3
-¡Ya tengo información sobre la nueva víctima, Hipster de Mierda! –gritó Koji.

Habían transcurrido seis meses desde la visita a la casa de Goyo Baladro. Eric seguía siendo hipster, Koji seguía viviendo (era un decir) en nuestra casa y “No hay que temer” se había cancelado para dar entrada a otra serie que la supero en rating. Se trataba de “Los Pescadores”, y yo me encargaba del guión. La serie estaba arrasando, era un “Crime Drama” en el mejor estilo de “CSI”, “Criminal Minds”, “Miami Vice”, “Bones” o “Numb3rs” Trataba sobre una pareja de detectives, uno hipster y otro gay, que le seguían la pista a un asesino serial de veinte años que buscaba a sus víctimas en las redes sociales. La tensión narrativa se creaba cuando el asesino se quería enamorar de mujeres y estas lo mandaban al carajo. Lo curioso era que los personajes eran ayudados por un fantasma que vivía en la casa de uno de ellos. El fantasma contactaba a las víctimas del asesino, antes de que pasaran al más allá, para que lo localizaran… Cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia.

-A todo mundo le asombra de donde sacas tanta imaginación para escribir, menos a mi –decía Eric, cada noche de miércoles, mientras se sentaba a ver el nuevo capítulo de “Los Pescadores”, y después se ponía a ver alguna película de tinte hipsteroso, como por ejemplo, “Waking Life” o “Eternal Sunshine of a Spotless Mind”.

-Encontré a la última víctima del psicópata marica que según él no es marica –dijo Koji-. Antes de pasar a La Luz me dijo que dejó su cadáver en la carretera México-Toluca. Será mejor que se apuren.

Salimos de la casa y subimos al Volkswagen de Eric. No sabíamos durante cuantas temporadas se prolongaría esto, pero había que reconocer que una vez que Goyo no significaba nada para mí y vivíamos una serie de televisión, nuestra vida era muy emocionante. Eric encendió el estéreo, introdujo un disco compacto, y escuchamos: All the other kids with the pumped up kicks you’d better run, better run, outrun my gun, all the other kids with the pumped up kicks you’d better run, better run, faster than my bullet…

Y era verdad. Eric ya no le temía y yo no sentía ningún afecto por él. Ahora, correríamos más rápido que su bala.

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