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Cuento De encono de hormigas, de María Elvira Bermúdez

November 15, 2012

De encono de hormigas

María Elvira Bermúdez

A la cálida vida que transcurre canora …responde…
Un encono de hormigas en mis venas voraces
Ramón López Velarde

En el quicio de una puerta ya muy vieja se recarga una niña. El sol de ese domingo ha trepado hasta las azoteas de las casas vecinas y ahora ilumina un automóvil rojo que deliberadamente avanza por la calle.
La niña Chabela lo mira: allí viene la aguardada, la señorita linda que le regala dulces, palabras buenas y esperanzas en forma de monedas. Muy cerca la una de la otra, se contemplan. Las sonrisas no se traban con la misma facilidad que las miradas porque éstas comprueban que, otra vez, el encuentro no se realizará. El automóvil no detiene su marcha. Lentamente se empareja con la puerta y luego la deja atrás.
Una rápida ojeada que hacia el patio de la casa dirige Chabela le informa que su madre está lejos. Echa súbitamente a andar a la zaga del automóvil; pero a medida que éste va saliendo de su esperanza, el miedo y el recuerdo la persuaden a regresar a su casa. Quieta, anclada en el polvo callejero por las amarras del temor y la tristeza, Chabela pierde el coche de vista.
Fue ayer apenas cuando, al ver venir el coche rojo, salió ella también corriendo con el firme propósito de alcanzarlo. Su anhelo no tuvo tiempo entonces de quedar anclado en el polvo de la calle porque vino su madre como un remolino y a rastras la llevó de regreso a su vivienda. La golpeó. La regañó a gritos. Chabela hubiera preferido que aquellas manos rojas, que pretendían cuidarla y que en cambio comunicaban sin transiciones horrendo color a su piel cetrina, siguieran causándole daño; pero que las palabras definitivas de la madre no le prohibieran seguir llorando. Lloraba más por las palabras que la asustaban que por los golpes que le dolían. No podía dejar de llorar mientras ella le siguiera ordenando que callara. Llorar era su único y menguado derecho y ella estaba dispuesta a ejercitarlo.
La madre fue la primera en rendirse. Con un empellón que encubría su fracaso, la arrojó al suelo y salió al patio. Para ya no oírla, dijo. Desligada ya de sus palabras imperiosas, Chabela pudo pronto ahogar los sollozos. Ya todo había pasado. Hasta otra vez sería. Porque así, a veces, sin que mediara explicación alguna, su madre la golpeaba y le reñía. Una vez fue porque rompió una taza, y aunque el gato también rompió una, nada le hicieron. Otra vez fue porque no quería comer; pero cuando su papá rechazaba la sopa, la madre nada más suspiraba. Ayer en la tarde fue porque salió corriendo de la casa.
Chabela apresura el paso y cuando entra en su vivienda comprueba que sólo el gato la mira. Respira con alivio y se dirige a su rincón a contemplar sus tesoros: la muñeca de trapo, la canastita, unas piedras, un tecomate. Con parsimoniosa decisión los toma uno por uno y se dirige al cerro. El gato se encrespa ante el sáquese cortante de la niña. Luego, con la falsa resignación del cínico, se dedica a lamerse las patas mientras de cuando en cuando y de lejos mira a su dueña.
El cerro es un montón de tierra del patio. Las hierbas que hacen las veces de árboles se agostan en sus laderas. Y el río que debía refrescar su base cumple apenas con su cometido. Cuando la madre de Chabela lava los trastos, el agua que acarrea a la tinaja, llena después de lejía y desperdicios, viene a aumentar el caudal del río y obliga al tecomate a navegar. La muñeca de trapo reúne entonces en sí misma las cualidades de un aventurero y de una princesa. Cierto que no ve a un lado Asia y al otro Europa, sino el adobe triste de unas casas; pero allá a su frente lleva la carga de ilusiones que Chabela le ha confiado y que bien vale por un Estambul.
Un día naufragó. Su pobre barquilla cedió ante el peso de las piedras. No pudo llevar la carga valiosa de lajas y pedruscos a bahía segura, al charco tornasol que ostenta la clásica suciedad de todos los puertos.
La niña no lloró entonces. Tomó la empapada muñeca entre sus manos, le pegó y le dijo muchas veces: ¡muchachita ésta! ¡Tonta, tonta! En ese naufragio perdió Chabela también unas monedas que la señorita buena le había regalado. Sólo las lombrices conocían el lugar donde la niña guardaba su dinero: entre el cerro y la pared de adobe. Pero el afán de saberse rica la indujo a exhibir de una vez sus opulencias y de embarcarlas en el tecomate. Y cuando, después de regañar a la culpable, se dedicaba a rescatar sus cosas, la madre la sorprendió y le decomisó el dinero. —Me hace falta, hija. Después te lo doy—. Ese después nunca llegó. Volvió la señorita. Le dio otras monedas y dulces. Uno y otro día. Pero ni ayer en la tarde ni hoy se detuvo y nada le regaló.
Chabela renuncia a jugar al barco. Abandona su muñeca. Hace a un lado canasta y piedras. Y suspira. Descubre de pronto al gato, que la está mirando. Corre hacia él y le jala la cola una y otra vez, sin soltársela. El felino gira sobre sí mismo y trata en vano de arañar las manos que lo atrapan. Maúlla lamentablemente. La niña sonríe.

Está haciendo de prisa el quehacer. Tendiendo por encima las camas y barriendo un poco. Tiene que ir a misa de siete y le queda poco tiempo. Por fortuna, Eloy se fue. Vale más que no hablen, por ahora.
El sábado lo estuvo esperando hasta las cuatro de la tarde. Tuvo que darle de comer a Chabela. Ella siguió aguardando. A cada rato se asomaba a la puerta de la casa de vecindad. Y Eloy no aparecía.
Como todos los hombres Eloy tomaba de cuando en cuando. Rayaba los sábados y se iba con los otros albañiles a una pulquería. Su mujer no le hacía reproches por ello. Bastante trabajaba el pobre toda la semana. Por lo demás, Eloy no tomaba hasta perder el sentido ni tiraba la raya. Llegaba a comer como a las tres, alegrito nada más, y entregaba a María el gasto de la semana. Y luego se echaba a dormir mientras ella alzaba la mesa y se ponía a planchar hasta la noche.
Los domingos iban a Chapultepec o al cine. A Chabela le gustaba más Chapultepec. Se contentaba la niña con mirar los animales y comer algún dulce. En el cine se dormía. E indistintamente en los brazos del padre o en los de la mamá, retornaba a su vivienda.
María nunca se había quejado de su suerte. Era su suerte, sin más. Todos los días se levantaba temprano, regaba el suelo de su vivienda, echaba tortillas, calen- taba el café y los frijoles. Y cuando Eloy se iba a la obra y Chabela estaba jugando ya en el patio, se iba al mandado. Y regresaba a hacer la comida. Y con la niña pegada a su falda iba a llevarle de comer a Eloy. Y por las tardes lavaba. Despojaba de cal y de pintura los pantalones rudos y las camisas ralas de su hombre. Luchaba contra la grasa de sus propios delantales y a lo largo de un mecate desplegaba los minúsculos y abigarrados vestidos de Chabela. Y después planchaba. Y hacía la cena, tenaz reproducción del desayuno: tortillas, café, chile y frijoles.
Sólo cuando se tendía al lado de Eloy, su corazón vibraba. Y la paz que al sentirlo en ella la invadía, la compensaba de todos los cansancios y de todas las penurias. Cuando nació Chabela, estuvo muy mala. Le dijeron allá, en el Hospital, que no volvería a tener hijos. No le importó. Más, se alegró por ello. No habría otros pequeños con quienes repartir la de por sí escasa raya de Eloy.
Muy pocas veces éste la maltrataba. Sólo cuando venía más tomado que de costumbre. Entonces le pedía a gritos la cena, y la insultaba si no se la servía con rapidez. Y si estaba muy caliente el café, le pegaba. Y si estaban fríos los frijoles, le pegaba. Y si estaban duras las tortillas, le pegaba. Era el pulque, desde luego, el que endurecía las tortillas, enfriaba los frijoles y ardía el café. Pero ella no chistaba. Frotaba con disimulo el brazo enrojecido o la mejilla humillada. Esperaba con paciencia que los ronquidos de Eloy la defendieran. Y pensaba en la siguiente noche. Noche de domingo. Sabía que sería distinta. Que dormiría contenta.
Pero ayer, sábado en la tarde, había sido peor. Había habido pleito. Eloy llegó como a las cinco y no tenía trazas de haber tomado mucho. Estaba serio, nomás.
No quiso comer. No se echó a dormir. Y cuando ella le pidió el gasto, estalló:
—¡Vieja tenías que ser! Sólo te importan los pinches centavos. Pues no te daré nada. No te doy nada. Ya estoy harto de darte, y de darte y nomás de darte.
Ella, al principio, se asombró. Luego, tenaz, se puso a exigir. Necesitaba el gasto. Era sábado. Y a los gritos y a las injurias de Eloy sólo sabía oponer un dique: era sábado y ella quería el gasto.
Los golpes esta vez fueron más duros. Pero no fueron los golpes contumaces los que lograron quebrantar su silencio. Fueron unas palabras de Eloy:
—¡Voy a largarme! Y no volverás a verme nunca.
María entonces estalló a su vez en un cúmulo de preguntas y de injurias. Había otra mujer de por medio, de eso estaba segura. Pero ella no iba a dejar, así como así, que le arrebataran a su hombre. —¿Quién es la indina?—. Y ante las negativas de Eloy sólo acumulaba más reproches, más insultos y, por fin, un chubasco de lágrimas.
Termina María de colocar los trastes en el estante de pino. Se quita el delantal al escuchar a lo lejos la tercera llamada a misa. Y sale casi corriendo de su vivienda.
—¡Ándale, Chabela, vámonos!
Pero la niña no responde. La descubre luego, jugando en el charco, como de costumbre. Está llena de lodo y despeinada. No hay tiempo de cambiarla. Decide irse sin ella y le grita:
—Orita vengo. No vayas a salirte, ¿oyites? Si te sales, te pego.
Y echa a andar camino del templo.
Ayer nomás, en la tarde, tuvo que pegarle a Chabela. Eloy se acababa de ir, desasiéndose de los brazos que pretendían retenerlos, con un empellón salvaje. María fue a dar contra la mesa y se hizo sangre en un cachete. Sangre aguada de lágrimas que todavía estaba en su delantal. Se levantó aprisa. Salió de la vivienda. Fue hasta la esquina. Pero quizá Eloy salió corriendo porque no alcanzó a verlo.
Regresó entonces a su pobre morada. De bruces sobre la cama lloró un mal rato. Poco a poco un silencio extraño fue haciendo a un lado el rencor y la pena y abriéndose paso en su conciencia. No oía el chapotear del charco. No se oían los maullidos furiosos del gato. No se oía el quedo y lejano murmullo infantil.
Se levantó bruscamente y buscó a Chabela en la vivienda y en el patio. No estaba. Con una angustia nueva hincada en la mente, salió de prisa a la calle. No vio a la niña.
—¡Dios mío! ¡No la haiga machucado un coche…! ¡Mejor se la haiga llevado Eloy!
Pero Chabela estaba ahí nomás, a la vuelta, parada en la calle, mirando pasar un auto rojo. Y llegó María como un remolino y a rastras se llevó a su hija de regreso a su vivienda.
Estaba segura ahora de que la niña no saldría. Le había pegado bastante. Tanto como Eloy a ella. Más, quizá.
El templo está atestado. El olor a fieles cunde. María no puede rezar. Sólo piensa en Eloy. —¿Dónde andará? ¿Estará con esa vieja?—. Ella, María, tendrá que ponerse a lavar ajeno. Quién sabe si tenga que ponerse a servir. Como su madre, que en paz descansa.
Los pensamientos de María ruedan por una pendiente de pesimismo y de zozobra. Le duele menos perder su seguridad material, al fin tan precaria es, que desprenderse de su hombre. La idea de no verlo más, de no salir más a la calle en su compañía, de no tenderse más a su lado, la llena de un encono frío y agudo. Quiere llorar. Pero pueden verla sus vecinas. Se intrigarán ante su llanto y quién sabe qué dirán después.
De pronto, unas palabras del sacerdote penetran a su mente: “Mas las cosas —dice— que salen del corazón del hombre, ésas son las que manchan al hombre. Porque de lo interior del corazón del hombre es de donde proceden los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones…”
Trata entonces de seguir el hilo del sermón. Algo se dice también de juicios temerarios. De fiarse demasiado de las apariencias. De perdón. A lo mejor Eloy le decía la verdad. Se asegura que los borrachos la dicen. Y él negó tener que ver con otra mujer. Afirmó solamente no tener dinero. Estar cansado de darle el gasto. María comienza a sonreír para sí misma. Si Eloy regresa, le ayudará. Lavará ajeno. Quizá pueda ir una vez por semana a hacer talacha a alguna casa grande. Y podrán seguir yendo los domingos al cine. O a Chapultepec. Y ella podrá comprarse un vestido floreado.
Sale del templo con la cara llena de luz. Tiene que darse prisa. Ir al mandado. Hacer la comida, bañar a Chabela. Bañarse ella misma. Aunque quizá, después de todo, no vayan esta tarde al cine. Frunce las cejas y con disimulo mira un moretón en su brazo.

Despierta con dolor de cabeza, la boca amarga y malísimo humor. El relojito de la repisa marca las seis de la mañana del domingo.
Se voltea contra la pared y se hace el dormido. No quiere hablar con su mujer. No sabe qué decirle. Se acuerda muy bien del pleito. No estaba tan borracho como parecía. Pero la insistencia de María en pedirle el gasto lo enfureció. Y por eso le pegó tanto.
Las mujeres no saben lo que un hombre tiene que batallar para ganarse la pinche vida. Ellas nomás piden y piden. Y si se enteran de que el marido ha perdido la chamba, hacen tanto aspaviento y se quejan tanto, que ya no lo dejan en paz. Están día y noche machaca y machaca sobre lo mismo. Como la mujer de Grabiel, su cuate. Él se lo ha contado. Que ya no la aguanta. Que ni a golpes entiende. Para qué va él, Eloy, a echarse encima la misma lata. Mejor no le dirá nada a María. Que crea lo que quiera. ¡Otra mujer! ¡Qué más quisiera! No es por falta de ganas. La sirvienta de la casa de junto a la obra está muy buena. Pero es criada de casa grande y ha de tener muchas exigencias. Ahí que se la tire el patrón. Si no es que se la tiró ya.
Él se conforma con su mujer. No está tan pior todavía. Y después de todo, es buena. Lo aguanta. Le tiene siempre lista su ropa. Lo da de comer bien. Lo que puede, claro. Pero hace milagros con el gasto. A la mujer de Grabiel nunca le alcanza el gasto. Él se lo ha contado. Los domingos comen rebien. Pero los jueves ya anda Grabiel pidiendo un pinche taco a los compañeros. No entiende por qué Grabiel no larga de una vez a su vieja.
Será por los hijos. Tienen tantos. Crioque ocho. O nueve. Siquiera él no tiene más que una. Hasta en eso salió buena la María: una, para que no digan que son mulas, y ya. Lástima que no fuera hombre. Pero es reviva la escuincla. Y rete zalamera. A él se le hace que lo quiere más que a la nana. Es que él nunca le pega. En primera, es mujercita. En segunda, nunca le da lugar. Su mujer dice que Chabela es muy retobada. Mejor. Pa’ que de grande sepa defenderse. Va a ser bonita. Y le va a sobrar quien quiera llevársela, así nomás. Por eso él quiere que la niña estudie. Que aprenda a ganarse la vida, cuando él le falte. Y que salga de ese medio. Pa’ que se case bien. No con un rico. Pero tampoco con un pobre matacuás como él.
A él y a Grabiel les tocó la de malas. Ya hacía días que andaban diciendo en la obra que el ingeniero la iba a suspender. Él no lo creyó. El ingeniero tenía mucha lana. Era el dueño del terreno. Le convenía acabar pronto, pa’ rentar los despachos. No tenía por qué suspender la obra.
El caso es que ayer sábado, a la hora de la raya, a él, a Grabiel y a otros dos o tres piones les dieron las gracias. Y les dijeron que fueran dentro de ocho días por la raya de esa semana. Que dispensaran, pues. No valieron protestas. El encargado les dijo que él tenía órdenes. Y que pusieran su queja donde quisieran.
Grabiel dijo que eso les pasaba por no estar sindicalizados. Que si estuvieran en la CTM o en el Seguro, el patrón no se atrevería a correrlos así nomás. Que tenían que darles sus tres meses y sus salarios caídos. Y su séptimo día. Y quién sabe cuántas cosas más alegaba Grabiel.
Siempre estaba hablando de los sindicatos y de las uniones y del Seguro. Decía que eran la defensa del pobre. Le brillaban los ojos cuando hablaba de séptimo día y de salarios caídos y de los dotores del Seguro y del Hospital Infantil. Decía que todo eso era muy bueno. Que el Gobierno daba medecinas. Que había tiendas donde todo era barato. Pero el caso es que nomás hablaba. Cuando él, Eloy, le dijo que se sindi- calizaran pues, no supo a dónde llevarlo.
Y él se lo dijo ya nomás de aburrido. Porque ya lo tenía cansado con sus díceres. No porque creyera en lo que Grabiel decía. Él conocía muy bien que con las mentadas cuotas les quitaban mucho de la raya a los trabajadores. Y que los líderes cabrones se enriquecían a costa de ellos. Él conocía bien cómo eran esas cosas. Porque leía los periódicos y veía cómo atacaban a los líderes. Y porque el encargado de la obra le había dicho que no fuera pendejo. Que no se anduviera creyendo de cuentos.
El caso es que ahora está sin chamba. Tendrá que irles a ver la cara a otros ingenieros, a otros encargados, a ver si le dan un trabajito en una obra. Y luego, con tantas obras que deveras están paradas. O tendrá mejor que buscar trabajitos por su cuenta. Reparaciones en casas particulares, como hacía antes. Él puede hacerla de carpintero, de electricista, de plomero. De lo que caiga. Él le entra a todo. Lo malo es que hace mucho tiempo que no va a ver a sus clientes. Tendrá que empezar de nuevo. Esperar que sus conocidos lo recomienden por ahi. Ir viendo dónde hace falta una escobillada, poner un enjarre, resanar una pared o emparejar un piso.
El trabajo es que caiga el primer cliente. Luego, a la vez que está haciendo algo en una casa, buscará otros encargos. Agarrará todo lo que le ofrezcan. Al cabo lo principal es que le den un adelanto y pa’ el material. Ya les irá dando largas a cada cliente y trabajándoles en ratitos a cada uno.
Se da cuenta de que María se levanta y de que empieza a vestir a la niña. Le recomienda a ésta que no hable recio. Lo cree dormido. Quién sabe si después de todo tenga que decirle a María la verdá. Porque a la mejor tiene que empeñar el radio, para irla pasando los primeros días. Ya ella se irá haciendo al modo. Pero orita no le dirá nada. Se hará el enojado. E irá primero a ver qué le resuelve la señora esa que tiene una casa ahi cerca, la que fue a ver ayer en la tarde, por consejo de Grabiel. Luego luego fue a verla. Supo por su cuate que quería que le taparan unas goteras a su casa. Una casa rete fea y rete vieja, como su dueña. Pero ésas son las casas que dan de comer a los maistros desbalagados, como él. Y si le resuelve que sí, ya’stuvo que tuvo algo bueno que decirle a María. Ya no lo molerá tanto.
El sábado en la noche se fue con Grabiel a una cantina. Tomaron de fiado. Había que hogar las penas. Y como maldición, cuando salían de ahí, vieron pasar al ingeniero. Iba en un carrazo, con una vieja muy elegante. Ésos sí la pasan bien. Lo tienen todo: coche, dinero, viejas. Nomás se dedican a botar la lana. No les importan los probes. A la mejor, como dijo Grabiel, les habían quitado la chamba a ellos pa’ poder gastar más dinero en aquella vieja canija.
Quién sabe por qué a unos les toca siempre la de ganar y a otros la de perder. Es un cochino mundo este mundo. Con uno solo de los anillos que traiba aquella güila, podía darles él de comer a sus gentes un año. Y pa’ la falta que le hacía a ella un anillo. En unas cuantas noches lo repondría.
Pero el hilo se revienta siempre por lo más delgado. Capaz que lo llevaban a la cárcel y lo dejaban ahi pudriéndose un año. O quién sabe cuánto.
Decide por fin levantarse. El agua fría que refresca su cara también limpia su mente de amargores y malos pensamientos. Mientras espera, y luego mientras toma el desayuno, juega con Chabela. No quiere hablar con María ni de relajo. Y sale en seguida.

El sol tempranero, con su descarada alegría, le echa en cara de pronto su pobreza y su inestabilidad. Y el encono le muerde las venas como insecto. No escucha el canto de los gorriones ni disfruta el frescor del aire. Echa a andar y con sus pies levanta una tenue polvareda.
Este frío de la madrugada puede ser el culpable de que el motor no arranque. A lo mejor debió hacer revisar el coche. De cuando en cuando emite ruidos raros. La marcha se mata. Un día de estos se va a quedar tirado en la calle. Debió traerse el Ford de Betsy. Pinche vieja. No se lo hubiera soltado. Cuándo. Además, si llegaba con el Ford a su casa, su mujer menos lo dejaría entrar. Ya lo conocía, la muy.
Al fin el motor se pone en marcha. El ingeniero Fuentes recorre aprisa calles muy conocidas para él. Antes, esta avenida era de dos sentidos, y él vislumbraba de cuando en cuando y de ida y vuelta, aquellas casas feísimas que la flanqueaban. Más que una indignación profesional ante el hecho absurdo de que aquellas construcciones se mantuvieran aún en pie, lo invadía una leve nostalgia entreverada con asco. Como debieron ser en sus buenos tiempos, esas casas le recordaban la suya, la de su infancia. Pórtico de escalinata y columnas que pretendieron ser jónicas. Dos pisos con insolentes ventanas francesas y un tejado de dos aguas, al estilo inglés. Jamás entendió esa mezcla tonta de estilos que, sin embargo, correspondía tan nítidamente a la confusión de que su hogar estaba impregnado. Una moral ñoña y rígida volando siempre en las palabras: admoniciones, reproches, súplicas. Y un egoísmo fiero reptando en los hechos: indolencia, mentira, codicia. Pero era su casa. Todo lo que él tuvo, si alguna vez tuvo algo, porque ahora…
La decisión de Betsy en el sentido de terminar sus relaciones con él colmó la medida. Nadie le quita de la cabeza que lo que a ella le pasa es que presiente que ya no podrá darle más alhajas, más pieles, más dinero. Dios, si por esa pinche vieja se ha quedado en la calle. Y ahora quiere botarlo, como a un limón exprimido. Claro es que ella es joven y bonita y que él, claro, está un poco calvo, un poco barrigón. Pero todavía las puede, cómo de que no. Pero ella lo mandó a la tiznada. Y sin regresarle ni la casa, ni el coche. Nada. Para qué habrá puesto todo a su nombre. Cómo se lo va a quitar ahora. Tendrá que ver a un licenciado. Porque Betsy, por las buenas, no quiere. Dice que bastante le dio. Que su juventud, que sus mejores años. Que están a mano. Que se vaya y no vuelva. Sabe Dios cuántas veces lo haría pendejo en esos años. Ni modo de estarla vigilando siempre. Y ultimadamente, que se vaya a la chingada.
La que deveras lo trae con el zapato lleno de piedritas es su mujer. La muy. Como ella es la de la lana, y como descubrió lo de Betsy, le levantó la canasta. A la carrera mandó por su licenciado y le dijo que cancelara la cuenta mancomunada. Y quién sabe cuántas cosas más haría. La cara que pondrá el lunes, cuando vea que ya queda muy poco. Le pedirá cuentas otra vez. Él le anticipó que había habido pérdidas. Y ella, haciéndose la chistosa, le dijo que nomás una, pero sin acento: una perdida. Y puede que sí lo sea. Pero ya no va a pensar tanto en Betsy. Qué le importa. Si mujeres es lo que sobra en el mundo. Habiendo lana. Lo malo es que ya no hay.
Tuvo que parar la obra porque deveras ya no pudo afrontar los gastos. Bueno, no pararla diatiro, pero casi. Despidió a unos cuantos peones, entre ellos ese Gabriel, que ya se estaba poniendo pesado con que ya quería su contrato y entrar al Seguro. Claro que pronto tendrá que hacer las cosas en regla y puede que hasta le salga mejor, porque tantas mordidas a los cabrones inspectores le están costando ya mucho. Y quién sabe cuánto se clave el encargado, de paso. Pero ese Gabriel le caía mal. Era peor que los demás, con los aires que se daba. Como si esos imbéciles pudieran salir alguna vez de pericos perros. El Gobierno los quiere hacer gentes, pero es inútil. Ahí está ese Eloy: un inconsciente. Lo acaban de despedir y ya anda borracho, junto con su contlapache. Él lo había visto, esa misma noche, cuando pasó con Betsy por aquella cantina de mala muerte. La manía de Betsy de andar por los barrios donde vivió de chica. Bien dicen que la cabra siempre tira al monte. Aunque tuviera casa y carro y buena ropa y alhajas y todo lo que él le había dado, hasta el nombre —ese Betsy de los buenos tiempos—, no dejará nunca de ser una muchacha corriente. Se había graduado en Comercio. Él la sacó de la oficina de un arquitecto, primer empleo que ella había conseguido. Y así como cambió su vulgar Chabela por el cariñoso Betsy, así había tratado de hacer de ella una señora. Para qué. Para que le pagara en esa forma tan cochina. Pero ya no va a pensar tanto en ella.
El verdadero problema es su mujer. Mira el reloj: ¡chispas! Ya son las cinco de la mañana. Mañana de domingo. Domingo que él debería pasar tranquilo, feliz, en casa de Betsy. Hacía mucho que su mujer se había resignado a que él fuera todos los fines de semana, o casi todos, a inspeccionar obras. Aquí y fuera de México. Cuáles obras. Si se pasaba el tiempo con Betsy. Hasta que… ¿Cómo se enteró su mujer? Eso es lo que le intriga. Y la escena que le hizo. Dios santo. Que si ella siempre le había sido fiel. Que si era incapaz de. Como si fuera lo mismo. Él es hombre. Y casado no quiere decir capado. Además, Etelvina está tan amolada desde hace años. Gorda, arrugada, siempre quejándose. Y ni siquiera había servido para darle hijos. Por qué no se cuidan las mujeres, pues. Y ultimadamente, aunque se cuiden. En la variedad está el gusto. Además ella ¿no lo tiene todo para ser feliz? Criadas que le sirvan, amigas con quienes jugar canasta y cotorrear. Vestidos, joyas, pieles. Salón de belleza cada tercer día. No hace nada. Claro que con su propio dinero. Pero. Él tiene que lidiar con maistros y piones e inspectores. Al carajo. A la tiznada quisiera mandar todo.
Con tal de que a Etelvina se le olvide lo de Betsy. Que no insista en divorciarse. Le propondrá una segunda luna de miel. En Acapulco. Quién quita y allá encuentre él algo bueno. Una que no sea tan avorazada como esta Betsy del demonio. Qué bueno: Etelvina tiene apagada la luz. De seguro está dormida. Él va a entrar en la casa. Cómo de que no. Su mujer lo corrió. Le dijo que no regresara. Pero ya parece. Además, no tiene a dónde ir. Ni cien pesos trae en la bolsa. Claro que tendrá que apechugar y hacerle el amor a Etelvina, para conjurar de una vez la catástrofe. Pero, viéndolo bien, ahí será otro día. Está que se muere de sueño. Y la verdad, con su propia mujer. No, qué diablos.

Ha dormido un poco. Dormitado, a ratos. Pero es más lo que ha estado despierta esta noche, entre sábado y domingo. Lo que hizo en la tarde la tiene anonadada, feliz y arrepentida a un tiempo. Sabía desde hacía tiempo que existían esos lugares, disfrazados de salones de belleza. Y que ahí había muchachos. Se indignó cuando lo supo. Qué perversión, Dios mío. Ya era peor que en París. Tita, la ex condiscípula que le contó eso, le juró que ella jamás había ido, que se lo habían contado, nomás. Pero le dio una dirección, como quien no quiere la cosa. Y después, cuando estaban jugando canasta, sacó de nuevo el tema, ante la curiosidad disfrazada de escándalo de las otras dos. Y dijo Tita que viéndolo bien a eso tenía que llegarse. Que la infidelidad de los maridos ya era insufrible. Que además a muchas esposas ellos ni siquiera. Que cómo se iban a aguantar pues. Que en estos tiempos las mujeres ya tienen los mismos derechos que los hombres. Las otras gritaron, se rieron, se enojaron. Hicieron grandes aspavientos. Le aconsejaron a Tita que ni de chiste dijera eso. No fuera a pensarse. Y Margot, la más inteligente, la calló diciéndole que igualdad de derechos no quiere decir igualdad de perversión, de vicio, de. Tita se encogió de hombros y se llevó el pozo, con un par de cuatros. Margot había lanzado triunfante un cuatro, creyendo que era el último que quedaba. Y ya ninguna habló esa tarde. Ni de los salones de belleza ni de esos muchachos.
Había sido hoy apenas. Bueno, ayer sábado, porque ya es la madrugada del domingo. Etelvina recordó esa charla. Y la dirección. Qué día este sábado, Dios mío. Estaba en la mañana muy quitada de la pena regañando a la cocinera porque no habían cambiado el tanque de gas, cuando sonó el teléfono. Fue en persona a contestar. —Bueno. —¿Está el ingeniero Fuentes? —¿De parte de quién? —De su casa. —¿De su casa? ¡Cómo de su casa! Si está hablando a su casa, ¡idiota! —De su mujer, entonces. —¿De su mujer? ¡Y dale! Está hablando con su esposa, entiende. —Bueno, de su otra mujer, entonces, ¿entiende usted ahora?—. Se quedó Etelvina en suspenso. La otra voz siguió: —Dígale de arte de Betsy, de su mujer, que es urgente que venga a la casa. Que aquí le dejaron unos papeles—. Otra pausa. —Y por si usted, señora, cree que esto es una broma, y no le quiere decir nada al ingeniero, le daré la dirección—. Y nombró una calle y dio un número. Y colgó.
Etelvina, con manos repentinamente frías, dejó caer la bocina. Tenía la boca seca. Llamó a la recamarera. ¿Habría oído por la extensión? Tal vez no. Tenía una cara inocente y despistada. —Prepárame un jaibol— ordenó. Y luego: —Y dile a Jaime que saque el coche. Voy a salir en seguida.
Mientras tomaba el jaibol y fumaba un cigarro y se vestía y se acicalaba, Etelvina agotó in mente su repertorio de epítetos injuriosos. Los dirigía ora a su marido, ora a la otra. Por instantes sin embargo dudaba. A lo mejor era una broma. A lo mejor esa dirección no existía. Cuando se la dio a Jaime la cara de asombro primero y luego de culpa que puso el hombre, le trajo la primera certeza. Conque el chofer sabía. Cuántas veces habrá llevado a la otra en este coche. En su coche. Imbécil. Poco le iba a durar el gusto. Lo correría, iba a ver. Y llegó a la casa. Se bajó y tocó.
Un chamaco se acercó y dijo: —No están. La señora acaba de salir y el ingeniero no ha venido todavía—. Etelvina señaló un Ford rojo: —¿Cómo que no están? Y, ¿ese coche? —Es el de la señora. Pero salió a pie, aquí cerca. Si gusta esperarla. El ingeniero trae otro. Un Volkswagen… verde, sí. Pero sepa dónde lo guarda—. Y sin que nadie se lo preguntara, añadió: —La señora Betsy es muy bonita, mucho más joven que el ingeniero. No tienen niños, pero… Etelvina le dio la espalda y subió al coche. Alcanzó a ver, de reojo, que el niño le sacaba la lengua.
De vuelta en su casa, se encerró en su cuarto. Se negó a comer, a contestar el teléfono, a escuchar recados. Fumaba cigarro tras cigarro y no dejaba de pensar en la otra. Betsy. Joven. Muy bonita. Con coche nuevo. Y casa propia. Con el dinero de ella, de Etelvina. Pero eso iba a acabarse. Se los quitaría. Cómo. Mañana, no, el lunes, hablaría con el licenciado. Y se divorciY por de pronto, cancelaría la cuenta en el banco. ¿Qué horas eran? Las doce y media, y en sábado. Apenas. Antes de que otra cosa suceda. Y habló con el gerente del banco, y con el licenciado. Ni un centavo para su marido, ¿entendían? No fuera ella a morirse y aquélla a heredarla. Bastante había robado ya. Que lo supieran. No le importaba. Y llegó el licenciado y firmó ella unos papeles: cartas al banco, un poder, un testamento. Y una demanda. Y se quedó un poco tranquila. En dos horas el licenciado había arreglado lo principal. Ya podía venir su marido. Y llegó Romualdo. Y ella le dijo todo a gritos. Y lo insultó y lloró. Y lo amenazó. Y el muy cínico admitió todo. Sólo decía: —¿Qué? ¿Te has visto bien al espejo? Con todos tus tintes y tus pinturas y tus masajes eres una vieja, ¿sabes? Una vieja. Cómo quieres compararte. Si a ti, nadie. Ni con todito tu dinero. Y no necesitas correrme. Yo me largo—. Y salió dando portazos.
Si a ti nadie. Ni con todito tu dinero. Por eso fue allá. Por eso hizo lo que hizo. Y, la mera verdad, fue emocionante. Él era vulgar; pero guapo. Y joven. Y le dijo que ella representaba apenas unos treinta y cinco años. Y sintió Etelvina cómo en realidad diez años de su aburrida existencia caían al suelo como un indumento ajado y sucio que es de plano descartado. Y se halló en cambio revestida de un ropaje flamante, tibio y sedoso. Fue un estreno, deveras. Nunca, en sus once años de vida conyugal, había ella sentido. Y cuando recordaba, volvía a sentir. Casi. Y aunque la otra persistiera en estrujar de nuevo sus recuerdos, los gozosos sentidos de Etelvina la ponían en fuga.
Es claro que le costó su dinero. Pero había sido en forma tan indirecta, tan delicada. Como quien de antemano paga un permanente, un manicure o un masaje. Nada. La ilusión persistía. Y las sensaciones. El dinero es lo de menos. Aunque, sí, el dinero. Pero, viéndolo bien, ¿no es asimismo el dinero lo que procura a Romualdo su otra casa, su otra mujer, su otra vida placentera? A poco aquella mujer bonita y joven va a quererlo por sí mismo. Calvo y barrigón. Malcriado y déspota. Claro que ella le dirá que todavía es atractivo o, al menos, que a ella le gusta como es. Como a ella aquel… aquel muchacho le dijo. Mentiras. Todo son mentiras. Y se echa a llorar sin remedio.
Si Tita la hubiera visto. Si Margot supiera. No, qué vergüenza. Nunca volverá allá. Le bastará el recuerdo. La certeza. Tal vez algún día de otro modo. Y se anima, de pronto. ¿Por qué no? El marido de Tita, sin ir más lejos, siempre le está echando flores. Que si el tiempo no pasa por ella. Que si es tan elegante, tan distinguida. Y él nada feo está. Mucho mejor que Romualdo, eso que ni qué. Está Tita de por medio. Pero. Alardea de ser tan moderna, tan civilizada. Seguramente ni le importaría. Irá con ellos a Acapulco. Acaban de invitarla hace poco. Y ¿si Romualdo no regresa? ¿Si se queda a vivir con la otra? No puede. Con qué va a mantenerla. Por de pronto hay que guardar las apariencias. No le gustaría a Etelvina que la compadecieran. Vigilará a Romualdo, no le dará otra oportunidad para que dilapide su dinero. Pero fingirá que lo perdona, que se reconcilia con él. De palabra nomás. Porque lo aborrece. Porque ella nunca olvidará. Porque todo su mundo de moral segura, de rutina prevista y de tranquilo aburrimiento, hecho añicos en el lapso de unas cuantas horas, pesará sobre su mente por lo que le reste de vida.

Cercada por abandono cierto y por remordimiento inseguro, mira el reloj: son las cinco de la mañana en punto. Apaga la luz.
Tal vez la señora Etelvina esté tranquila y cómodamente dormida en su cama mientras que ella sólo da vueltas en la suya y no puede, aunque quisiera, descansar. Y tal vez no. Es posible que la señora esté esperando a Romualdo aunque son ya las cinco de la mañana. Que esté dispuesta a hacerle otra escena cuando llegue. Pobre hombre, después de todo. Dos cortones en un solo día. Aunque a lo mejor Etelvina no piensa divorciarse deveras. Ya está grande. No tiene hijos. ¿Qué va a hacer, sola? Puede ser que se reconcilie con él. Bueno, allá ellos. Ése es su problema. Ella, ha resuelto el suyo. Ya tiene vendida la casa sin que Romualdo siquiera lo sospeche. Y el lunes a primera hora se cambiará. A un edificio al otro extremo de la ciudad donde difícilmente va a encontrarla, si es que la busca. Si Etelvina lo deja.
Tuvo que hacerlo. Después de mucho pensarlo, se convenció de que la señora tenía que enterarse de la doble vida que llevaba su esposo. Ésa era la única forma en que Romualdo la dejaría en paz. Ya no lo soportaba. Tan déspota, tan malhablado. Sudando siempre y resoplando. Y con sus tremendos celos. Ella tiene derecho a vivir, qué caray. Todavía es joven. Y bastante lo aguantó ya. Por eso le habló a Etelvina. Pensó que un anónimo, aparte de ser una fea cosa, no iba a ser tan efectivo. Y aleccionó luego a Panchito y le dio una buena propina. Presenció toda la escena desde la ventana de la recámara. Hasta el susto se le quitó. Le dio risa, deveras, ver cómo Panchito le sacaba la lengua a la señora. Ella no la odia. Le tiene envidia. Tan rica, tan decente. Teniéndolo todo en la vida para ser feliz. Desde chica. Sin saber lo que es miseria, lo que es andar buscando trabajo y andar defendiéndose de los hombres. Respetada por todos. Mientras que ella es casi una cualquiera. La otra, en el menos malo de los casos. Con un nombre y una situación prestados. Sin amistades verdaderas, sin afectos. Traicionada desde muy joven. Cuando creyó que había llegado el final de sus sinsabores, éstos comenzaban apenas. Romualdo la engañó. No le dijo que era casado. Más: lo negó. Y le prometió matrimonio. Sólo cuando las cosas no tuvieron remedio le confesó la verdad. Qué podía hacer ella entonces. Tuvo miedo de quedarse sola y con un hijo. Sin empleo, sin nadie a quien recurrir. Hacía poco su madre había muerto. Creyó en el amor de Romualdo porque no tenía otra cosa en qué creer.
A lo largo del tiempo lo fue conociendo y penetrando en su amargo cinismo, en su pobre vanidad. Ni siquiera se dio cuenta nunca de que era él, no ella ni Etelvina, quien era estéril, incapaz de tener hijos. Decía que qué chistoso, que las dos le hubieran salido vanas. Como nueces sin fruto. Ella sabía por un médico que estaba perfectamente sana. Como a no dudarlo lo estaba Etelvina. Pero ésta seguramente jamás tendría oportunidad de saberlo. O si lo sabía ya jamás sería madre. Porque el tiempo no corre en vano.
Puede ser que la señora Etelvina no sea tan feliz. Nadie, estando atada de por vida a un hombre como Romualdo, podría serlo. La compadecería si la conciencia no le remordiera. Porque a veces piensa que todo lo que tiene se lo ha robado a ella. Que por lo menos es cómplice del que la ha robado. Pero para qué tener escrúpulos. Lo caido, caido. Y ella bien que se ha ganado la casa, el coche y las alhajitas. Con su juventud sacrificada, con los celos y malos tratos de Romualdo, con la maledicencia de que ha sido constante objeto.
Qué dirán cuando me vaya no importa lo que digan el carro vendrá mañana temprano mañana todo el día empacar no llevarse lo que no sirva la mamá de Panchito a lo mejor se ofende mejor lo dejo tirado lo dejé claro antes que me dejara cuántas veces vino tomado oliendo a perfume no le bastaba pero al cabo ahora ya no en el coche puede llevar cosas y cuántos días para arreglar mi departamento cuántos días siempre he estado sola sola necesitaré quién me ayude la mamá de Chabela Eloy está sin chamba cómo me miró anoche los hombres son iguales no quiero hombres serán seguras las cédulas los bonos hipotecarios cuánto no me va a alcanzar puedo vender el coche no el coche no el coche quería llevárselo está asegurado serán seguros cuánto los bonos no gastar mucho vestidos tengo empacar temprano domingo y si viene.
Ay, si viene. No, no. Etelvina no va a dejarlo. Que no lo deje. Según lo que le contó Romualdo se enojó deveras. Le dijo que le había hablado al licenciado que para que él ya no pudiera agarrar ni un centavo. Y lo corrió. Y él sabe bien que sin el dinero de su mujer no va a vivir. Tiene que contentarla. Pero y si mientras quiere volver con ella. Y vender el coche. Y quitarle las alhajitas. Bien claro le recordó ella que todo estaba a su nombre. Pero él amenazó con ver a un licenciado.
Pero eso será hasta el lunes. En domingo no puede hacer nada. Pero si viene a rogarle. O a hacer un escándalo. Si Etelvina no lo recibe… ¿Qué horas son? Casi las seis y media. Ya sería tiempo de que estuviera aquí, si hubiera regresado. No, ya no regresa. Y mañana será otro día. Ella le picó el amor propio. Le dijo: ni te pongas tan furioso que al cabo al rato vas a regresar con la cola entre las piernas porque tu mujer no te va a dejar entrar a su casa. Y él gritó: ¡es mi casa! Qué te has creído.
Para qué se lo dije hoy hubiera esperado el domingo en lunes a fuerza está más ocupado y si viene pues que venga mejor no empaco que se lleven todo como sea mejor me voy todo el día a donde el departamento y ahí qué hago sin muebles Chin… viejo maldito si me hace un escándalo lo mato le pego él me pega ya quiero estar lejos ya es de día voy a levantarme a empacar a levant… A lev.
Trae unas reatas en la mano. Y no carga los muebles. Se me queda mirando. Cómo va a llevarse todo. Se me acerca. Es Eloy. Va a pegarme. A amarrarme con las reatas. No puedo moverme. Me estoy sumiendo en la tierra. Las tablas rotas se encajan en mis pies y en mis manos. Las ratas corren y juegan con mis anillos y mi prendedor. Los dejan regados. Voy a recogerlos y sólo encuentro piedritas. Una canastita y una muñeca de trapo. Corro detrás de Eloy. Cómo pesan las tablas. Hay muchas cajas, muebles. Grandes y que brillan. Y no le encuentro. Chabela está llorando. Me acerco a ella. Viene Eloy y se la lleva. Estoy adentro de una caseta de teléfonos y afuera llueve mucho. Le hablo a Panchito. Que me abra. Pero él me saca la lengua. Él y Chabela se ponen a rayar el coche y se ríen. De repente lo voltean y se meten a navegar en él, en un río sucio. Y yo no puedo salir de la caseta. Y vienen muchos hombres con reatas y cargan la caseta y se la llevan. Y yo los miro irse. Y las ratas vuelven. Están vestidas. Parecen muñecas. Y se ponen a jugar a la comidita. Ya voy a levantarme. Qué día es hoy. Domingo. Y hace mucho sol. Debe ser tarde. Es increíble. Son apenas las seis y media de la mañana. Me quedé dormida un rato.
Decide levantarse. Va a hacer un café. Qué chistoso. Soñó a Eloy. Nunca ha hablado con él. Lo conoce porque es el papá de Chabela. Su tocaya. Porque trabaja en la obra que dirige Romualdo. Bueno, trabajaba. Porque Romualdo lo despidió. Qué irán a hacer ahora. Su padre también era albañil. Y era muy bueno con ella. Nunca le pegaba. En cambio su mamá le daba buenas tundas. Por nada. Y ella se desquitaba con el gato. Vivían en la misma vecindad donde vive Chabela con sus padres. Un día también su padre se quedó sin chamba. Fueron días malos. Ya no la llevaban a Chapultepec. Comían apenas. Su mamá se puso a lavar ajeno. No era mala su mamá. Ni tonta. De mal carácter y apurona, nomás. Pero ayudó como pudo al marido. Y salieron adelante. Y hasta progresaron. Ella estudió Comercio. Parecía que su padre sólo hubiera estado esperando eso para morirse. Al día siguiente de la graduación se cayó del andamio y se mató.
Después de apurar su café, de bañarse y de vestirse, Betsy decide ir a ver a Chabela y a sus padres. Les prestará un poco de dinero por de pronto. Y le conseguirá trabajo a Eloy con el arquitecto Encinas, ése que siempre que puede se le resbala, cuando Romualdo no está mirando. Pobre gente. No quiere que Chabela sufra tanto. Por eso a veces, a escondidas, le da dinero. Es entonces, en esos ratos en que de pasadita la ve, cuando su encono hacia el mundo se derrite. Es como si se ayudara a sí misma. Como si evitara que le sucediera lo que le sucedió. Como si pudiera oír de nuevo el canto de los pájaros y mirar de frente el sol.
Saca el coche y enfila hacia la vecindad donde vive Chabela. A las dos cuadras, al dar vuelta a una avenida, divisa un Volkswagen verde. Su corazón se encoge. Y si fuera Romualdo. Y si la sigue. Tiene que evitarlo. Ahí en la vecindad no la hallará. Ya va llegando. Ya oye las campanas del templo. A Eloy va a darle mucho gusto. Pero ¿y si el arquitecto le cuenta a Romualdo? Y si se empeña en que ella. Y si se enoja. Y si averigua dónde vive, dónde va a vivir. Lo sabría Romualdo y le echaría los perros encima otra vez. Ya está casi frente a la vecindad. Ya divisa a Chabela. No, no puede. Tiene que cambiarse de casa, huir, no dejar rastro. No puede hablarle al arquitecto. Sólo por un instante sus ojos se encuentran con los de Chabela.
El sol de este domingo ha trepado hasta la azotea de las casas y ahora ilumina el automóvil rojo que, deliberadamente, avanza por la calle. Y en el quicio de una puerta ya muy vieja, se recarga una niña.

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