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Minicurso de cuento 13. La violencia.

November 1, 2012

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“Bienvenidos al circo” cartel de la campaña presidencial de Menem en 1989 intervenido por el artista plástico Ral Veroni.

El arte no se puede separar del contexto sociopolítico en el que surge. La corriente literaria que estudiaremos se llama La Violencia. Y, como se darán cuenta, su nombre está plenamente justificado. Los setentas y ochentas fueron una época de represión y pérdida de las libertades para Latinoamérica; prevaleció la tiranía de dictaduras como la de Augusto Pinochet en Chile, Jorge Rafael Videla en Argentina, Aparicio Méndez, en Uruguay, Alfredo Stroessner en Paraguay, Hugo Banzer en Bolivia, Juan Velasco Alvarado en Perú, y Manuel Antonio Noriega en Nicaragua. Todos sus gobiernos fueron caracterizados por las crisis sociales, la violación de los derechos humanos, crímenes de lesa humanidad, miles de muertes y desapariciones, las rebeliones armadas, la censura, el control absoluto del estado.
Para España, 1975 fue el año en que por fin se vió libre del régimen de Francisco Franco, instalado desde 1939.

Nos vemos nuevamente en la necesidad de abreviar la historia, y, aunque en el curso que aquí se documenta estudiamos el cuento hispanoamericano, también de reducirla a la del país en el que vivimos la mayoría de los integrantes del curso, México. Pero, por supuesto, enmarcada en la historia de Hispanoamérica. Imposible separlas.

Avanzamos a la década de los setentas, y continuaremos hasta los ochentas, década en que se afirma el neoliberalismo y el narcotráfico en Latinoamérica.

Después de la represión violenta del movimiento estudiantil de 1968 (relevante en literatura, porque impresionó e influenció fuertemente a los escritores que lo vivieron, y fue tema de gran cantidad de obras) aún hubo otro caso, el 10 de junio de 1971, la matanza de Corpus Christi o “el Halconazo”, llamada así por la intervención de un grupo paramilitar de choque entrenado extraoficialmente por el gobierno después de Tlatelolco 68 para frenar otras posibles manifestaciones estudiantiles.

“Los Halcones” estaba formado por pseudoestudiantes de los denominados “porros”; delincuentes reclutados de las calles o liberados ex profeso de las cárceles, y jóvenes practicantes de artes marciales, contratados en centros deportivos; todos a sueldo y comandados por militares encubiertos. Por su edad y aspecto, Los Halcones se camuflajeaban a la perfección entre los estudiantes. Los militares al mando se hacían pasar por maestros.

El 10 de junio de 1971, el IPN y la UNAM convocaron a una marcha en apoyo a la Universidad Autónoma de Nuevo León, que protestaba por la drástica reducción de su subsidio gubernamental a raíz del nombramiento de su nuevo rector, que apoyaba un sistema en el que maestros y estudiantes participarían en la administración de tal universidad.

La marcha de apoyo a la UANL, que se dirigía al zócalo, fue interceptada por granaderos de la policía, impidiéndole el paso. Los manifestantes quedaron cercados. Entonces se produjo el ataque de Los Halcones, que primero golpearon a los estudiantes con porras y varas de artes marciales, y luego abrieron fuego en su contra, tras proveerse de las armas de alto calibre puestas a su disposición en vehículos estacionados en las inmediaciones.

El saldo oficial fue de 120 muertos, incluyendo a jóvenes heridos que ya habían sido llevados al hospital Vicente Leñero, lugar al que penetró violentamente un comando de Los Halcones, para rematarlos.

Este episodio demostró que la represión aún continuaba, aunque ya no abierta y declaradamente. Luis Echeverría, entonces presidente de México, fue exonerado de toda responsabilidad legal sobre La Matanza de Corpus Christi o El Halconazo -por falta de pruebas- apenas hace tres años, a pesar de que ya había sido declarado culpable en el 2006.

Estaba visto que ahora la represión, era encubierta. La guerra “por abajo del agua” estaba declarada. Algunos estudiantes sobrevivientes de las matanzas de Tlatelolco y Corpus Christi se incorporaron a los movimientos guerrilleros de aquellos años (se cuentan 29 entre 1969 y 1980). Este período de la historia de México es conocido como la Guerra Sucia.

Digo conocido, pero la verdad es que lo es poco por la población en general; la prensa y la televisión compradas jamás difundieron información sobre cientos de opositores políticos “desaparecidos”. Es decir, secuestrados, torturados y posteriormente asesinados.
Estas “desapariciones forzadas” incluyen familiares de los militantes de los grupos guerrilleros. Más de 500 casos se han logrado documentar por organizaciones civiles; el número total se ignora, pues, como era de esperarse, se ha ocultado la información. Hay desapariciones relacionadas con la Guerra Sucia reportadas hasta el 2001.

El gobierno, en la superficie, pretendía que nada sucedía, e incluso daba asilo político a disidentes uruguayos, argentinos y chilenos, y proclamaba su apoyo a la Cuba revolucionaria, y al gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende en Chile.

Por otra parte, trataba de atraer a las masas con medidas como la creación de la UAM y el Infonavit, pero la economía decrecía; la producción nacional de alimentos decayó y se aumentaron las importaciones. Vino la inflación. No había dinero, México era un Estado pobre. Empezó la devaluación sistemática del peso; el déficit de las finanzas públicas llevó a pedir préstamos al Fondo Monetario Internacional. La legendaria deuda externa.

En 1978 hubo un breve repunte tras el hallazgo de nuevos yacimientos petroleros, una vez más se recurrió a pedir prestado al extranjero para que PEMEX pudiera explotarlos, pero en 1981 el precio del petróleo cayó y los intereses aumentaron. Para 1982 la deuda externa era de 59,000 millones. López Portillo recurrió a la nacionalización bancaria.

El comercio ambulante y la migración ilegal aumentaron desmesuradamente. Las protestas y plantones ciudadanos también; ahora la clase media, desempleada y perdidos sus ahorros, se sumaba a los obreros y campesinos en las marchas.

El temblor de 1985 fue el remate de este terrible escenario. El gobierno prácticamente dejó que la población civil se las arreglara sola, su apoyo oficial llegó tarde y fue escaso.

¿Por qué detallo todo esto? Porque la crisis económica golpeó a la población mexicana. ¿Qué sucede cuándo no hay dinero, ni empleos (el período gubernamental de Miguel de la Madrid se caracterizó por la altísima tasa de desempleo)? Aumenta el crimen y la violencia. En los 80’s y 90’s se afianzó el tráfico de marihuana, cocaína y otras drogas hacia Estados Unidos.
Empezaron a ser frecuentes y escandalosos los secuestros y los robos. La delincuencia se disparó, en suma. Ya sabemos todos cómo está la situación al presente.

La literatura, como todo arte, empezó a recrear la época que se vivía. Surgió así la corriente “La violencia”. De hecho, las imágenes que acompañan este artículo, son parte de una exposición de artes plásticas y escénicas titulada “Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años ochenta en América Latina”, inaugurada recientemente en el museo Reina Sofía de España. La muestra inicia en 1973, año en que inició la dictadura militar de Augusto Pinochet en Chile, y finaliza en 1994, año en que surgió el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en México.

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“España aparta de mi este cáliz” de Adolfo Cornejo.

Los escritores, lo mismo que los artistas plásticos y visuales, estaban comprometidos con los movimientos revolucionarios, como el cubano, el chileno y el nicaragüense; no olvidaron su estilo o temas habituales, pero incluyeron en su obra referencias a la realidad social y política; describían en sus cuentos o novelas la violencia vivida dentro de las guerrillas, y criticaban ampliamente a la sociedad de consumo, al materialismo imperante a pesar de las crisis económicas, a ese afán de poseer que juzgaban generador de más violencia.
Los artistas se alejan de lo que consideraban las trivialidades juveniles clasemedieras de la literatura de la onda, y vuelven la vista nuevamente a la clase baja.

Cito sobre esto, a Seymour Menton:

“… la cuentística postondera de México se caracteriza por su menor grado de literariedad y su mayor grado de documento o testimonio social. Las distintas formas de experimentación de escritores como Borges, Cortázar, Arreola y Agustín se rechazan en favor de un tipo de neonaturalismo. Sin pelos en la lengua, los nuevos cuentistas hurgan en las capas más bajas de la sociedad para revelar directa e impasivamente las condiciones de vida y las actividades de los que no están compartiendo los frutos de la modernización.”

Pongo como ejemplo, de este lenguaje “sin pelos en la lengua” y sin ningún tipo de rebuscamiento estilístico, extractos de “Ratero”, cuento de Armando Ramírez.

“Pero con dureza en sus gestos y en su voz las repelió el “tira” de nariz de cotorro…”

“… y su cabeza con sus pensamientos revoloteándole ahí adentro de su ser…”

“Un diente había caído cercas de los pies de Ratero que ahora se apellidaba Asesino (…para servir a usted…).”

” Después un vaho frío, helado y más después nada…”

Armando Ramírez nació en 1951 en el barrio de Tepito de la ciudad de México. Su escritura llena de los errores sintácticos del hablante inculto, fue calificada por Margo Glantz como un tipo de Literatura de la Onda, pero “naca”.
Sería interesante una reflexión sobre el uso y definición del término “naco”. Pero será en otra ocasión. Personalmente , admiro a Armando Ramírez, nacido en el barrio de Tepito de la ciudad de México, publicó su primera novela, “Chin, chin el teporocho” a la edad de 19 años, y desde entonces ha sido un autor prolífico, con obras como “Crónica de los chorrocientos mil días del barrio de Tepito” ,” El regreso de Chin Chin el teporocho en la venganza de los jinetes justicieros” “PU, violación en Polanco” y “La noche del Califas”. Su libro más reciente, “Fantasmas”, una mixtura de novela y periodismo, hace un recorrido mágico por el centro de la ciudad de México y nos presenta a los espectros de los personajes de su historia.

Por cierto, pueden ver a Armando Ramírez en el programa Matutino Express de Televisa presentando sus crónicas urbanas y seguirlo en twitter: @uyuyuyy

Sobre su estilo, que captura el lenguaje de barrio, Armando Ramírez dice:

“Mi interés por escribir con faltas de ortografía era en realidad un acto muy consciente de rebeldía contestataria. De decirle a los correctores que no cambiaran los errores porque eran justamente la esencia de las personas. Hay que tomar en cuenta que yo venía del barrio y de la idea de la lucha de clases. De hecho, cada vez soy más provocador de manera consciente.”

Es un exponente de la contracultura. Tendremos la oportunidad de hacer un cuento de la corriente literaria de la violencia, y si gustan, también contracultural. Por supuesto, no todos los escritores de la violencia son como Ramírez, la mayoría escribe con corrección académica. Señalo su caso, por extraordinario. Es la excepción de la regla. Llegados a este punto, es importante que sepan las reglas para poder romperlas a propósito. Que tanto insistir en el aprendizaje de la correcta redacción y sintaxis sirva ahora para que si así lo desean, liberen de ellas a los diálogos de sus personajes neonaturalistas. Los “marginales”, los que viven directa y diariamente la violencia.

En las siguientes entradas reproduciré el cuento completo de Ramírez, “Ratero” y uno más, “Una de cal” de Luis Zapata, en el que el protagonista hace el relato detallado y realista, totalmente carente de dramatismo, de cómo se convirtió en asesino.

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“Manifiesto hablo por mi diferencia” de Pedro Lemebel, 1986.

Mencionar a Luis Zapata es relevante, puesto que en la época de la que hemos estado hablando, la producción artística incluyó manifestaciones feministas, de las que hablamos en el tema anterior, y también manifestaciones pro derechos y libertades de los homosexuales. El escritor Luis Zapata elige retratar realistamente a sus protagonistas homosexuales; los libera de estereotipos y clichés humillantes y degradantes, para presentárselos al lector como personas comunes, tan sencillas o tan complejas como cualquier otra. Él es el autor del célebre “El vampiro de la colonia Roma”.
Claro que Luis Zapata no escribe únicamente a la “literatura homosexual”; su estilo limpio y claro abarca la crónica, la novela (ha escrito casi una docena), el cuento, y el guion cinematográfico y teatral.

Su cuento “Una de cal”, enmarcado en las injusticias sociales y la pobreza de nuestro país, es parte de la literatura de la violencia.

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Los ejercicios prácticos de este tema, la literatura de la violencia, se presentarán en dos fechas a través de twitter; el lunes 3 de noviembre del año en curso, a las diez p.m. hora de México, se podrá participar en la creación de un cuento colectivo por turnos usando el HT #cdec. Y finalmente, a las 10 p.m. del miércoles 7 de noviembre los participantes enviarán un cuento breve dividido en diez tweets seriados y numerados bajo el HT #10alas10.

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