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Minicurso de Cuento 12. El feminismo.

October 23, 2012

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El feminismo.

Después de que el movimiento estudiantil de finales de los 60’s se extinguiera, los movimientos feministas continuaron, y a partir de 1970 y hasta 1985, el feminismo literario coexistió con el Boom. Bajo el principio de la equidad de género en la educación, el trabajo, la vida social (matrimonio, familia, relaciones personales) y participación política, un abundante grupo de escritoras empezó a explorar a través del cuento y la novela, la intimidad de la psique femenina en relación a la explotación y discriminación de que ha sido objeto la mujer en la historia y en la actualidad. Y algunas veces, retrataban los pensamientos de las mujeres que, educadas en el machismo, no hacían sino perpetuarlo inconscientemente.

Otras escritoras prefirieron expresar, con su obra, ese mismo principio de equidad, pero sin hacer una sola mención a él, sino abordando temas de actualidad política y social lo mismo que sus contemporáneos masculinos. Es decir, optaron por demostrar con hechos que ambos sexos poseen la misma capacidad y que no hay división en temas “masculinos” o “femeninos” en la literatura. Ellas se negaron a que su arte fuera encasillado o juzgado de acuerdo a su género. Ya que con tanta participación femenina en las letras, los críticos llegaron a considerar si a ellas había que “medirlas” con otros
criterios estéticos que a los escritores hombres. Me parece que el concepto de equidad de género fue difícil de comprender hasta para ellos. Es un tema complicado aún hoy en día.

Lo que sucedía, simplemente, es que cada quien escribía de acuerdo a la realidad; anteriormente la literatura escrita por mujeres era de carácter muy intimista porque pocas tenían acceso a la vida laboral o política.

El cuento El Gomero, de María Luisa Bombal (que leímos en el realismo mágico) es reconocido por su calidad y la maestría con que conjuga realismo mágico, surrealismo y cubismo. Que el tema fuera la de una mujer sin educación que se siente sola en un matrimonio sin amor es lo que le hace intimista. Más María Luisa Bombal solo retrataba un caso de la vida de su época.

Pero con la cada vez mayor incursión femenina en la vida laboral y política y a su acceso a la educación universitaria, eso ha ido cambiando y las escritoras contemporáneas abarcan todo tipo de temas. Incluyendo, por qué no, sus reflexiones sobre el rol típico que les ha asignado la sociedad y que la misma sociedad espera que cumplan, pese a todo la llamada “liberación”. Todavía hay casos similares al que relata Bombal en El Gomero.

Pareciera que las escritoras feministas no lo son tanto, cuando los lectores notan la abnegación y la mansedumbre de las mujeres que protagonizan sus historias; sin embargo, hay que recordar que las autoras diseccionan la forma de pensar y sentir de las mujeres sin juzgarlas. Saben del condicionamiento histórico que hace pensar a las mujeres así; se limitan a contarlo, a detallarlo con riqueza de íntimos y sensibles detalles.

La lista de mujeres escritoras a partir de los 60’s es muy larga. Por cuestiones de brevedad estudiaremos a las más sobresalientes, según los analistas: Elena Poniatowska, Rosario Castellanos, Elena Garro e Inés Arredondo. A esta selección oficial de la crítica me permito añadir a mi seleccionada personal, María Elvira Bermúdez.

Para ilustrar debidamente la literatura feminista, un fragmento de un cuento de cada una, acompañado de una breve semblanza de sus autoras. Aunque fue difícil escoger tan breve muestra de la rica y extensa obra de estas sobresalientes escritoras, procuré elegir unos con diálogos entre los personajes, y acotaciones del narrador, para que observemos el correcto uso de los guiones al escribir ambas cosas.
Algunos fragmentos de los cuentos nos servirán para señalar más específicamente cuándo y cómo se emplean los guiones en un texto.

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Elena Poniatowska.

El recado (fragmentos)
Elena Poniatowska

“Vine Martín, y no estás.”

“Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda.”

“Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Pienso en ti muy despacio, como si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.”

“Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo.”

“Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor.”

” …Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos -oh mi amor- tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.
Ha caído la noche y ya casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: ‘Te quiero…’ No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo… Quizá ahora que me vaya, solo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine.”

Periodista, novelista y cuentista, Elena Poniatowska, además de desentrañar el alma femenina, se ha dedicado a retratar y analizar la realidad social y política de su país adoptivo, México. Desde hechos tan desgarradores como la masacre de Tlatelolco hasta crónicas de la vida cotidiana de una lavandera. Ha puesto un dedo agudo en la llaga del clasismo, el racismo y el machismo imperante en nuestro país. Ganadora de múltiples premios y reconocimientos, y la única de las escritoras aquí mencionadas con vida, se dedica aún a hacer entrevistas y a escribir, su último libro (tiene más de 40 publicaciones) Leonora, es la biografía de la surrealista Leonora Carrington. También imparte un taller de escritura cada jueves.

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Elena Garro.

La culpa es de los Tlaxcaltecas (fragmento).

Elena Garro.

Nacha oyó que llamaban en la puerta de la cocina y se quedó quieta. Cuando volvieron a insistir abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blanco quemado y sucio de tierra, de sangre.
—¡Señora!… —suspiró Nacha.
La señora Laura entró de puntillas y miró con ojos interrogantes a la cocinera. Luego, confiada, se sentó junto a la estufa y miró su cocina como si no la hubiese visto nunca.
—Nachita, dame un cafecito…Tengo frío.
—Señora, el señor… el señor la va a matar. Nosotros ya la dábamos por muerta.
—¿Por muerta?
Laura miró con asombro los mosaicos blancos de la cocina, subió las piernas sobre la silla, se abrazó las rodillas y se quedó pensativa. Nacha se puso a hervir el agua para hacer el café y miró de reojo a su patrona; no se le ocurrió ni una palabra más. La señora recargó la cabeza sobre las rodillas, parecía muy triste.
—¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas.
Nacha no contestó, prefirió mirar el agua, que no hervía.
Afuera la noche desdibujaba las rosas del jardín y ensombrecía a las higueras. Muy atrás de las ramas brillaban las ventanas iluminadas de las casas vecinas. La cocina estaba separada del mundo por un muro invisible de tristeza, por un compás de espera.
—¿No estás de acuerdo, Nacha?
—Sí, señora…
—Y soy como ellos, traidora… dijo Laura con melancolía.
La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara los hervores.
—¿ Y tú, Nachita, eres traidora?
La miró con esperanzas. Si Nacha compartía su calidad de traidora, la entendería, y Laura necesitaba que alguien la entendiera esa noche.
Nacha reflexionó unos instantes, se volvió a mirar el agua que empezaba a hervir con estrépito, la sirvió sobre el café y el aroma caliente la hizo sentirse a gusto cerca de su patrona.
—Sí, yo también soy traicionera, señora Laurita.
Contenta, sirvió el café en una tacita blanca, le puso dos cuadritos de azúcar y lo colocó en la mesa, frente a la señora. Esta, ensimismada, dio unos sorbitos.”

Recomiendo la lectura completa de este cuento, no solo feminista sino realista mágico. Elena Garro fue una gran escritora cosmopolita; tomando en cuenta la magnitud de su obra, se puede decir que es poco reconocida; se le recuerda más -oh, ironía, el colmo de una feminista- por haber sido la “esposa de”. De Octavio Paz, específicamente, cuyo prestigio la opacó bastante. Su obra más importante, Recuerdos del Porvenir, perteneciente al realismo mágico, nunca alcanzó la fama de Cien años de Soledad de García Márquez, a pesar de que los especialistas la consideran tanto o más buena y profunda, incluso fue escrita antes. Elena fue novelista, cuentista, guionista, coreógrafa, periodista, poeta y dramaturga. Su obra se caracteriza por conjugar hechos históricos verídicos y ficción. Se negó a proyectarse fielmente en su obra; a que sus personajes fueran alter egos suyos; más bien hace lo contrario, ella se deja poseer por ellos. Existe una sutil constante, sin embargo: todos sus personajes femeninos buscan inconscientemente la espiritualidad porque no quieren verse reducidas a mera entidad biológica, a un cuerpo sujeto a los instintos.

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Rosario Castellanos.

Los convidados de agosto (fragmento)
Rosario Castellanos.

“Al despertar Emelina arrojó lejos de sí, colérica, la almohada que había estado estrechando. ¡Lana apestosa, forro viejo, funda remendada! ¿Cómo se había atrevido a sustituir a la otra imagen que aún no terminaba de desvanecerse? Estuvo a punto de estallar en lágrimas; pero la alcoba, invadida de pronto por los rumores alegres de la calle, obligó a Emelina a recordar que era día de fiesta y que esa fiesta era el vértice en que confluían sus ilusiones, sus esperanzas y sus preparativos de un año entero.

Acabó de animarla la entrada de la salera con una charola en que humeaba un pocillo de café recién hecho y un pequeño cesto de pan cubierto con una servilleta impecable.”

“—¿Tú también vas a pasear hoy? —le preguntó Emelina, mientras mordisqueaba una rosquilla chuja.

—Sí, niña —respondió la otra ruborizada—. Ya tengo permiso.

—¿Vas a los toros?

La muchacha hizo un gesto negativo y triste. Sus ahorros no eran bastantes más que para asistir a la kermesse.

—Dicen que los toreros son buenos este año—prosiguió Emelina, indiferente a la respuesta de su interlocutora—. Tienen que lucirse. Porque últimamente no nos mandan más que sobras.

Emelina depositó con cuidado la taza sobre el plato. Recordaba, con una especie de resentimiento, la feria anterior. No es que los toreros fueran buenos ni malos. Es que no habían sido toreros sino toreras. ¡Habráse visto! Los hombres estaban encantados, naturalmente, con el vuelo que se dieron. Pero ¿y las muchachas? Había sido una decepción, una burla. ¡Cuántas, repasó Emelina mientras se limpiaba con cuidado las comisuras de la boca, cuántas esperaron esta oportunidad anual para quitarse de encima el peso de una soltería que se iba convirtiendo en irremediable! Muchachas de los barrios, claro, que no tenían mucha honra que perder y ningún apellido que salvaguardar. ¡Y qué descaradas eran, Dios mío! Andaban a los cuatro vientos pregonando (con sus ademanes, con sus risas altas, con sus escotes) que se les quemaba la miel. Como la Estambul, por ejemplo, que se ganó el apodo a causa de sus enormes ojeras que ninguno admitía como artificiales. O como la Casquitos de Venado, que taconeaba por las calles solitarias, a deshoras de la noche.

—Llévatelo todo —ordenó Emelina a la sirvienta, quien se apresuró a obedecer.

De nuevo a solas, con el estómago asentado por el refrigerio, Emelina se arrellanó en la cama y clavó la vista en el techo. ¡Qué raros le parecían hoy los objetos de los que no recordaba siquiera cuando los había empezado a usar! Esa lámpara de porcelana, con sus flores pintadas y una leve resquebrajadura en el centro . . .

—Cuando era yo una indizuela les presumía yo a mis amigas de que las cadenas eran de oro. Brillaban mucho entonces. Ay, malhaya esos tiempos.

Ahora las cadenas estaban completamente enmohecidas.

—Y es un trabajo delicado limpiarlas. Hay que buscar quien lo sepa hacer.

Desde luego ella no. Era una señorita decente, lo cual la eximía lo mismo de las tareas difíciles que de los peligros a que se hallaban expuestas las otras, las de los barrios, las de las orilladas.

—Todos los años el señor Cura lo repite en su sermón. ¿Qué se sacan con andar loqueando? Que algún extranjero, de los que vienen a la feria, les tenga lástima, se las lleve a San Cristóbal y, después de abusar de ellas, las deje tiradas allá. Y se regresan tan campantes como si hubieran hecho una gracia. Las debían de apalear. Pero los padres, los hermanos son unos naguilones, unos alcahuetes. Más bien son ellas las que se encierran, para disimular un poco, hasta que nace su hijo. Cuando vuelven a asomar no son ni su sombra. Están sosegadas, como si ya hubiera pasado su corazón.

¿Qué hacia ahora la Estambul? Su niño iba a la doctrina y ella regenteaba un taller de costura. No cortaba mal los vestidos, pero tampoco era cuestión de solaparle sus sinvergüenzadas dándole trabajo. No, todavía no la habían sobajado lo suficiente. Tal vez para el otro año le encargaría una blusa.

La Casquitos de Venado no se quedó conforme con San Cristóbal y siguió hasta México, a correr borrasca. Nadie volvió a saber de ella. ¡Qué risa, cuando la vieron regresar a Comitán como señorita torera! El público, al reconocerla, comenzó a chiflar, a exigirle que se arrimara al toro y ella les sacó la lengua y se fue a esconder tras el burladero. Después, como de costumbre, se derrumbó la plaza y en la confusión ni quien se fijara en nada. Después contaron que un finquero la hizo su querida y la mantenía en su rancho. Pero el rumor nunca pasó de rumor.

Sin saber por qué, Emelina se había ido poniendo triste. ¿Cuándo había sucedido eso? Los días son iguales en Comitán y cuando se da uno cuenta ya envejeció y no tiene siquiera un recuerdo, un retrato.

No quería parecerse a su hermana Ester.

Los ojos de Emelina se llenaron de lágrimas. Hay familias donde, no se averigua cómo, entra la saladura. Nadie se casa. Una tras otra, las mujeres se van encerrando, vistiendo de luto, apareciendo únicamente en las enfermedades y en los duelos, asistiendo—como si fueran culpables—a misa primera y recibiendo con humillación el distintivo de alguna cofradía de mal agüero.”

Castellanos llevó la abogacía por los derechos de la mujer de la literatura, al activismo social. La lucha desde su adolescencia por desprenderse del ambiente machista en que nació continuaría toda su vida, llena de altibajos. Su éxito profesional y artístico y labor social contrastaban con su delicada situación personal. Maestra en Filosofía por la UNAM, y con estudios en la Universidad de Madrid, además de novelista, poeta y cuentista, incursionó en la política diplomática y la promoción cultural, pero nunca pudo superar el conflicto interno que le causaba su relación con Ricardo Guerra, su marido.

Su obra es en gran parte autobiográfica. La propia Castellanos se ponía como ejemplo de la abnegación con que las mujeres permiten a los hombres utilizarlas y maltratarlas, autoengañándose con ser correspondidas, y a veces hasta autoengañándose para creer que ellas están enamoradas, como justificación para la pérdida de la dignidad.

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María Elvira Bermúdez.

De encono de hormigas (fragmento)

María Elvira Bermúdez.

“María nunca se había quejado de su suerte. Era su suerte, sin más. Todos los días se levantaba temprano, regaba el suelo de su vivienda, echaba tortillas, calentaba el café y los frijoles. Y cuando Eloy se iba a la obra y Chabela estaba jugando ya en el patio, se iba al mandado. Y regresaba a hacer la comida. Y con la niña pegada a su falda iba a llevarle de comer a Eloy. Y por las tardes lavaba. Despojaba de cal y de pintura los pantalones rudos y las camisas ralas de su hombre. Luchaba contra la grasa de sus propios delantales y a lo largo de un mecate desplegaba los minúsculos y abigarrados vestidos de Chabela. Y después planchaba. Y hacía la cena, tenaz reproducción del desayuno: tortillas, café, chile y frijoles.
Sólo cuando se tendía al lado de Eloy, su corazón vibraba. Y la paz que al sentirlo en ella la invadía, la compensaba de todos los cansancios y de todas las penurias. Cuando nació Chabela, estuvo muy mala. Le dijeron allá, en el Hospital, que no volvería a tener hijos. No le importó. Más, se alegró por ello. No habría otros pequeños con quienes repartir la de por sí escasa raya de Eloy.
Muy pocas veces éste la maltrataba. Sólo cuando venía más tomado que de costumbre. Entonces le pedía a gritos la cena, y la insultaba si no se la servía con rapidez. Y si estaba muy caliente el café, le pegaba. Y si estaban fríos los frijoles, le pegaba. Y si estaban duras las tortillas, le pegaba. Era el pulque, desde luego, el que endurecía las tortillas, enfriaba los frijoles y ardía el café. Pero ella no chistaba. Frotaba con disimulo el brazo enrojecido o la mejilla humillada. Esperaba con paciencia que los ronquidos de Eloy la defendieran. Y pensaba en la siguiente noche. Noche de domingo. Sabía que sería distinta. Que dormiría contenta.”

María Elvira Bermúdez fue de las primeras abogadas mujeres; se desenvolvía tenaz y aguerridamente en las cárceles y los juzgados, entonces territorio casi exclusivamente masculino. María Elvira promovió incansablemente del derecho femenino al voto. Su obra literaria abarca el ensayo de análisis psico-sociológico de la familia mexicana, y la ficción en la que explora con cierto existencialismo, la búsqueda infructuosa de la felicidad, el cuestionamiento sobre la inevitabilidad del destino, la soledad, y el amor. Por otra parte, explota sus conocimientos profesionales de criminología como abogada litigante, en fascinantes cuentos policíacos, que le ganaron el sobrenombre de “la Ágata Christhie mexicana”.

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Inés Arredondo.

Mariana (fragmento)

Inés Arredondo.

“Fue el año siguiente, cuando ya estábamos en primero de Comercio, que Mariana llegó un día al Colegio con los labios rojo bermellón. Amoratada se puso la madre Julia cuando la vio.
—Al baño inmediatamente a quitarte esa inmundicia de la cara. Después vas a ir al despacho de la Madre Priora.
Paso a paso se dirigió Mariana a los baños. Regresó con los labios sin grasa y de un rojo bastante discreto.
—¿No te dije que te quitaras toda esa horrible pintura?
—Sí, madre, pero como es muy buena, de la que se pone mi mamá, no se quita.
Lo dijo con su voz lenta, afectada, como si estuviera enseñando una lección a un párvulo. La madre Julia palideció de ira.
—No tendrás derecho a ningún premio este año. ¿Me oyes?
—Sí, madre.
—Vas a ir al despacho de la Madre Priora… Voy a llamar a tus padres… Y vas a escribir mil veces: debo ser comedida con mis superiores, y… y… ¿entendiste?
—Sí, madre.
Todavía la madre Julia inventó algunos castigos más, que no preocuparon en lo mínimo a Mariana.
—¿Por qué viniste pintada?
—Era peor que vieran esto. Fíjense.
Y metió el labio inferior entre los dientes para que
pudiéramos ver el borde de abajo: estaba partido en pequeñísimas estrías y la piel completamente escoriada, aunque cubierta de pintura.
—¿Qué te pasó?
—Fernando.
—¿Qué te hizo Fernando?
Ella sonrió y se encogió de hombros, mirándonos
con lástima.”

Los temas que abordó Inés fueron muchos y muy variados; pero en todos ellos se nota el debate, la vacilación interna de sus personajes entre el bien y el mal, entre la virtud y el pecado, la pureza y la perversión, entre el respeto a lo sagrado y el deseo de lo prohibido. Ella exploró el lado oscuro de la sexualidad femenina, sobre todo en la etapa de la adolescencia. Sus protagonistas estaban condenadas a no ser, a no existir del todo, si no los completaba otro, el hombre, la pareja. La familia solía ser un nido sofocante, retorcido y hasta incestuoso… de pensamiento o de obra, ya que sin tapujos abordaba el aferramiento paterno a las hijas, y de las madres a los hijos. Esto fue escandaloso, en su época. Sin embargo, era una señal de la liberación femenina también en el ámbito de las artes. De que las mujeres escritoras ya no se limitaban en sus temas, a lo socialmente esperado de ellas.

Ahora analicemos el uso de los guiones en los textos, para distinguir sus reglas.

1. La primera regla (flexible) es usar el guion largo “—” y no el corto “-“. Puede ser que ciertos medios electrónicos de los que usualmente nos valemos para escribir (iPhone, iPad, otros teléfonos inteligentes o tabletas) no los incluyan en sus caracteres. Podemos excusarnos y usar el corto.

2. Siempre, el guion que marca el inicio de un parlamento (lo que dice un personaje) o diálogo (conversación entre dos o más personajes), precede, sin espacio, a la primera palabra del mismo.

Ejemplo:

“—Nachita, dame un cafecito…Tengo frío.”

3. No es necesario poner otro guion para marcar el fin del parlamento. Si se trata de una conversación, se da punto y aparte. Y el parlamento del siguiente personaje inicia con otro guion.

Ejemplo:

“—Nachita, dame un cafecito…Tengo frío.
—Señora, el señor… el señor la va a matar. Nosotros ya la dábamos por muerta.
—¿Por muerta?”

4. Cuando previamente hay un parlamento o diálogo de los personajes, al comentario u observación subsecuente del narrador se le llama acotación. La acotación también va precedida de un guion, sin espacio. El guion nunca va al final del parlamento del personaje. Siempre al inicio de la acotación.

Cuando el parlamento del personaje finaliza con una acotación del narrador, no se pone otro guion después de esta.

Ejemplo:

“—¡Señora!… —suspiró Nacha.”

5. Si la acotación del narrador se encuentra entre dos frases del parlamento del personaje, los guiones siempre se escriben precediendo la primera palabra y al final de la última palabra de dicha acotación, nunca al final de las palabras del personaje.

Ejemplo:

“—Dicen que los toreros son buenos este año —prosiguió Emelina, indiferente a la respuesta de su interlocutora—.* Tienen que lucirse. Porque últimamente no nos mandan más que sobras.”

*Nótese que después del guion finalizando la acotación del narrador, se usa punto. Lo mismo si fuera coma, punto y coma o dos puntos. Siempre van después del guion, nunca antes.
Se respetan todos los signos de puntuación. Lo cual nos lleva a la siguiente regla…

6. Debe figurar un punto de cierre luego de la acotación del narrador y antes de comenzar la nueva oración, aun cuando el parlamento previo del personaje termine con un signo de interrogación, de exclamación o con puntos suspensivos.

7. Esta regla es una excepción (única) a la regla anterior. Solo hay un caso cuando un punto, coma u otro signo de puntuación puede ir antes del guion que encierra la acotación del narrador, y es cuando esta no tiene relación con el parlamento, sino que simplemente, este terminaba con un punto y seguido, y la nueva observación del narrador proseguía.

Ejemplo*:

Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno solo.
“—¿Y mi casa? — le pregunté.
“— Vamos a verla. -Me agarró con su mano caliente, como agarraba a su escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. “Lo perdió en la huida”,** me dije, y me dejé llevar.

*Este fragmento también es del cuento de Elena Garro, aunque no lo incluí.
*Notese que, cuando dentro del parlamento del personaje, este hace una cita (aunque se esté citando a sí mismo) se usan comillas. No se usan guiones dentro de los guiones. Lo mismo pasa cuando el personaje piensa algo a mitad de su parlamento.

8. Esta es una extensión de la regla anterior. Cuando el parlamento del personaje no es tal, sino un monólogo interior, una secuencia de pensamientos, los guiones se usan para marcar interjecciones, y las comillas para citas, igual que en el caso descrito antes.

Ejemplo:

“Todos estamos -oh mi amor- tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos. ”

Bien, la tarea que nos ocupará esta semana será la escritura de un cuento feminista. Tratemos de ahondar en la psicología femenina; en el trasfondo mental y emocional del comportamiento de una mujer. No necesariamente hay que explicarlo, ni hacer una reflexión explícita; basta hacer que el lector lo intuya. Citando a Heriberto Yépez: “los malos escritores develan el oficio de escribir, porque en ellos todo es grotesco, descarado; transparentan aquello que los buenos escritores han sabido ocultar y sublimar eficientemente.”

El ejercicio debe incluir un parlamento o diálogo en el que se utilicen guiones. Consulten las reglas aquí mencionadas.

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