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Minicurso de cuento 8. Cosmopolitismo. C. Surrealismo.

September 13, 2012

Surrealismo.

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Melancolía, Salvador Dalí. 1942.

En un esfuerzo de promover la cultura, usando una red social, el Minicurso de Historia y Práctica del Cuento Hispanoamericano a través de twitter ha estudiado cada corriente literaria desde la aparición formal del cuento en Hispanoamérica, iniciando con el romanticismo.

Es turno de hablar del surrealismo.

Lógica y naturalmente, lo primero que se debe saber del surrealismo (pictórico, cinematográfico, literario, etc) es qué significa su nombre.

Surrealismo es una palabra acuñada en 1917 por el poeta Guillaume Apollinaire (de quien hemos hablado ya en el cubismo, y sobre sus caligramas) significa “por encima de la realidad”, “más allá de la realidad” o “superior a la realidad”.

Se refiere a la fusión de la realidad y el sueño, en una sola cosa en que lo verdadero y lo imaginario dejan de ser contradictorios; ni siquiera se les considera complementarios, sino que se les considera iguales. Además, el surrealismo considera al pasado y al futuro no extremos opuestos del presente, sino un solo tiempo a los tres.

El término surrealista se asocia a un concepto muy particular: el pensamiento liberado.
¿Liberado de qué? De los convencionalismos con que se traduce el pensamiento puro. Ese pensamiento inconsciente o subconsciente que aflora en sueños, ese pensamiento lleno de imágenes simbólicas interconectadas de la manera más maravillosa… y lógica, a pesar de que parezca exactamente lo contrario, absurda.

¿Les ha sucedido que tienen algún problema y por más que lo piensan, no hallan solución, y que, al dormir se les revela fácilmente a través de un sueño?

¿O han tenido esa sensación de que, en sueños, hasta las situaciones, acciones y escenarios más disparatados nos resultan perfectamente lógicos y naturales?

Ese es el maravilloso modo de pensar que desea rescatar el surrealismo.

El surrealismo se rebela contra que este pensamiento puro, subjetivo e inconsciente sea sometido a fuerza al raciocinio, a la moral y las normas sociales, para tratar de convertirlo en algo objetivo.

Transcribo un extracto del Primer Manifiesto Surrealista de André Bretón (quien había estudiado las teorías de Sigmund Freud), precursor, pensador y gran exponente del surrealismo :

“Creo en la futura armonización de estos dos estados, aparentemente tan contradictorios, que son el sueño y la realidad, en una especie de realidad absoluta, en una sobrerrealidad o surrealidad…”

“… lo maravilloso es siempre bello, todo lo maravilloso, sea lo que fuere, es bello, e incluso debemos decir que solamente lo maravilloso es bello”.

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Los arqueólogos. Giorgio de Chirico. 1968.

Es importante resaltar que el surrealismo tuvo como antecedente inmediato al dadaísmo, movimiento artístico que se rebela contra las convenciones sociales, y se burla del concepto de belleza del arte burgués, ridiculizándolo.
El surrealismo también se pronunció enérgicamente contra estas convenciones cursis; recuerdo, por ejemplo, que en Chile, país donde se manifestó fuertemente el movimiento surrealista, un grupo de escritores fundaron una revista surrealista: La Mandrágora. En un número de la misma, atacaron directamente al vanagloriado poeta chileno Pablo Neruda (exponente del modernismo, que como saben, buscaba más que el fondo, la forma, una forma estética), y a la poesía de protesta social:
“Buscad lo desconocido, penetrad en el misterio. Huid de los concursos, de los premios literarios, de la lepra y de Neruda. No quiero yo deciros que os mantengáis indiferentes a los acontecimientos históricos o políticos: ello sería absurdo e imposible; pero que vuestra poesía no se mezcle a tales cosas, ni que sea el vehículo de propaganda de tal o cual credo político, por respetable que os parezca”.

Los principales exponentes del surrealismo pictórico, fueron Salvador Dalí, Marx Ernst, René Magritte, Joan Miró, Paul Delvaux y Giorgio de Chirico. En Hispanoamérica, también hubo grandes exponentes (además de Dalí, español, el chileno Roberto Matta y las mexicanas Frida Kahlo, Remedios Varo (de origen español) y Leonora Carrington (de origen inglés), que fue pareja del también surrealista francés Marx Ernst, escritora y escultora de la misma corriente.

Mencionemos a algunos (solo algunos, pues son muchísimos) de los escritores surrealistas. Por supuesto, André Bretón; los poetas españoles Federico García Lorca, como precursor, y Luis Cernuda. A los chilenos Braulio Arenas, premio Nacional de Literatura (quien una vez interrumpió a Neruda mientras declamaba, rompiendo las hojas en las llevaba sus poemas) y María Luisa Bombal (de la que ya leímos un cuento en el estudio del cubismo). En México, imposible no mencionarlo, tenemos como exponente a Octavio Paz.

Una recomendación que les gustará, y servirá de magnífica ilustración de la escritura que desdeña el orden convencional; un poema de reminiscencias oníricas, sin rima ni métrica, vaya, ya ni siquiera en versos, sino en versículos, pero no dispuestos linealmente en renglones, sino con una determinada composición espacial.

Aquellos que tengan iPad, descarguen (si es que no lo han hecho ya) la apps Blanco de Octavio Paz, no se arrepentirán.
Podrán leer y escuchar simultáneamente al poeta recitar este poema que fue creado expresamente como una experiencia multisensorial, para ser leído, a la vez que oído, mientras se observan pinturas de Vicente Rojo.

Para quienes no la tengan, me es imposible reproducir un extracto del poema, carecería de la experiencia audiovisual… Porque debe ser leído no como versos comunes, sino como una sucesión de signos en el espacio blanco; una reinterpretación del ideograma.

Sin embargo, este video puede ser ilustrativo:

Y aquí un enlace a un número de la revista Cultura, de Conaculta, en PDF. De la página 18 a la 22, se habla sobre Blanco.
http://www.conaculta.gob.mx/cultura/pdf/CULTURA_Y_ARTE_201112.pdf

Perdón por tanta insistencia con Blanco. Oírlo/verlo es, para mí, cada vez, el descubrimiento de un poema nuevo.

¡Pero qué digo! No, no pido perdón por hablar de poesía en un curso de cuento, jaja. En movimientos como éste, que abarcaron todas las artes, es preciso ilustrar el concepto tanto como se pueda, para comprenderlo mejor. También el surrealismo se expresó en la cinematografía, por ejemplo. Por supuesto, todos conocemos a Luis Buñuel.

Aquí el cortometraje Un Perro Andaluz, que realizó en colaboración con Salvador Dalí. Digan si no se sienten inmersos en un sueño.

La escena inicial es simbólica: al cortar un ojo, Buñuel trata de crearnos un impacto traumático que nos libere de nuestra visión convencional, y nos abra a la percepción surrealista.

Y ahora, como siempre, un cuento. Ya les he mencionado a Leonora Carrington.

Los Conejos Blancos

“Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de Pest Street. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York.
Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada con sudor.
La luz nunca era muy fuerte en Pest Pret. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.
Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento; pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de Pest Street. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.
Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego metió la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.
La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina.
−¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? −me gritó.
−¿Un poco de qué? −grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.
−De carne en mal estado. Carne en descomposición.
−En este momento, no −contesté, preguntándome si no estaría bromeando.
−¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.
A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.
Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.
Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.
Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.
Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de ésas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.
La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.
−¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? −murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.
−Es usted muy amable −prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente−. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.
Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.
El último tramo de escalones daba a un “boudoir” decorado con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales.
−Tenemos visita muy pocas veces −sonrió la mujer−. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.
Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautelosamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.
−¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! −canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.
Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.
−Una acaba encariñándose con ellos −prosiguió la mujer−. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.
Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.
−Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.
Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención; entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.
La mujer siguió mi mirada y rió entre dientes.
−Ése es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro…
Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.
−¿Ethel? −preguntó con voz bastante débil−. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.
−Vamos, Laz; no empecemos −su voz era quejumbrosa−. No me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.
La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.
−Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? −de repente me entró miedo y sentí ganas de salir, de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.
−Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.
El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.
La mujer acercó tanto su cara a la mía que creí que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.
−¿No quiere quedarse, y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan sólo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!
Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.”

Y ahora, varias pinturas de la misma autora, Leonora Carrington.

El ejercicio de #10alas10 del próximo miércoles 19 de agosto, será crear una historia a partir de lo que observemos en estas pinturas. Omito títulos, para no sugerir ni siquiera inconscientemente, palabras esta vez. Trabajemos interpretando imágenes.

Son cinco pinturas, cada quien escoja la que guste. Participamos aproximadamente diez personas en #10alas10, algunas más, a veces, y otras, menos, de modo que algunas elecciones se repetirán. Esto es bueno desde el punto de vista surrealista, que fomenta la apreciación subjetiva. Nos permitirá conocer como es vista una misma cosa por dos o más personas.

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