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Pescador de Estrellas.

August 28, 2012

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China ya era grande; diez larguiruchos años, todos hechos de piernas flacas, codos y rodillas; Coyotito, de tres, la admiraba. Qué gracia, Coyotito la veía echando atrás la cabeza. Pequeño y barrigón, pero pintaba que daba gusto para ser alto como ella.
¿Cómo le dirían a Coyotito cuando creciera? China ni recordaba que tenían nombres, hacía mucho nadie les llamaba por el suyo. No iban a clases, hacía tres meses; el tiempo, y sobre todo el de vacaciones, se puede estirar, para los niños, como chicle.
Más, sí vivían en la playa, en un pueblito pesquero siempre soleado, donde no se distinguía el verano de las otras estaciones. ¡Más que por la libertad! Verano era jugar descalzos en la arena, nadar, y ponerse aún más morenos y tostados que lo que eran. Coyotito hasta podía andar desnudo y ponerse negrito, renegrido de cabeza a pies. Pero lo mejor del verano eran las estrellas; su papá pescaba estrellas tempranito, cuando China y el Coyotito eran un solo ovillo de rizos negros y abrazos, en la hamaca.
Al medio día en puntito, China y Coyotito corrían a la playa deseando ser primeros en sorprender el brillo mágico en el agua.
Y es que su papá contaba: las estrellas al amanecer, caían del cielo al quedarse dormidas. Ellas pasaban la noche en el mar.
Tenían la prueba; en la playa encontraban a las que ya no podían regresar al cielo, blanquísimas, como de piedra, ya sin luz.
Eso pasaba a las estrellas que no se duermen; por eso, su papá no guardaba mucho rato las que caían en su red, con los peces. Solo esperaba a que Chinita y el Coyotito asomaran sus despeinadísimas cabezas en la playa, para sacudir su red en el agua.
Entonces, ¡que relumbre de estrellas en el mar azul! Brillo aquí, reluce allá, ¡a entrecerrar los ojos para no deslumbrarse!
En minutos podían ver con normalidad. El zum-zum de la lanchita pescacentellas se acercaba a los niños más felices del mundo.

Apenas tocar la arena, el papá ya tenía en la cintura, a su larga China, y abrazado a sus rodillas, a su pequeño Coyotito.
¿Les gustaron las estrellas?- ¡Sí, papá, sí!- clamaba el entrecruzado campaneo de dos voces agudas, de risas brillantes.

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