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Mexicanos somos todos

August 24, 2012

Del corrido citado en el artículo anterior de este blog, me llama la atención (aparte del fracaso a largo plazo de los ideales revolucionarios como el de Tierra y Libertad), lo patente de la lucha de clases.

Desde:
“Cuando el gachupín llegó
hace cuatrocientos años
a despojar de sus tierras
a todos los mexicanos.”

Hasta:
“Para vengar tanto mal
de la burguesía asesina
todos los proletariados
a empuñar la carabina.”

No se puede negar que nuestra historia está marcada, desde la conquista, por la explotación de las clases altas, a las bajas.

Pero debemos dejar de odiarnos, discriminarnos y temernos entre clases. Algún bendito día, si queremos progresar como país y no nada más como individuos, tendremos que aceptar que todos somos iguales. Ya somos criollos todos, nacidos en México, somos automáticamente Mexicanos, tengamos sangre española, indígena, o, lo que es lo más seguro para la enorme mayoría, de las dos, más otras tantas. Africana, libanesa, portuguesa, francesa, etc. A ver, díganme exactamente los porcentajes de todas las razas que llevan en la sangre. Basta de racismo encubierto o descarado.

Mexicanos somos todos, sólo por nacer en México (o por nacionalizarse) indígenas, criollos y mestizos por igual. Ya deberían de aceptarlo, todos.

Hagamos un repaso del clasismo (y racismo) en México, empezando por la Conquista (las previas clases prácticamente se disolvieron).

Este será un ejercicio de obviedad, pero creo que vale la pena hacerlo. Con meros fines ilustrativos y con mucho respeto.

Los conquistadores españoles, se hicieron con el poder económico; por eso sus descendientes hoy en día conforman la clase alta, y media alta.
Sobre todo la empresarial.

Los vencidos, los indígenas, despojados de todo, se emplearon desde entonces como servidumbre y fuerza de trabajo en el campo,

Tras 500 años los que han salido de las zonas rurales, ha sido para integrar los cinturones de pobreza urbanos. La clase baja.

Los mestizos, se fueron empleando en oficios. Con el tiempo han conformado el grueso de la clase media, y media baja.

Siempre sucede en toda cultura, los atributos del vencedor de la guerra se adoptan como superiores (no digo que es correcto, digo que es así).

Ergo, en México, mientras más claros cabello, piel y ojos, mayor superioridad se le confiere a la persona, y viceversa…

Reitero, no es un juicio personal ni una validación, es la mención de un hecho.

Continuando, no es más que lógico que el vencido, condicionado por cientos de años con el complejo de inferioridad que deja la derrota…

Y el vencedor, igualmente condicionado con el complejo de superioridad que deja la victoria, se desprecien mutuamente, denostándose.

Un ejemplo, esas palabras tan curiosas de nuestro vocabulario popular… “fresa” y “naco”.

Y que “indio” se utilice como peyorativo, como insulto. Igual que “gato”, usado como sinónimo de sirviente.

¿Por qué habría de ser insulto ser indio? ¿Se les desprecia por su pobreza? ¿Por su falta de higiene? Tienen agua y recursos suficientes?

Hasta para bañarse se necesita dinero. El jabón es un lujo cuando se tiene apenas para comer.

Si se les acusa de ignorancia, es porque han permanecido sin educación, que de por sí no es muy buena en el país.

Si realmente la educación fuera buena, incluiría no sólo clases de historia convenientemente editada, sino ejercicios para despertar la conciencia social.

La historia es para comprenderla, aceptarla y superarla. Para aprender a no repetirla, a no perpetuar los errores.
¡La conquista ya pasó!

Ya estamos aquí todos, los de padres extranjeros, los de padres indígenas, los mestizos (la mayoría). A aceptarnos y a trabajar juntos. O no avanzamos.

Y la conciencia social no se demuestra con caridad, no con superficiales programas gubernamentales.

Durante la campaña de Peña Nieto levantó ámpula una fotografía de un grupo de mujeres indígenas descalzas en plena lluvia, protegiéndose con paraguas que ostentaban el logotipo del PRI y el nombre del entonces candidato, Peña.
¿Por qué escandalizó tanto?
Porque demuestra que el rezago y la miseria en las zonas rurales, campesinas e indígenas de nuestro país sigue ahí, desde hace cientos de años, y que los ocasionales regalos de campaña o proyectos de caridad superficiales que tantos gobiernos consecutivos han querido hacer pasar como programas sociales, no los ayudan a salir de esa situación, en lo absoluto.

Desde mi perspectiva, el revuelo que causó la foto también develó muchos, muchos casos de doble moral. Había quien se rasgaba las vestiduras por las pobrecitas indígenas pero no dejaba de utilizar la palabra “indio” en forma despectiva, como insulto.

Y luego porqué, como dice el corrido ¿”seguimos como siempre”? unos explotados y otros, explotadores…

Porque en apariencia la gente defiende la equidad social, y hasta “se la creen”, pero llevan profundamente arraigada en el subconsciente la lucha de clases.

El de arriba no quiere ayudar a subir al de abajo. El de abajo tiraría con gusto al de arriba. Y el de enmedio se siente muy aliviado de no ser de abajo, al que desprecia, pero muy envidioso por no ser de arriba, al que secretamente admira, y se la pasa criticando con saña a unos y a otros. Para el clasemediero, el único perfecto, es él mismo.

Hasta que no aceptemos que todos somos iguales y nos tratemos con respeto, este país no va a avanzar.

Una nota adicional:

Generalmente se piensa que la discriminación en México es de los “blancos” hacia los “morenos” nada más. Pero oh, ¿sorpresa? también es al revés.

Yo, en mi experiencia personal, puedo denunciar haber sufrido de discriminación. Por ser “blanca”. Por parte de la gente que se presume “azteca” (tendría que escribir un artículo solo para explicar porqué mal emplean el término), y piensa que soy su enemiga natural y que no tengo derecho al activismo social.

“Eso te ganas”, me dijeron un día, “por quererlos tratar bien.” (¡!) pues claro que hay que tratar bien a todos, yo soy igual a ellos y ellos iguales a mí. Mexicanos somos todos, insisto, “güeros” , “prietos” y los de color café con leche, con las infinitas variaciones entre la cantidad de leche o de café. Pobres, y ricos, o, “el entre azul y buenas noches” de la vasta clase media.

Viéndome al espejo, no puedo presumir, viendo los colores con los que me pintó la naturaleza, de que soy una princesa azteca de sangre pura, es verdad. Llevo evidencia genética de sangre europea, no es necesario que salte de rama en rama de mi árbol genealógico hasta llegar al tronco y a las raíces.

Y eso qué.

Para decirlo cortantemente.

No suelo ser cortante pero hay cosas que lo demandan.

Las más de las veces la gente me trata bien, y hasta muy bien, no me quejo. Soy amable con todos y la mayoría de la gente responde igual. Claro que hay quien desprecia y se burla de la gente amable y también hay quien abusa de la amabilidad.
La discriminación ha sido poco frecuente para mí, pero sí la ha habido. Me pongo en el lugar de aquellos que la sufren todos los días y me indigna.

Todos nacimos en este país y a él pertenecemos.

Mexicanos somos todos.

Y todos iguales. No hay de primera, segunda o tercera categoría.

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