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Fantasía del amor a propósito del Romanticismo.

July 25, 2012

Esto lo escribí hace tiempo, recordando el género literario del Romanticismo, y la pena que es que se haya desvirtuado hasta el kitsch, y su malentendimiento provoque frustración, amargura y soledad. Ahora que me ocupa de nuevo el Romanticismo para el Minicurso de Cuento, lo rescato. Puede ser de interés.

Fantasía del amor

¿Qué será que tienen mis ojos que sólo ven kitsch pretendidamente “romántico” (léase, corazones de unisel con brillantina)?
El kitsch es una ridiculización de los valores estéticos del arte clásico. De tanto querer ser “bonito” es algo abaratado, cursi.

Definición de cursi: Obra que en vano pretende refinamiento expresivo o sentimientos elevados.

Otra definición de cursi: Cosa que, con apariencia de elegancia o riqueza, es ridícula y de mal gusto. (Imaginen un vestido de XV años).

Originalmente “Romanticismo” es la palabra de una corriente artística de los siglos 18 y 19, que incluyó música y literatura.
El Romanticismo buscaba contraponerse al racionalismo, superponiendo los sentimientos a la razón, y no visceversa. La literatura romántica con frecuencia idealiza, sublima, al sujeto del amor y deseo, lo que hace inalcanzable al uno e irrealizable el otro.

Recordando, buen ejemplo, la novela de Jorge Isaacs, “María”. Efraín y María se enamoran perdidamente, pero, oh, la fatalidad se interpone. Superan el tiempo y la distancia, pero no la muerte. María muere como era su destino, pues siempre estuvo enferma. Efraín sufre infinito dolor.

Hay una escena simbólica importante: cuando arranca el rosal que María plantó (ah, las rosas, eterno símbolo de amor). Y luego visita la tumba de María para plantar allí las rosas y encima, posada se halla la ominosa presencia de un pájaro negro.
¿No suena al siniestro cuervo de E. Allan Poe que dicecon su “Nunca Más” que, el narrador, nunca volverá a amar, ya que murió su Leonora?
Lo mismo dicen las rosas transplantadas a la tumba. “Nunca más volveré a amar, ni a ser feliz, ha muerto el amor”, dice con ese gesto, Efraín.

Ahora, veamos, cómo estas idealizaciones siguen vivas en el inconsciente eternamente ligadas al concepto “romántico”.
Una de ellas es el cortejo. Los regalos que se ofrendan como prueba de amor, a cual más simbólico. Rosas, eterno ejemplo. Rojas, el color de la sangre que se agolpa en la cara cuando se ve el rostro amado, el color del corazón, que se acelera ante la misma vista. Blancas, cuando se admira la inocencia. Blanca fatalidad impresa en la piel pálida de una mujer frágil y desprotegida que inspira ternura.

Todos estos actos simbólicos, no demuestran amor, piden amor a cambio. Triste danza consigo mismo.

Un círculo de soledad trazado una y otra vez.

Se ama, se pierde, se sufre. El dolor amarga. El “nunca volveré a amar” se desvanece con el tiempo, la soledad acucia. Se ama de nuevo.
¿Pero a quién se ama? ¿En realidad se busca amar o más bien ser amado, por tanto (falso) amor a uno mismo ( eso que se llama egolatría)? Las personas quieren hallar, y hallan momentáneamente, su propio concepto de belleza y perfección, en otra persona. Es una proyección.

Se buscan a sí mismos en realidad, pero nunca se encontrarán si se buscan en otra persona. Alguien más no llena los vacíos propios.

(Por eso si tal persona gusta de tal música, película, actividad, lo que sea, le entusiasma tanto que haya un “alma gemela” a quien le guste igual). ¡Pero! Cuando aquella persona prueba no ser una copia de uno mismo, el exacto reflejo que se espera del espejo, ¡oh desilusión!

Bonito pretexto para ser infeliz.

¡Era moderna! No es necesario que “el amor de la vida” de alguien se muera como María o como Leonora. Con volverse el “ex” basta.

Y empieza de nuevo la idealización. El amor irrealizado, frustrado, contrariado, buena distracción para no hallarse nunca a uno mismo.

Y que una vez a gusto con uno mismo, sin autoidealizaciones, ya no se busque a la “persona ideal”, “perfecta” para uno (es decir, como uno).

Se puede conocer a las personas como son y por lo que son, no como sujetos de un examen absurdo donde uno pone la calificación. Y así, ¡tal vez se aleje ese fantasma de la soledad que es el verdadero amor de tantos!

A lo que son adictos es a la búsqueda insatisfecha. Por el miedo a ser uno mismo y que otro conozca a ese uno, y miedo a conocer a otro.

¡Miedo a la otredad!, tanta es la egolatría. Eso no es nada romántico si me preguntan.

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